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Breviario

Devotos de san Francisco

Los colombianos sentimos un fervor inexplicable por Francisco Pizarro. ¿A qué se debe esa devoción que pasa por alto los actos genocidas del conquistador?

© Stefano Bianchetti. Corbis
Los colombianos le profesamos una afición extravagante a Francisco Pizarro, el criador de cerdos trujillano que ordenó la muerte del legendario inca Atahualpa en julio de 1533. Porque, además de la dudosa moralidad que lo llena, dicho culto exhala un tufillo de extravío geográfico: la historia recuerda al marqués, sobre todo, por haber fundado Lima, y no por las órdenes con que instruyó a Sebastián de Belalcázar para que fundara a Popayán y Cali en su nombre. Sin embargo, tras esculcar en un par de libros y practicar una visita, se pone uno en situación de entender lo variopinto, lógico y fatal que puede ser ese fervor.
 
Supe de Pizarro cuando tenía ocho años y, mortificado por el hecho de ser el benjamín de casa, espiaba los libros de texto de mis hermanos. En una historia de cuarto grado descubrí al aventurero, en un grabado que ahora se me confunde con la efigie de John Neper en el álgebra de Baldor: un hombre moreno, narigudo, mal encarado, rodeado de lechuguillas y coronado por un gorro estúpido –redondo y rojo– de papa asesino. No obstante, los párrafos del profesor Augusto Montenegro disipaban cualquier duda: el conquistador era descrito como un militar valeroso y sagaz –vencedor de un imperio infinito apenas con un puñado de soldados–, y los colores oscuros se reservaban para delinear a Gonzalo, su hermano menor, levantado en armas contra el mismísimo Carlos V (comprobación de que el benjaminazgo es una condición desgraciada).
 
Más adelante, cuando las obsesiones y obligaciones de la vida adulta me llevaron a acampar en las páginas de la literatura nacional, me las vi otra vez con Pizarro y comprobé que las luces arreboladas seguían cayendo sobre él. El boyacense Felipe Pérez, en su novela Los Pizarros (1857) –olvidada con estricta justicia–, llega a suponer que el ángel de la guarda cuidaba su sueño. Eduardo Caballero Calderón, en sus cuentos históricos, da entrada al capitán español con un par de líneas que parecen versos robados de una oda a los porquerizos: “Más vale nacer pobre y desnudo, con un corazón intr&eacut...

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Juan Carlos Orrego Arismendi

Es profesor en la Universidad de Antioquia.

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