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La historia que ya existe

Los hechos reales, la historia y la ficción no son tan fácilmente deslindables como parece. Al contrario, en autores como Ricardo Piglia se vuelven un nudo compacto.

Fotografía de Daniel Mordzinski

Comienzo con una cita más o menos extensa, la cita que justifica estas notas y que de algún modo abarca, como trataré de demostrar, una porción más amplia de la obra de Piglia que la que parece admitir. En la nota preliminar de Nombre falso escribe Piglia:

Trabajar con una trama definida y escribir una historia que ya existe me ha parecido siempre un modo de afirmar la autonomía de la literatura. A partir de ahí sólo hay que ocuparse de los tonos del lenguaje y los ritmos de la prosa. Stravinski afirmaba que las restricciones y los límites eran la condición que necesitaba su música. “De lo contrario”, decía, “en cuanto me siento a componer me encuentro abrumado por las infinitas posibilidades”. Los cuentos, con su extrema exigencia de concisión y su experiencia con la intensidad de la forma, obligan a pensar el argumento como si fuera a la vez el mapa de un territorio desconocido y el territorio mismo.

Me gusta la mención doble de la palabra territorio en este párrafo, porque en el caso de Piglia sólo una certidumbre tiene el lector: ese territorio estará irremediablemente minado. La relación que en la obra de Piglia tienen esas dos categorías antipáticas que llamamos realidad y ficción es, en el mejor de los casos, incierta, y en el peor, directa y maravillosamente tramposa. Es así que se debe leer el epílogo que alguien llamado Ricardo Piglia escribe al final de Plata quemada. “Ricardo Piglia” –y aquí echo mano de mis comillas– cuenta cómo llegó a conocer la historia que hemos terminado de leer, y comienza a hacerlo con estas palabras fantásticas (fantásticas, digo, en más de un sentido): “Esta novela cuenta una historia real”. Seis palabras sencillas que, pese a su sencillez, son las que hacen que Plata quemada sea la novela que es, el aparato osado que es. Pues el epílogo es parte de la ficción; esas seis palabras son parte de la ficción, son una creación narrativa, y están allí puestas con las mismas intenciones con que se han puesto las primeras palabras de la novela –“Los llaman los mellizos porque son inseparables”– y no como mera ilustración o glosa de la historia de los mellizos (lo que hubiera sucedido ...

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