Google+ El Malpensante

Perfil

Vargas, el de las Girls

Desde los años cincuenta y hasta principios de los setenta, las pin-up girls se tomaron las tapas de revistas como Playboy y Esquire. Alberto Vargas, uno de los creadores de este voluptuoso ideal de belleza, es retratado en medio de piernas larguísimas, tetas turgentes y boquitas jugosas.

Ilustración de Fernando Vicente *Con la ayuda de Jorge Choque, reportero desde Lima

 

 

Megan Fox mide un metro sesenta y ocho de estatura, pesa unos cincuenta kilos y tiene 93 centímetros de busto, 62 de cintura y 93 de cadera. En una entrevista que le hicieron hace poco para la W Magazine, donde fue la portada de febrero de este año, la modelo y actriz que hace de Mikaela Banes en Transformers se quejaba de cómo se veía a sí misma en las fotos en lencería que le habían hecho para la reciente campaña de Emporio Armani Underwear.

Decía:

“Hay mujeres a las que puedes poner en ropa interior y fotografiar y se les sigue viendo con clase, sin que provoquen necesariamente una imagen de pin-up. Pero conmigo es distinto”.

Al decir esto, golpeó el suelo con una de sus botas.

Suspiró:

“En cuanto me quedo en ropa interior, soy una Vargas Girl”.

 

Veamos: Vargas Girl. O más exactamente, Vargas Girls, en plural.

Las Chicas (de) Vargas, según ese compendio infinito de la cultura popular que es Wikipedia, son las contundentes pin-up girls o “modelos de calendario” creadas por el pintor y dibujante peruano Alberto Vargas, que aparecieron primero en la revista Esquire allá por los años cuarenta, fueron adaptadas después por el gobierno de Estados Unidos para que embellecieran el fuselaje de sus aviones de combate durante la Segunda Guerra Mundial y elevaran la moral y la testosterona de sus tropas, se comercializaron también en forma de postales, corbatas y juegos de naipes, y fueron glorificadas finalmente por Hugh Hefner, el dueño y fundador de Playboy, revista en la que se llegaron a publicar 152 Vargas Girls entre 1956 y 1972, casi una por mes y casi siempre a continuación del desplegable de la playmate de turno.

En la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el mítico álbum de los Beatles de 1967, también hay una Chica Vargas.

Como casi todo el mundo sabe, el diseño que el artista pop Peter Blake concibió para los Beatles es un collage de fotos en el que, aparte de Lennon, McCartney, Harrison y Starr, aparecen escritores como Lewis Carroll y Edgar Allan Poe, filósofos y pensadores como Marx y Jung, actrices como Marilyn Monroe y Marlene Dietrich, músicos como Stockhausen, científicos como Albert Einstein, actores como Stan Laurel y Oliver Hardy, y deportistas como Johnny Weissmüller, el Tarzán de los monos. En esa asamblea de eclécticas celebridades, la Vargas Girl está situada en la fila más alta. Es la cuarta contando de derecha a izquierda, a dos fotos de Bob Dylan y a una del bailarín Fred Astaire.

Los bostonianos de The Cars, los que cantaban aquello de “Who’s gonna drive you home, tonight?” en los descorazonados ochenta, también tuvieron a una Vargas Girl en la portada. Fue en 1979, para Candy-O, su segundo álbum, titulado así justamente en honor a la modelo que acabaría posando para Vargas, la pelirroja señorita Candy. Vargas tenía entonces 83 años y hacía tiempo que estaba retirado, pero David Robinson, el baterista que además hacía de director de arte de la banda, quería un disco que cautivase desde el primer vistazo, de modo que persuadió a Vargas de “dibujar a su última Chica”. El resultado fue que Candy-O obtuvo el disco de oro y el de platino el mismo año de su lanzamiento, tres discos de platino más hasta hoy y una ubicación destacada en el libro The Greatest Album Covers of All Time.

