Google+
El Malpensante

Perfil

Lo reconocí por su silencio

Traducción de Héctor Abad Faciolince
Italo Calvino, más que un escritor, fue un escéptico de la palabra. Uno de sus colegas explica la paradoja en este perfil del monástico escritor italiano.

Italo Calvino. © Jerry Bauer. Cortesía de Éditions du Seuil

A los cuarenta años Calvino tenía esos cachetes llenos y carnosos que a menudo tiene la mediana edad; cejas pobladas que le daban un relieve aún mayor a sus ojos afilados. Así lo pinta Carlo Levi en retratos cariñosos, con arrugas como grietas en la corteza de un olivo. Italo quería mucho a Carlo Levi, pese a ser tan distinto a él. Le gustaba su manera de ser, extrovertida y sensual, sonriente; su teatralidad algo impúdica, de mago que sabe cómo sorprender al público.

En Turín, Italo vivía en un costado del mismo edificio frente al Po donde residía el editor Giulio Einaudi: un pequeño apartamento, casi un pied-à-terre, el refugio provisional de un estudiante graduado. Su ropa era modesta, iba a comer solamente en sencillas fondas toscanas (donde Osvaldo, en la via dei Mercanti, una mezcla de comedor auxiliar, sede del partido, cantina popular; después, donde Mamma Lucia, en la via Mazzini, cocina casera a precio fijo). Cuanto más la Italia de los años del “milagro económico” se empezaba a deslumbrar con los primeros símbolos de estatus, más fiel se volvía Calvino a su uniforme de oficinista de la escritura. La dura economía doméstica que aprendió en los años treinta en las granjas de su padre en San Giovanni, cerca de San Remo, lo obligaba a despreciar cualquier desperdicio. No tenía intenciones de competir con ese que, en las cartas de la editorial, seguía designando con el apelativo “el patrón”, con una brizna de humor autoirónico, pues se sentía cómodo en el papel de fiel y seguro servidor. Era normal, en la distribución de los papeles del juego del mundo, que el patrón fuera muy elegante, caprichoso, enloquecido por cualquier novelería supuesta o real, cazador de objetos raros, amigo de artistas emergentes, de los cuales solo él era capaz de adivinar su valía.

Calvino era brusco, de pocas palabras. Por timidez, por la costumbre del silencio que le venía de los antepasados, quizá por un reflejo defensivo con relación a un padre y una madre autoritarios, a quienes habría sido in&uacut...

El contenido de esta sección está disponible solo para suscriptores

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Ernesto Ferrero

Entre sus obras de narrativa están 'N' y 'La increíble historia del papiro de Artemidoro' (2006).

Julio de 2010
Edición No.110

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

EL MALPENSANTE SE UNE A LAS BAUHAUS TALKS


Por El Malpensante


Publicado en la edición

No. 141



La experimentacion , la transdisciplinariedad y la creatividad siguen siendo eco de la escuela alemana de arquitectura, arte y diseño de vanguardia que integró la Bauhaus. A ciento un a& [...]

¿Qué hacemos con los Snorkel?


Por Kyara Ortega Méndez


Publicado en la edición

No. 204



Nuevas Voces [...]

El Capote


Por


Publicado en la edición

No. 204



De los mejores de la literatura rusa. (Cuento no incluido en la edición impresa) [...]

Yo sabía...


Por Consuelo Araújo Noguera


Publicado en la edición

No. 205



Su labor como gestora cultural y ministra hizo que su ficción fuera soslayada. En este inquietante relato, una mujer le canta la tabla a cierto representante del machismo regional.  & [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores