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Viajes

Adiós a Matiora

Ir acine puede tener consecuencias imprevistas. Por ejemplo, que empieces una larga, improbable y accidentada historia de amor.

© Robin Bartholick • Corbis

 

Ésta es una confesión. Sobre lo que ocultan las aguas de los pantanos.

Yo ya sabía entonces quién era Elem Klimov. Había visto en un cine de Madrid Ven y mira. Solo. Salí de la sala conmocionado. No podía parar de llorar. Era como si el director ruso hubiera incrustado una cámara en la cabeza de un niño y hubiera contado la invasión nazi desde sus ojos: sin intentar descifrar ni entender lo que él y su hermana experimentaban, solo mostrando el horror sin rebajarlo un ápice. Sin compasión y sin alivio.

Por eso, cuando estrenaron Adiós a Matiora en los cines Renoir no lo dudé ni un instante. Invité a una amiga camerunesa a que me acompañara. La película narraba la historia de una isla rusa llamada Matiora, que iba a ser anegada debido a la construcción de una presa. Era un proyecto imprescindible para los planes quinquenales de la Rusia soviética, para el desarrollo de la URSS: perjudicar a unos pocos para beneficiar a muchos. Tal vez me equivoque. No voy a comprobarlo: lo que estoy haciendo aquí es vaciar esa presa para ver qué aspecto tienen los recuerdos. Era por su bien. Así lo decían las autoridades rusas. Y tal vez fuera cierto. Frente a los postulados trascendentes de Tolstói, Chéjov trataba de no engañarse, de no hacerse ilusiones: “La razón y el sentido común me dicen que hay más amor a la humanidad en la electricidad y la máquina de vapor que en la castidad y en la negativa a comer carne”. Sin ser socialista, yo también lo creo. A Chéjov, como al doctor Astrov de Tío Vania, le podían sus simpatías hacia los árboles y la educación para cambiar una micra el estado de las cosas. ¿Acaso no quedan más opciones que el pantano o la miseria?

Entonces, yo estaba sin lugar a dudas de parte de los vecinos de la isla, elegidos por el director para relatar aquel sacrilegio. Se negaban a abandonar las tierras en las que habían vivido durante generaciones, donde yacían sus antepasados, habían plantado sus árboles, arado los campos, reído y llorado desde que tenían memoria. Las casas son seres vivos, una extensión de nuestra propia condición, raíces invisibles que se entrelazan con l...

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Alfonso Armada

En 2008 publicó El silencio de Dios y otras metáforas. Es uno de los editores de la revista digital www.fronterad.com.

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