Pero ésa no fue la última Vargas Girl de aparición pública. Un año antes de morir, Vargas aceptó ilustrar otros dos álbumes, de la cantante y actriz de Broadway, Bernadette Peters. Por lo demás, una buena cantidad de las Chicas Vargas se pueden ver hoy como parte de la colección permanente del Spencer Museum of Art de la Universidad de Kansas, aunque en 1998 se difundió la noticia de que un coleccionista de arte europeo ofrecía pagar veinte millones de dólares por ella. No lo hizo. Los dibujos de Vargas siguen allí, como lo prueba la exposición Alberto Vargas, The Esquire Pin-ups que Maria Elena Buszek y Stephen Goddard organizaron para el Spencer Museum hace unos años, y los furibundos artículos que la feminista radical Andrea Dworkin escribió entonces en contra del mensaje machista de las Vargas Girls.

Bien.

Sigamos.

Hipervínculo a Alberto Vargas.

 

Joaquín Alberto Vargas y Chávez, hijo del no menos talentoso fotógrafo Max T. Vargas y primogénito de seis hermanos, nació en Arequipa, Perú, el 9 de febrero de 1896, el mismo año que Francis Scott Fitzgerald, y murió de un derrame cerebral en el Riverside Convalescent Hospital de Chico, California, el 30 de diciembre de 1982. En 1911, sus padres lo enviaron a estudiar fotografía a Zúrich. Cinco años después llegó a Estados Unidos escapando de la Primera Guerra Mundial y allí decidió quedarse a vivir para siempre, entre Nueva York, Hollywood y Chicago.

Se casó una sola vez, con la corista Anna Mae Clift, su musa inspiradora y modelo de su primera Vargas Girl, con quien vivió durante 44 años. Cuando Clift murió, en 1974, Vargas enfermó de depresión y, salvo para encargos como el de The Cars, prácticamente dejó de trabajar. A lo largo de su carrera, solo pintó a mujeres, entre ellas a Greta Garbo, Ava Gardner, Marlene Dietrich, Mae West, Shirley Temple, Anita Ekberg, Pola Negri, Jane Russell, Barbara Stanwyck y Marilyn Monroe. En tres ocasiones fue miembro del jurado del concurso internacional de belleza Miss Universo, una vez de Miss Brasil y alguna más de Miss Perú. Cuando murió, Alberto Vargas vivía con un perro pastor alemán llamado Pujit. No tuvo hijos.

 

En 1958, 52 años antes de que Megan Fox se haya quejado de que en ropa interior parece una Vargas Girl, el peruano había descrito así a sus criaturas hechas con aerógrafo, aguafuerte y acuarela: “Altura, un metro setenta y cuatro; peso, 56 kilos; busto, 96 centímetros; cintura, variable, entre 56 y 63; cadera, 91.5”. Una Chica Vargas tiene seis centímetros más de altura y pesa unos seis kilos más que la cara femenina de Armani 2010. Excepto por el trasero, la exagerada voluptuosidad que Megan Fox se atribuye a sí misma no pasa de ser un tímido cuerpazo al lado del monumental ideal femenino con el que Alberto Vargas alborotaría la estética –y la erótica– del siglo xx.

A una Chica Vargas se le reconoce a primera vista por sus piernas, larguísimas como rascacielos. También por sus senos, opulentos, poderosos, de pezones empinados aun cuando estén ocultos bajo la ropa o un apretado brassier. Y por sus contorsiones imposibles. Y por sus boquitas pintadas. Y por esos ojos enormes y brillantes delineados con rímel que cuando se dirigen al espectador parece que le dijeran: “¿Y tú, mirón, qué me miras?”, lo cual las convierte en la esencia pura de la coquetería: fingida reprimenda que invita a seguir mirando.

Pero lo primordial en la anatomía de las Vargas Girls son sus piernas, ese encadenamiento vertical e in crescendo de pies grandes, pantorrillas firmes y muslos carnosos; cruzadas o levemente flexionadas o levantadas en forma de V (de Vargas) o estiradas en toda su formidable longitud, tienen el poder de conducir la mirada a donde quieren.

La luz no ilumina de la misma manera si se enfoca de arriba abajo que si se hace desde abajo hacia arriba.

Una Vargas Girl es capaz de convertir en fetiche varias partes del cuerpo femenino de manera simultánea, pero comienza por los pies.

 

Ilustración de Fernando Vicente

Antes de que apareciese oficialmente su primera Vargas Girl, Alberto Vargas había trabajado pintando carteles para el empresario Florenz Ziegfeld, el de las famosas Ziegfeld Follies de Broadway, esas revistas musicales que combinaban el teatro de vodevil con bailarinas en pantaloncitos cortos o faldas muy escotadas y con volantes que hoy simbolizan el espíritu festivo, alocado y despilfarrador de los Felices Años Veinte en Estados Unidos.

Ziegfeld estaba casado con una de sus actrices, Anna Held, y tenía una forma de trabajar que había convertido en su máxima de vida: “Hago que cada mujer, antes de salir al escenario, se sienta como una diva. Logro así que una simple aspirante a estrella crea que esa noche, bailando en mi compañía, ha alcanzado el estrellato”. En privado, a Florenz Ziegfeld lo llamaban Flo. En público llegaría a ser conocido como “the glorifier of the American girl”, entre otros motivos porque uno de sus espectáculos se titulaba justamente Glorifying the American Girl.

Astrid Rossana Conte, sobrina nieta de Alberto Vargas y autora de una breve biografía de éste recogida en el libro Vargas, 20s-50s, cuenta que su tío llegó a la compañía de Ziegfeld por casualidad. Tras estudiar en Zúrich, pasar por Ginebra y París y aprender ciertas técnicas de retoque de fotografía de los hermanos Sarony en Inglaterra (autores de algunos de los mejores retratos de Wilde, Withman y otros escritores muertos a finales del siglo xix), su plan era volver a Arequipa a trabajar en el estudio de su padre, el reputado y próspero fotógrafo Max T. Vargas. Pero cuando el barco en que viajaba de vuelta, el Gipsy, hizo escala en Nueva York y Vargas bajó “para estirar las piernas por Manhattan”, quedó deslumbrado:

“Súbitamente, viendo la cantidad de muchachas que salían de aquellos edificios (¡caramba, cuántas chicas preciosas!), decidí que me quedaría a vivir en Estados Unidos y no regresaría más al Perú”.

Tres años después, su vida no había cambiado en lo esencial. Dando argumentos a su padre para que pensara que “Alberto era un moscardón; muy inteligente, pero no me servía para nada; siempre raro y aventurero, imposible de contener; el más ocioso de mis hijos”, se había instalado en un destartalado estudio al oeste de Times Square y se buscaba la vida como podía, pintando “más con la brocha que con el pincel” vestidos y sombreros de estilo art decó para los escaparates de las tiendas de moda que prosperaban en Nueva York mientras Europa se desangraba durante la Primera Guerra Mundial.

En ésas andaba, deambulando por una calle del Greenwich Village, cuando una despampanante chica de ondulados cabellos rojos, andar de modelo y ojos azules pasó por su lado:

“Había visto a muchas sureñas guapas en Nueva York, pero a ninguna como ella”, le contó Vargas, años más tarde, a su sobrina Astrid Conte.

La pelirroja de ojos azules era Anna Mae Clift, nacida en efecto en el sudeste rural de Estados Unidos, en el pueblo de Soddy-Daisy, en Tennessee, el mismo estado donde casi un siglo después había de nacer Megan Fox.

Por entonces, Clift era bailarina de las Follies Girls en un teatro de Greenwich, solo que Vargas aún no lo sabía.

Él simplemente la siguió y no se detuvo hasta presentarse y contarle que era un artista plástico. También le dijo que desde que había llegado a Estados Unidos no había dejado de pintar a mujeres, “solamente a mujeres, en busca del ideal de la belleza americana”.

Para ser un hombre retraído, su primer atrevimiento galante acababa de dar en dos clavos al mismo tiempo: hacia 1919 ya trabajaba como empleado de la compañía de Ziegfeld y estaba autorizado a entrar en los camerinos de las Follies Girls para dibujarlas mientras se vestían; y una década más tarde, en 1930, Anna Mae Clift le propuso matrimonio. Astrid Conte cree que Vargas era tan reservado y nervioso que, aunque todo el mundo se había dado cuenta de que estaba enamorado de Clift (ella la primera, por supuesto), él no se lo hubiese dicho nunca.

La sobrina nieta de Vargas sostiene también que a Florenz Ziegfeld no le gustaba que su tío dibujara desnudas a las Follies Girls. Pero ellas, “un poco por placer, un poco por jugar”, se divertían quitándose la ropa y posando en caprichosas acrobacias delante de Vargas para comentar luego qué partes de sus cuerpos resultaban favorecidas por el lápiz del arequipeño.

Lo que se regala no se quita. Aunque para los carteles de las Ziegfeld Follies tenía que volver a vestir con tinta a sus desprendidas modelos, lo que en el fondo recibió Vargas de las Follies Girls fue un curso intensivo, gratuito y prolongado de anatomía femenina. Para alguien que nunca tuvo educación formal en artes plásticas, fue como haber sido tocado por la mano de su admirado Jean Auguste Dominique Ingres, quizá el mejor dibujante de cuerpos de mujeres de la pintura realista.

Tocar al fin y al cabo también significa tentar.

 

Susana Torres es una artista plástica peruana cuyas exposiciones tienen que ver siempre con ella misma y su relación con la cultura popular del Perú. En 2007, en una antología de su obra titulada El repase (macabro juego de palabras que alude tanto a una técnica textil como al acto bélico de rematar, “repasar”, a los heridos), volvió a mostrar Tamatetita, arte clásico/cuentos bárbaros, una serie de cuadros medio autorretratos que combinan atributos de la belleza femenina de las Vargas Girls con el ideal más bien indígena de las chicas tahitianas de Gauguin. En algunos cuadros, Torres era simultáneamente ambos tipos de mujer, en mestizo y femenino conflicto.

La artista vive en Chaclacayo, en la sierra de Lima, en una casa con jardín que le sirve también como taller y museo personal de las cosas que le interesan y va coleccionando. Tiene, por ejemplo, una sección dedicada a Alberto Vargas. Cuando Jorge Choque –reportero asistente de esta crónica– la entrevistó allí, Susana Torres le dijo: “Vargas era un artista de la belleza. Trabajaba con el aerógrafo; también con acuarelas, pero sobre todo con el aerógrafo, y tenía una técnica tan delicada que sus Vargas Girls provocaban escándalo, porque a pesar de estar vestidas parecía que estuviesen desnudas”.

La forma de trabajar de Vargas –condicionada en parte por las Follies Girls–, de dibujar primero cuerpos desnudos para vestirlos posteriormente con tinta, por lo visto nunca cambió. Fue siempre ese “fino y sofisticado arte basado en el dibujo”, a decir del crítico Jorge Villacorta, que hace que una superficie plana de papel cree la ilusión de que bajo una fina capa de tela que parece de encaje de lino se transparenta (hay, existe, vive) un altivo trasero de textura sedosa.

Sorprendente señuelo para despertar el deseo e intensificar el placer de la contemplación erótica: si las mujeres de la pintura clásica eran púdicas a pesar de su desnudez, las Vargas Girls siempre parecerán impúdicas con ropa.

Quizá desde Arquímedes, una curva bien dibujada nunca había sido tan determinante.

 Ilustración de Fernando Vicente

Más de una vez Vargas dijo que él, aparte de glorificar la belleza de la mujer americana –ambición influenciada sin duda por Ziegfeld y su Glorifying the American Girl–, deseaba añadir algo más, dotar sus creaciones de un sello personal que las convirtiese en íconos femeninos de una perfección irrefutable.

Lo decía así:

“Algún día pintaré una Chica Vargas tan hermosa, tan perfecta, tan claramente una American Girl que al mostrarla en cualquier parte del mundo, sin firma ni nada, la gente dirá: ¡Es una Vargas Girl!”.

El sello personal de Vargas fue alterar las medidas de la antropometría femenina de una manera que, vistas con ojos actuales, las Vargas Girls parecen haber sido creadas por un iluminado que vio, cincuenta años antes, cómo serían los cuerpos más cotizados del último tercio del siglo xx en adelante. Lo que hizo básicamente fue alargar las piernas del arquetipo de la mujer perfecta.

O más exactamente, varió la proporción estándar que hay entre la parte superior del cuerpo (cabeza y tronco) y las piernas, haciendo que éstas se viesen más largas sin que el conjunto perdiera su equilibrio estético.

Dos décadas más tarde, Ruth Handler, esposa del dueño de la juguetería Mattel, había de hacer lo mismo al crear la muñeca Barbie, solo que con menos poderío neumático.

Desde antes de que Vargas saliera de Arequipa en 1911 y hasta la época en que trabajaba para Ziegfeld, la personificación ideal del cuerpo femenino en los medios impresos de Estados Unidos y parte de Europa era la Gib-son Girl, de caderas anchas, nalgas sobresalientes y senos muy erguidos (con la ayuda de un asfixiante corsé) que contrastaban con una cinturita imposible que parecía más de niña que de mujer.

Creada por el dibujante de la revista Life, Charles Dana Gibson, y dibujada por lo general en tinta negra, la Gibson Girl, vista de perfil, era la típica S que había ido ganando espacio en los avisos publicitarios de las revistas de moda.

Sin embargo, a la par que esas exageradas redondeces, poseía otro tipo de atributos más cercanos a la cursilería y el esnobismo que, fuera del gremio de la industria textil, la iban a poner en desventaja frente al ímpetu sensual de la Vargas Girl. La Gibson Girl tenía la boca, la nariz y los ojos diminutos, el cuello demasiado alto y delgado, el cabello recogido con moños y peinados decimonónicos y, sobre todo, una menor estatura, piernas más cortas y cubiertas en su mayor parte, y una carita de yo no fui que la hacía ver extremadamente frágil, dependiente y sumisa.

Lo que Vargas hizo fue situar el centro de la estatura de sus dibujos en la cadera. Medidas desde ese punto, las Chicas Vargas tienen la misma longitud para arriba que para abajo. Por eso, al ver sus primeros trabajos de los años cuarenta –First Love, por ejemplo– y recorrer con la mirada desde los tobillos hasta donde comienzan los muslos, se tiene la sensación de estar en primera fila de un desfile de lencería que podría estar ocurriendo ahora mismo en una pasarela de Nueva York, París o Barcelona. Con una diferencia: los tobillos de las Vargas Girls se ven más llenitos y, de ahí en dirección ascendente, todo cada vez más exuberante y voluptuoso.

 

Según la leyenda, la sensualidad de las Vargas Girls fue en aumento a pesar de la reticencia del propio Vargas. Un itinerario trazado por otros, que las fue llevando de la pureza a la liviandad, del candor a la concupiscencia, como si las primeras Chicas Vargas hubiesen sido todavía vírgenes y las últimas, ya no.

En cualquier caso, es cierto que hasta su etapa en Esquire las Vargas Girls mantuvieron cierta inocencia.

Susana Torres recuerda que las chicas que Vargas dibujaba para los calendarios y postales que Esquire regalaba junto con los ejemplares de la revista “no eran vulgares sino exquisitas, a tal punto que eran coleccionadas por las niñas de la época; eran tan bonitas, tan cálidas y tan alegres que, pese a su carga evidente de erotismo, los padres, que podían pertenecer a las ligas de la moral que había en Estados Unidos en esa época, dejaban que sus hijas las coleccionaran porque en el fondo les parecía que eran buenas chicas”.

No está clara la forma en que Vargas llegó a Esquire, pero sí cómo se fue. Antes de empezar a dibujar para la revista masculina del magnate de la prensa William Randolph Hearst, Vargas y Anna Mae Clift habían dejado de trabajar para Ziegfeld y se habían mudado de Nueva York a Hollywood atendiendo una invitación de Winfield Sheehan, quien entonces estaba a la cabeza de los estudios Fox. Eso fue en 1933, dos años antes de que la Fox Film Corporation se fusionara y pasara a formar parte de la 20th Century Fox.

Por encargo de Sheehan, Vargas comenzó pintando retratos al pastel de las principales estrellas de cine del momento. Al poco tiempo, su fama de artista competente, disciplinado y comedido –una rareza para la época– había llegado a otros estudios y los productores empezaban a llamarlo para ofrecerle más y más trabajo. Hacia 1939 ya había pintado a Marlene Dietrich para el anuario de la Paramount Pictures, el afiche de la película Ladies They Talk About, con Barbara Stanwyck, para la Warner Brothers, y había diseñado también los decorados de películas como Juárez, con Bette Davis, El jorobado de Notre Dame, con Maureen O’Hara, y La vida privada de Elizabeth y Essex, con Olivia de Havilland y dirigida por Michael Curtiz, el de Casablanca.

Entre las actrices que Vargas llegó a pintar en sus años hollywoodenses estuvieron también Greta Garbo, Ava Gardner, Doris Day, Jane Mansfield, Dorothy Lamour y Paulette Goddard. Para ser alguien a quien una parte de su familia consideraba un bohemio tarambana y al que otra parte seguía esperando para que se hiciese cargo del estudio fotográfico de su padre, Vargas podía decir que no le estaba yendo mal después de todo.

En 1940, Vargas y Clift volvieron a instalarse en Nueva York. Al igual que en su mudanza previa, parece que un cazatalentos, en este caso dos, los editores David A. Smart y Arnold Gingrich, habían llamado al peruano para iniciarlo en un mundo que él hasta entonces desconocía, el de la ilustración gráfica.

Hacía unos pocos años que Smart y Gingrich habían fundado Esquire, una revista para hombres, perteneciente al holding de Hearst, que debía su acelerado éxito en gran parte a la necesidad de evasión provocada por los años de miseria de la Gran Depresión estadounidense.

Pero el dato fundamental era otro.

Hacía menos tiempo que Smart y Gingrich habían perdido al dibujante George Petty, famoso ya por haber creado para Esquire unas pin-ups que a la larga serían las predecesoras de las Chicas Vargas, las Petty Girls. El dato es que Petty exigía 1.500 dólares mensuales para seguir dibujando a sus Petty Girls, argumentando que Esquire no solo las utilizaba como ilustraciones de la revista, sino que las comercializaba también independientemente en forma de calendarios y postales. Petty, en suma, pedía una tajada del negocio. A Vargas, en cambio, lo contrataron por un sueldo de 75 dólares a la semana.

Esto lo cuenta la profesora y crítica de arte Maria Elena Buszek, una de las curadoras de la exposición Alberto Vargas, The Esquire Pin-ups que el Spencer Museum of Art de la Universidad de Kansas presentó en 2001.

En un artículo titulado “Of Varga Girls and Riot Grrrls”, Buszek sostiene además que fue David A. Smart el que persuadió a Vargas de empezar a firmar quitándole la s al final a su apellido.

Eso es cierto.

Durante la década en que Vargas trabajó para Esquire, la firma que aparece debajo de sus dibujos es “Varga”.

Años más tarde, Vargas le había de contar a su sobrina Astrid Conte que el argumento que le dieron fue “para evitar que los lectores lo confundieran con Getúlio Vargas”, el polémico político brasileño cuatro veces presidente de su país entre 1930 y 1954, apodado por sus compatriotas “padre de los pobres”, y que, en efecto, en los Estados Unidos de la época era conocido simplemente como Vargas y tenía la mala fama de ser un comunista revoltoso.

En el juicio que disolvió finalmente la relación entre Vargas y Esquire, Smart dijo otra cosa: que el cambio se había debido a que la revista rebautizaba a algunos de sus colaboradores con “nombres más eufónicos”.

Mientras el vínculo laboral duró, las Chicas Vargas alcanzaron su primer momento de gloria. Aparte de ilustrar páginas enteras de la revista, los editores de Esquire hicieron con ellas lo mismo que antes habían hecho con las Petty Girls: las vendían en calendarios y postales a 50 y 25 centavos cada una, respectivamente. Muchos hombres corrían a comprarlas. Las niñas, como dice Susana Torres, las coleccionaban como si fuesen “sus muñequitas de papel”. Para 1942, la tirada de las “Varga Girls” ya superaba los dos millones de ejemplares.

