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Política

¡Quedamos todos detenidos!

Mucho de paternalista, pacato y absurdo hay en las leyes de nuestro país. Tres casos muy coloridos nos recuerdan que, a veces, nuestra legislación parece estar inspirada en las películas de Capulina.

Ilustración de Javier Olivares

 

Se le ha atribuido a Protágoras la flojera esa de que todo asunto tiene dos lados. Lo sabemos de sobra: una de las desventajas de estar muerto es que la gente puede atribuirte cualquier cosa sin temor a verse desmentida. Era una de las razones de Sócrates –quien, por otra parte, fue capaz de apreciar con equilibrio las ventajas de la muerte justo cuando la tuvo ante sí– para negarse a escribir.

La sugerencia que quieren empujar quienes solemnemente repiten la vacuidad anterior es que una idea demostradamente mala puede tener sin embargo su lado bueno. Como la solemnidad es un síntoma de la falta de seriedad, sobre todo en las cosas de la vida que requieren seriedad, tal sugerencia es una bobada. Y las bobadas que se asumen seriamente en los asuntos serios suelen terminar en tragedia, es decir en comedia. Es lo que está pasando con la trágica y por tanto cómica tradición legal colombiana.

Animado por su proverbial amor por los equinos, el presidente Uribe azotó un caballo muerto hasta la resurrección: presentó al Congreso casi una decena de veces un proyecto para introducir en nuestras leyes la prohibición del porte y consumo de estupefacientes, y el animal resucitó (una muestra más de que en Colombia no necesitamos presidentes sino veterinarios). El resultado final es que el artículo 49 de la Constitución política –a esto me refería cuando hablaba de las cosas serias– quedó aumentado del siguiente modo:

El porte y el consumo de sustancias estupefacientes o psicotrópicas está prohibido, salvo prescripción médica. Con fines preventivos y rehabilitadores la ley establecerá medidas y tratamientos administrativos de orden pedagógico, profiláctico o terapéutico para las personas que consuman dichas sustancias. El sometimiento a esas medidas y tratamientos requiere el consentimiento informado del adicto.

En un solo golpeteo de tecla, la gavilla conformada por el anterior gobierno y los legisladores convirtieron una cuasicontradicción y una tautología en normas constitucionales. Si el consumo está prohibido, la consecuencia lógica es un castigo, pero al final se declara que éste es voluntario (puro Capulina: “Señor delincuente, ¿le apetecen diez o cinco años en la c&aacu...

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Pablo Arango

Es profesor de filosofía en la Universidad de Caldas. Ha publicado los libros 'De la belleza y otros caprichos de conservador' (Universidad de Caldas, 2006) y 'Grandes borrachos colombianos. Vol .1' (Editorial Libros Malpensante, 2016)

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