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El Malpensante

Política

Ley y pecado

¿Realmente creemos tener una justicia laica? En España y sus antiguas colonias no han acabado de romperse las íntimas relaciones entre las leyes humanas y las divinas, la moral y los agüeros, la ley y el pecado.  

Ilustración de Charles Waller

 

Jorge Luis Borges dijo alguna vez que se convenció de que los latinoamericanos estamos profundamente ligados a España el día en que leyó un pasaje del Quijote en donde el Ingenioso Hidalgo dice lo siguiente: “Señores guardas, estos pobres no han cometido nada contra vosotros; allá se la haya cada cual con su pasado. Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres”. Así como don Quijote le pide a la autoridad que perdone a esos condenados y deje el asunto en manos de Dios, que sí es un juez justo, Martín Fierro deja de perseguir a los ladrones y se une a los malos porque ellos sí son valientes. En estos pasajes, dice Borges, hay toda una concepción de la autoridad y del Estado que nos es tan común a los latinoamericanos como es ajena a los demás países europeos y sus ex colonias.

En el pasaje del Quijote se evidencia el poco aprecio que los españoles tenían por la autoridad civil y por la ley, sobre todo cuando ellas entraban en conflicto con sus intereses o con sus creencias. Los individuos no siempre respetaban a la autoridad porque, al fin y al cabo, “ella no es nadie frente a Dios” y la autoridad era complaciente con los criminales porque, después de todo, “ya tendrán quien los juzgue”.

Lo que quisiera mostrar a continuación es que ambas actitudes parecen venir de la misma fuente religiosa, que no es otra que una visión católica del mundo en donde todo está irremediablemente dominado por el pecado y por la imperfección humana. Esa manera de ver el mundo ha determinado, y de alguna manera lo sigue haciendo, nuestra concepción de la ley, la autoridad, el perdón y la justicia.

 

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En la Colonia española la Iglesia era complaciente con los pecados que se originan en las pasiones: matar por furia, robar por codicia, fornicar por lujuria, todo eso hacía parte de la naturaleza humana, frágil y pecaminosa. Por eso había que perdonar. Más aún, esas pasiones incontenibles y los deslices que se originaban en ellas eran la fuente del arrepentimiento, de la fe y de la sumisión a Dios y a la Iglesia. En este “valle de lágrimas” en el q...

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Mauricio García Villegas

Es actualmente profesor de la Universidad Nacional de Colombia y columnista del periódico El Espectador.

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