 

El oportunismo de los gobernantes estadounidenses hizo que, iniciada la Segunda Guerra Mundial, las Vargas Girls fuesen reproducidas a gran tamaño como adornos de los aviones de combate y, como postales, transportadas por millares hasta los cuarteles donde dormían los soldados.

La intención era mantener en alto la moral y la bravura viril de la tropa. O como Hugh Hefner había de decir unos años después, “recordarles a esos pobres muchachos que en casa los esperaba algo más que el pastel de manzana preparado por mamá”.

En el fondo, las Vargas Girls eran el consuelo que solo conocen los que tienen que dormir en un campamento militar, un monasterio o la cárcel: la fantasía solitaria.

Se podría decir que la popularidad era solo de las Chicas Vargas, no de su creador. Pero Vargas también llegó a disfrutar de una parte de esa marcial celebridad. Primero, como invitado a las bases militares estadounidenses para que los combatientes le mostraran y celebraran con él la adaptación de sus Vargas Girls como calcomanías de sus bombarderos alados y, luego, al recibir dos condecoraciones, una en Estados Unidos en 1946 por “servicios distinguidos al país” y la Orden del Sol del Perú, un año antes, por el mismo motivo.

Después vino el juicio contra Esquire por tratar de recuperar los derechos sobre sus Vargas Girls. O al menos cobrar lo que él creía que le debían. El juicio fue por 200.000 dólares, una fortuna en esa época. Vargas lo ganó en primera instancia, en mayo de 1946, pero lo perdió definitivamente en septiembre del mismo año, ante una Corte Superior.

Una de las coartadas de la revista fue que los dibujos estaban firmados “por un tal Varga”, no por Alberto Vargas. Incluso, dijeron, había “Varga Girls” hechas por otros dibujantes, lo cual demostraba que la firma correspondía más a un pseudónimo creado por la revista que a una sola persona.

Diez años más tarde, otro ex subalterno de Smart y Gingrich lo invitó a unirse a su nuevo proyecto de revista masculina. Era Hugh Hefner, quien había trabajado como redactor publicitario de Esquire; la nueva revista era Playboy y, en los tres años que llevaba circulando desde que Hefner la puso en marcha, había conseguido un éxito fabuloso.

La fórmula se parecía a la de Esquire –entre otras cosas, lograr a golpe de talonario y barra libre que los más reputados escritores del país colaboraran en sus páginas–, solo que con un añadido vigoroso: un completo portafolio de fotos de una modelo o actriz desnuda en cada edición.

Cuando Hefner se reunió con Vargas en su oficina de Chicago en 1956, hacía tres años que Marilyn Monroe había sido la playmate del número uno de la revista del conejito encorbatado, y el empresario al que sus mejores amigos llamaban Ner y no Hef había elegido la bata de seda como su única vestimenta de lunes a domingo.

En Playboy, las Vargas Girls dejaron definitivamente de ser sensuales para adoptar la lascivia pura.

Vargas dijo siempre que a él no le gustaba dibujar desnudos completos que incluyesen el vello púbico. Con Hefner lo hizo.

Lo que nunca hizo, cosa que le critican sus detractores, fue dibujar a una mujer que no fuese blanca. Jamás dibujó a una negra ni a una mulata ni a una mestiza. Tampoco a una mujer de rasgos indígenas como él.

Hefner ha escrito sobre su primer encuentro con Vargas:

“Apenas extrajo a la primera Vargas Girl de la cubierta que la protegía, tuve el presentimiento de que algo duradero acababa de empezar. Su trabajo era exquisito”.

Marilyn Monroe, cuando Vargas la convirtió en una Chica Vargas unos años más tarde, dijo lo mismo. 

Página 1 de 4

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Toño Angulo Daneri

(Lima, 1970). Ha publicado los libros de crónicas Llámalo amor, si quieres y Nada que declarar. Fue editor de la revista Etiqueta Negra y es jefe de redacción de Eñe.

Julio de 2010
Edición No.110

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

Huesos y pelo


Por Pilar Quintana


Publicado en la edición

No. 194



Un cuento  [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores