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Literatura

El arte de tomar notas

Traducción de Anaclet Pons

Hábito de alegres ratones de biblioteca, el arte de tomar notas tiene una historia tan entretenida como desvirolada. Ganchos, libros, cuadernos, fichas, sobres y tijeras cumplen un papel protagónico en ella. 

Ilustraciones de Fernando Vicente


En el caso de los historiadores, en nada ayuda hablar mucho sobre sus métodos de trabajo. Porque así como el conjuro del mago desaparece si el público sabe cómo realiza el truco, de igual modo la credibilidad de los académicos puede quedar muy disminuida si los lectores lo aprenden todo acerca de cómo llegaron exactamente a escribir sus libros. Con demasiada frecuencia, tales revelaciones disipan la impresión de una omnisciencia segura y fiable; a su vez, sugieren que las investigaciones históricas son urdidas por seres humanos expuestos a errores, que ensamblan los resultados de una investigación incompleta a fin de construir un relato cuya fuerza retórica compensará, o así lo esperan, las lagunas en la argumentación y las deficiencias en las pruebas.

Tal vez por eso muy pocos historiadores nos dicen cómo se las apañan con su tarea. En su reciente y espléndida autobiografía, History of a History Man, Patrick Collinson revela lo que le sucedió en una entrevista de trabajo cuando era joven. El medievalista Geoffrey Barraclough le preguntó por su método de investigación, y lo único que pudo decir era que trataba de examinar todo lo que era remotamente relevante para su objeto: “Yo no tenía ningún método, solo un cajón de sastre de materiales seleccionados más o menos de todas partes”. La mayoría de nosotros diría lo mismo.

Pero, ¿cómo tratamos con el contenido de ese cajón de sastre una vez reunido? No lo podemos mantener todo en nuestra cabeza. Macaulay afirmaba que su memoria era lo suficientemente buena como para escribir todo El paraíso perdido. Sin embargo, al preparar su Historia de Inglaterra, tomó extensas notas en una multitud de libretas de distinta forma y color.

Los estudiosos siempre han tomado notas. La forma más primitiva de absorber un texto es escribir sobre el propio libro. Era común que los lectores del Renacimiento marcaran pasajes clave subrayándolos o que pusieran líneas o señales en los márgenes –el equivalente en la Edad Moderna del resaltador fluorescente de hoy–. John Brinsley, erudito jacobita que escribió sobre la educación, decía que “los libros preferidos de los hombres más do...

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