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Cine

La gran tortura

Mientras los mortales rasguñamos millas de vuelo y esperamos las vacaciones todo el año, el actor y director gringo confiesa su amarga relación con la vida de viajero.

© Jeannick Gravelines | Sygma | Corbis

 

Mi familia no viajaba mucho. Los viajes más largos de mi infancia fueron antes de que empezara a estudiar. Mi mamá trabajaba todos los días en su salón de belleza al frente de nuestra casa. Mi papá, que no quería trabajar, se mantenía pegado a mí y me arrastraba en carro los siete días de la semana a ver carreras de caballos en Búfalo. Mucho viaje. Y hombre, eso sí que era diversión. Tenía que aguantar hambre todo el día y, por fin, tal vez recibir un perro caliente y una taza de agua tibia, mientras veía a mi papá perder la plata arduamente ganada por mi mamá.

Una vez me fui solo en bicicleta (lejos, lo más lejos que pude), atravesé cinco barrios hasta una parte de Búfalo que se llama Fruit Belt. Los nombres de las calles tenían nombres de frutas, ¿sabían? Como, por ejemplo, calle Banano. Digamos solo que en este barrio había más que un puñado de negros. En realidad, creo que el único blancuzco ese día era yo. De pronto, tres negros de diecisiete años me asaltaron, me golpearon y me robaron la única moneda que tenía en el bolsillo. Yo tenía seis años. Cuando llegué a casa, mi papá me pegó y me dijo que era un mariconcito, que por qué no los había llevado a la casa para que se robaran el resto. Ése fue mi primer viaje. Creo que se puede decir que llevo el viaje en la sangre.

De niño, solo había visto aviones por televisión. Venía de gente que solo había viajado en barcos. No conocí a nadie que hubiera viajado en avión hasta que tuve dieciséis y viví en Nueva York. Para ir allá tuve que pedir aventones. Un marica que me recogió me lo quería mamar; lo obligué a que parara. Nadie me recogió en las siguientes siete horas. Hacía frío ese día.

Mi primer viaje en avión fue a Europa. Me fui a través de uno de esos servicios de mensajería en los que uno viaja gratis si lleva un paquete. Tenía diecisiete. Fue realmente fácil. Lo único que tuve que hacer fue dormir en el aeropuerto cuatro o cinco días y esperar a que algún paquete necesitara ser transportado a Europa. Una vez allá, lo único que tenía que hacer era conseguir comida gratis, dó...

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