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Breviario

Las verdades de mi madre

Un pantalón de lino arruinado y una madre en extremo sincera, seria y amorosa.

Leida Ramos Quiroz, la mamá del autor, en 1969

 

En la infancia pensaba que Ledia Ramos Quiroz, mi madre, era mayor que mi abuelo. Supongo que mi impresión se debía a que ella, con sus 175 centímetros de estatura y su aire de mando, parecía empequeñecer todo lo que la rodeaba.

Yo alardeaba frente a mis primos: les decía que mi madre era tan inteligente que no necesitó nacer niña y por eso había sido grande desde chiquita. Todo lo suyo era serio, desde el color de sus ensaladas hasta el diseño de la ropa que nos compraba: camisas grises para mí, faldas hasta los tobillos para mi hermana. A ella no le gustaban ni el ruido, ni la histeria, ni las parejas que se besaban en la calle, ni los niños que se sentaban a la mesa sin lavarse las manos, ni las mujeres que llamaban siete veces diarias a la casa del novio, ni los hombres que se descamisaban en público.

Todavía hoy me parece que su sentido del deber era dramático y en algunos casos hasta desconsiderado con ella misma. También se me antojaba excesivo el rigor con el que solía entregarse a la búsqueda de la verdad, aun en los casos en que esa verdad podía resultarle adversa o dolorosa. Mi madre era incapaz de regalar un piropo en el que no creyera. Mi madre odiaba el engaño, así éste se mimetizara en un objetivo aparentemente razonable, como el de amortiguar la calamidad con una pirueta del lenguaje. Mi madre jamás se ponía capuchón para expresar –siempre en voz alta y sin rodeos– sus opiniones. Más de dos veces la vi correr el riesgo de decir verdades incómodas que los demás temían, simplemente porque para ella ninguna mentira era piadosa.

Cuando le salieron las canas, cuando le nacieron los primeros nietos, aprendió –cautelosa, sabia– a manejar sus propias intolerancias, para no sufrir a costa de ellas ni fastidiar a las demás personas con sus reclamos. Ya no perdía el tiempo amonestando a los ruidosos con una mirada fulminante, sino que se apartaba del escándalo, en busca de una trinchera donde poner a salvo su tranquilidad.

En el centro de todo ese sentido psicorrígido del orden, mi madre era un melocotón que se deshacía en el paladar: nos hacía cosquillas hasta sacarnos las lágrimas, nos escondía un juguete cualquiera y no...

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Alberto Salcedo Ramos

En 2011 obtuvo su quinto Premio Simón Bolívar por el artículo 'La eterna parranda de Diomedes'.

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