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Viajes

Un celta en el Putumayo

Dossier: Roger Casement y el Putumayo

Traducción de Cristina Esguerra

La reciente publicación de El sueño del celta y el premio Nobel otorgado a su autor han despertado un merecido interés por el protagonista de la novela: sir Roger Casement. Este texto es una versión abreviada de la conferencia que abrió el seminario internacional "El paraíso del diablo: Roger Casement y el Informe del Putumayo un siglo después".

Roger Casement • © MC Garrity Photographs and Realia | Villanova University Digital Library

 

La reciente publicación de El sueño del celta y el premio Nobel otorgado a su autor han despertado un merecido interés por el protagonista de la novela: sir Roger Casement. Sin embargo, la historia del diplomático irlandés y sus lúcidos y desgarradores informes sobre la situación de los nativos del Congo y el Putumayo no son novedades para los antropólogos de Colombia. Entre ellos se ha estudiado y reivindicado desde mucho tiempo atrás el legado de quien fuera una de las figuras capitales del siglo XX. Este dossier resume el itinerario de Casement durante la época de la explotación del caucho y ofrece un primer atisbo de su titánica labor en defensa de los entonces inexistentes derechos de los indígenas. El Malpensante agradece la ayuda de los profesores Claudia Steiner, Roberto Pineda y Carlos Páramo, organizadores del simposio internacional "El paraíso del diablo", consagrado a Casement.

 

El 26 de septiembre de 1910, hace poco más de cien años, Roger Casement entrevistó a seis empleados barbadenses de la Peruvian Amazon Company que trabajaban en la sede de La Chorrera, ubicada en el Putumayo. El tema de las entrevistas era la violación de los derechos humanos que supuestamente ocurría en las sedes de la compañía cauchera. Casement llegó a La Chorrera el 22 de septiembre en representación del gobierno británico y en compañía de una comisión investigadora que había sido enviada por la propia empresa desde Londres. Al término de las entrevistas, presentó los resultados y éstos fueron aceptados tanto por el representante local de la compañía, Juan Tizón, como por los dos miembros de la comisión. Con la sensación de que su labor había concluido, escribió: “Tras el terrible día de trabajo de ayer, me siento cansado, pero seguro de haber hecho todo lo que estaba a mi alcance”.

Una semana más tarde volvió sobre dichas entrevistas con el siguiente comentario: “Dentro de poco me marcho; es una decisión tomada desde mi primer día de trabajo en La Chorrera”.

Aunque se quedó hasta el 16 de noviembre, fecha en la que partió para Iquitos, y siguió entrevistando barbadenses, Casement ya había aprendido en esencia lo que tenía que saber acerca de la participación inglesa en el Putumayo y sobre el sistema de explotación cauchera.

Un año y medio más tarde, Randall Davidson, el arzobispo anglicano de Canterbury le escribió a Casement: “Me regocijo al pensar en el efecto que han tenido tus competentes y esmerados estudios sobre el tema. Imagino que es correcto afirmar que nadie más en el mundo ha podido hacer lo que tú has hecho”.

El mismo Casement recibió la publicación de su Libro Azul del Putumayo con un lenguaje exultante: “¡Ha explotado el paraíso del diablo en Perú...! El Putumayo será saneado; claro está que absolutamente nada traerá de regreso a los indígenas asesinados. Pobres almas”.

El gobierno británico premió su contribución concediéndole el título de caballero. Pero los asuntos del Putumayo fueron pronto relegados a un segundo plano, pues Casement se vio envuelto en el alboroto de la crisis de petición de autogobierno por parte de Irlanda, que desembocó en el Alzamiento de Semana Santa de 1916. Entre un suceso y otro, y en medio de la Primera Guerra Mundial, residió en Alemania. Posteriormente fue capturado, juzgado y ahorcado en agosto de 1916.

Casement y Juan Tizón en La Chorrera • © Tomada del libro Roger Casement: Imperialist, Rebel, Revolutionary | The Lilliput Press

 

Putumayo y el Congo, vidas paralelas

¿Quién era ese hombre y qué le permitió alcanzar los logros que obtuvo en el Putumayo? Cuando pienso en la vida de Roger Casement recuerdo un proverbio irlandés: “Veinte años creciendo, veinte años floreciendo, veinte años decayendo”. Casement nació en 1864. Los primeros veinte años de su vida, su infancia y juventud, transcurrieron entre el colegio, su primer trabajo y su primer viaje a África como empleado de la naviera Elder Dempster. Entre 1884 y 1903, pasó casi toda la segunda veintena de su vida en África. Y no tuvo oportunidad de completar los veinte años finales: antes de cumplir los 53 fue ahorcado en Londres. Su recorrido por América Latina y los eventos que narré al comienzo sucedieron en los trece años que conforman la fase final de su vida.

Casement saltó a la fama cuando publicó, en 1904, su reporte sobre las atrocidades del Congo. El informe, cuyo contenido se nutría de su larga experiencia en el continente, no solo entregaba la evidencia necesaria para corroborar los desmanes del gobierno y del régimen de Lepoldo II de Bélgica, sino que delineaba la naturaleza de lo que más tarde llamaría “el sistema”. (En una carta que escribió al gobernador del Estado Libre del Congo hace la siguiente afirmación: “No culpo a un individuo; culpo al sistema”.)

Al leer el reporte podemos ver, con patente nitidez, el impacto que una maquinaria de opresión implacable tenía sobre la población: la agobiante estructura de “impuestos” a los nativos incluía suministro de alimentos (casabe, plátano, pescado, carne), producción de bienes comerciales como el caucho, trabajos forzados (construcción de casas, muelles, canoas, cortar la madera, etc.) y servicio militar obligatorio en el ejército local, la Force Publique.

El informe también dejaba en claro el papel crucial de la fuerza para hacer funcionar este sistema: se organizaban expediciones armadas para castigar a los contraventores, “guardias forestales” para vigilar las aldeas nativas; mujeres y niños servían como rehenes para asegurarse de que los esposos no se negaran a trabajar. Confiscaban canoas y otros objetos de valor, imponían multas a las aldeas, azotaban y encarcelaban a los ciudadanos; organizaban fusilamientos, golpizas y a muchos les cortaban las manos. Todo esto permitió a Casement darse cuenta de que la población humana y la animal estaban decreciendo, igual que el comercio autóctono.

La experiencia de lo que él denominó la “nefasta tragedia” del Putumayo, “arraigada en esa mísera e insaciable sed de oro negro” que era el caucho, resultó “un crimen de mayor envergadura que el del Congo, aunque este último afectara a millones, mientras el primero involucraba solo a unos cuantos miles”.

A pesar de reconocer las diferencias existentes entre ambos casos, no es motivo de sorpresa que también calificara las atrocidades ocurridas en el Putumayo como sistemáticas. “Este sistema es responsabilidad de la compañía; los crímenes individuales son el resultado de abusos llevados a cabo por hombres degenerados, a los que la empresa decidió contratar a conciencia”.

Para Casement, la explotación a que eran sometidos los indígenas en el Putumayo era prácticamente la misma que se había infligido a los nativos del Congo:

Construían casas gigantescas, hasta de 45 yardas, abrían amplias trochas en la selva, plantaban yuca, mandioca, caña de azúcar, etc., construían carreteras y puentes para facilitar la llegada de sus nuevos opresores, a quienes debían suministrar mujeres, comida y entretenimiento a su antojo. Y todo ello sin remuneración alguna, además de la producción de caucho, la más importante de la región.

En las pocas ocasiones que se les pagaba, los indígenas recibían objetos despreciables. A un joven le entregaron un tazón de estaño como pago por casi ochenta kilos de caucho. Tiró el recipiente al suelo y se marchó indignado.

Igual que en el Congo, el uso de la fuerza y la crueldad hacían parte fundamental del sistema. Los azotes eran rutinarios, así como los fusilamientos, los ahogamientos parciales, la depravación sexual –en palabras de nuestro autor, había “concubinas por doquier”– y la violación de mujeres en los almacenes. Casement señala que “todos los trabajadores de la compañía vigilaban, presionaban y maltrataban a los indígenas para obligarlos a trabajar y a producir caucho”. Para describir el ambiente que se respiraba en La Chorrera se limitó a decir que “el miedo está en todas partes”.

Nativo del Congo azotado con un chicote de cola de hipopótamo • © Tomada del libro The Eyes of Another Race | University College Dublin Press

 

La era del racismo

Peter Brantlinger sugiere que el “mito del Continente Negro” surge entre la abolición del comercio de esclavos y el caos producido por la repartija del territorio africano, a finales del siglo XIX. En palabras de Nancy Stepan: mientras se ganaba la batalla contra la esclavitud, se perdía la guerra contra el racismo.

En la época de la Conferencia de Berlín, cuando se definió la distribución del territorio africano, “los ingleses pensaban que África era el centro de lo maligno, un lugar poseído por la barbarie y los demonios –la esclavitud y el canibalismo–, y que su deber era exorcizarlos”, escribe Brantlinger. Según Bernard Porter, el período más despótico del imperialismo, tanto en el campo ideológico como en el de las creencias populares, transcurrió entre 1895 y 1914.

Incluso la antropología del momento era racista y aceptaba la teoría de la evolución. “El pensamiento evolucionista”, dice Brantlinger, “parece una coartada para legitimar el imperialismo”. A finales del siglo XIX, antropólogos de corte eugenésico y darwinista ofrecían justificación “científica” para el imperialismo y el genocidio. En su corto y apasionante libro “Exterminad a todos los salvajes”, Sven Lindqvist trae a colación varios aleccionadores ejemplos del proceso. En su viaje a Argentina en 1832, el mismo Darwin tuvo la oportunidad de ver los horrores que conlleva el exterminio, cuando se topó con el general Rosas en mitad de una campaña emprendida para arrasar con la población indígena. Aunque la experiencia en Argentina llegó a perturbarlo, en 1871, cuando publicó El origen del hombre, aquel tipo de destrucción es descrita en tono neutral y tildada de inevitable: “En un futuro no tan lejano como para tener que ser medido en siglos, las razas de los hombres civilizados muy seguramente habrán exterminado y reemplazado a los bárbaros en todas partes del mundo”.

Otro ejemplo ilustrativo es la descripción que Lindqvist hace del explorador y administrador alemán Carl Peters. En un libro de 1891, Peters narra cómo sometió a los vagogos del este de África. Después de arrasar con el pueblo, Peters respondió a la petición de paz enviada por el jefe de la tribu: “Díganle que no tengo deseo alguno de hacer las paces con él. Los vagogos son unos mentirosos y por ello deben ser eliminados de este mundo. Pero si el jefe quiere ser esclavo de los alemanes, entonces él y su pueblo tendrán la posibilidad de vivir”.

El poderío tecnológico alentaba las creencias racistas: “Muchos europeos asumían que su superioridad militar equivalía a una supremacía intelectual y biológica”, recalca Lindqvist. Uno de los ejemplos más dicientes es la batalla de Omdurmán, en la que fueron masacrados 11.000 sudaneses: “Todo el ejército de Sudán fue aniquilado sin jamás haber tenido al enemigo en la mira. Desde un principio el arte de matar a distancia se convirtió en la especialidad europea”.

Ni siquiera los amigos y colegas de Casement eran ajenos a las acciones y opiniones racistas de la época. Uno de los libros de Henry Morton Stanley lleva como título En el África más tenebrosa y vendió 150.000 ejemplares. Herbert Ward, amigo de Casement, consideraba que las religiones locales no eran otra cosa que un culto a los demonios, mientras que sir Harry Johnston escogió la piqueta y la pala como símbolos de África. Y, a pesar de oponerse a la trata de esclavos, Johnston sostenía que el continente estaba manchado por el salvajismo de sus tribus. Lord Salisbury, quien trabajaba para Casement en aquel entonces, resumió el asunto de este modo: “Es posible hacer una división aproximada del mundo entre los que viven y los que mueren”.

 

El “vengador” del pueblo

Casement estaba en desacuerdo radical con estas opiniones, y no era el único. Otros intelectuales de la época compartían tal parecer. Fueron su personalidad, sus valores y las circunstancias históricas los que hicieron del apoyo a los derechos indígenas un compromiso en su vida. Los comentarios de quienes trató sirven como testimonio de su capacidad de conmoverse ante el sufrimiento de los colonos subyugados. El conde Richard Coudenhove, aristócrata amigo suyo, escribiría años después de su muerte: “Era un idealista absolutamente genuino aunque un poco exagerado: no podía dejar de echar mano al débil para combatir al más fuerte. Brindar ayuda le resultaba simplemente inevitable”.

También es posible documentar el compromiso adquirido por Casement a partir de sus propias palabras. En Berlín, ya en los últimos años de su vida, le hizo la siguiente reflexión a un colega alemán:

Pasé cinco años de mi vida en el Congo, de 1885 a 1889. Recorrí casi todo el país, aprendí a amar y a sentir lástima por los nativos. Y fue este primer acercamiento a ellos y a las circunstancias que los llevaron a la ruina lo que me permitió ir en busca de la verdad cuando viajé al Alto Congo en 1903 en calidad de “vengador” del pueblo…

Quedé sorprendido por las similitudes entre el primer caso suyo que encontré protestando en contra de la brutalidad en el Congo y el tardío ejemplo del Putumayo. El primero tiene lugar en abril de 1887, cuando rondaba la veintena. El opresor era el teniente Francqui, comisionado de la región de Cataract, a quien Casement había pillado dos veces perpetrando actos de brutalidad. Cuando el irlandés presentó una queja ante las autoridades de Boma, la capital en esa época, le informaron que “no tenía derecho a intervenir en nombre de las víctimas de Francqui”. Casement continúa narrando el suceso:

A uno de ellos, a quien castigaron tan cruelmente a petición de aquel oficial que acabó severamente mutilado, tuve que cargarlo en mi propia hamaca a lo largo de cincuenta millas para llevarlo a un doctor en Boma donde le curaran las heridas y poder presentar una queja en su nombre... Se burlaron de mí por haberme tomado tantas molestias... El teniente Francqui nunca fue castigado.

Henry Morton Stanley, en 1872 • © London Stereoscopic & Photographic Company | Smithsonian Institution Library

 

El ejemplo del Putumayo ocurre en 1910, en el viaje de regreso de Matanzas a Entre Ríos que Casement realizó a través de la selva. En la mañana del 19 de noviembre de 1910 coincide en el camino con una mujer andoke afligida por la cantidad de caucho que llevaba y la imposibilidad de continuar el trayecto. Se detuvieron, la liberaron de la pesada carga, le brindaron un poco de té y la ayudaron a continuar:

La mujer casi no podía ni caminar; la tarea de levantarla y ayudarla a continuar fue bastante demorada. Se cayó varias veces y tuve que entregarle mi bastón para ayudar a aquellas temblorosas piernas a mantenerse erguidas. Pero las rodillas no parecían soportar el peso de su cuerpo y una y otra vez terminaba en el suelo. He de confesar que lloré mucho. Pensaba en la señora Green y en la señora Morel, me las imaginaba en la misma situación, o como testigos de las desgracias de esta pobre mujer de voz tan dulce; pensaba en la esposa y la madre de alguien en semejante condición.

Experiencias como ésta ampliaron su perspectiva respecto a la opresión perpetuada en el mundo; no se limitaba a contemplar el caso del Congo y el Putumayo sino que abría su mirada a la totalidad. En 1911, mientras presentaba su testimonio en Londres ante el Parliament Select Committee, aventuró la siguiente opinión:

Considero que en aquella jungla se están perpetrando actos de enorme injusticia. Y todos ellos en relación con la producción de caucho. Además, añadiría que los mismos métodos se están utilizando en cualquier otra parte del mundo donde habitan indígenas.

En otro momento, exhortando a su amigo Edmund Morel, escribió:

Estas fosas de esclavitud en todo el planeta –el Congo, el Congo francés, México, Perú, posiblemente Corea y Formosa bajo el dominio japonés, Angola y São Tomé entregadas a los portugueses–, estas detestables imágenes, deben ser combatidas. El ataque emprendido contra Leopoldo en África ha puesto en marcha un gran movimiento. La liberación humana debe abarcar el mundo entero, pues la causa de la libertad es tan amplia como el universo.

Esta visión lo llevó casi al punto de crear una organización dedicada a trabajar por los derechos de los indígenas. Mitchell Innes, un diplomático inglés con quien Casement simpatizaba, hizo una sugerencia práctica:

He estado pensando seriamente en cómo podemos organizarnos para hacer prevalecer las doctrinas que tú, Morel, tanta otra gente y yo consideramos adecuadas con respecto al gobierno de los nativos. Podríamos conformar una sociedad para el estudio de los esquemas de administración de la población indígena, de las leyes y de la justicia, y para que hombres con conocimiento práctico sobre esos temas publiquen artículos al respecto.

Casement estaba interesado pero reconocía la dificultad de la tarea: la labor de encarar una organización por el estilo de la sugerida por Innes –opinaba– sería muy ardua:

Debemos enfrentar una cuestión de enorme envergadura. “Los intereses comerciales” son la esencia de la civilización moderna: organizan y reorganizan gobiernos; destruyen la vida de las personas con la misma facilidad con la que inician guerras; construyen buques de guerra y de paso hunden trasa-tlánticos. Los intereses comerciales representan ganancias, algo que casi todo hombre ansía. Muéstrales dinero y no te pondrán obstáculos al momento de establecer (o arrebatar) el bienestar de las personas.

Teniendo en cuenta que su compromiso con la causa indígena era reconocido públicamente, no resulta sorprendente que el 6 de agosto de 1913 Travers Buxton le escribiera a Casement ofreciéndole la vicepresidencia de la Sociedad Antiesclavista.

Estimado señor:
En nuestra última reunión quedó unánimemente establecido que se le debería pedir a usted aceptar el cargo de vicepresidente de esta sociedad. Usted ya ha prestado un notable servicio a la causa de la libertad de los nativos, por lo que su vinculación a nuestra sociedad, en caso de que acepte, resulta apenas natural.


Casement vaciló cortésmente y terminó por rechazar la oferta. Los acontecimientos que siguieron acabaron con cualquier posibilidad de participación en asuntos de este estilo.

La mutilación de manos era una forma habitual de castigo en el Congo • © Tophoto.co.uk

 

El imperio: riqueza, poder y decadencia

Como hace patente su respuesta a la proposición de Innes, Casement concebía que la subyugación de los indígenas formaba parte de un sistema de opresión mucho más amplio.

Algunos historiadores debaten acerca de la amplitud y precisión de estos conceptos. Por ejemplo, Margaret O’Callaghan discrepa con Andrew Porter cuando éste sostiene que Casement no presentó ningún “juicio acertado o maduro” sobre el imperialismo y que su pensamiento no era sistemático:

Al contrario de las afirmaciones de Porter –arguye O’Callaghan –, Casement sí posee un modelo teórico de expansión colonial… Cualquier examen demostraría que sus contribuciones sobre los males del imperio en otros lugares del mundo probablemente fueron más importantes que las de cualquier otro teórico.

En su libro Critics of Empire, al discurrir sobre las críticas formuladas inicialmente contra el imperio británico, Bernard Porter señala, primero, que las invectivas contra las que desde un comienzo tuvieron que lidiar los representantes del mismo fueron totalmente desconocidas hasta la década de 1960; segundo, que el continente africano fue el blanco favorito de las primeras críticas –propensión que Porter reconoce en su libro– y, tercero, que había la tendencia a excluir a India e Irlanda de esos recuentos evaluativos.

A la luz de estos dos últimos argumentos, el menosprecio concedido a Casement como crítico del imperio no sorprende. Para empezar, la mayoría de sus escritos fueron publicados hasta hace muy poco. No hubo una edición confiable de sus diarios ni del informe sobre el Congo hasta después del año 2000, para no mencionar el increíble hecho de que el Libro Azul del Putumayo solo esté traducido de modo fragmentario al castellano.

Por otra parte, el descuido al que se hallaba condenada Irlanda (y qué decir de Latinoamérica) probablemente también explica la poca atención que se le dio al propio Casement como analista geopolítico. En este punto estoy completamente de acuerdo con otro de los argumentos de O’Callaghan. Según ella, “la relación entre la carrera diplomática de Casement, su creciente inclinación antiimperialista y su progresivo y cada vez más autoconsciente nacionalismo es complicada y dialéctica, en vez de consecutiva y no lineal”.

Para él existía un paralelismo entre la histórica conquista de Irlanda, especialmente las guerras de 1600 y 1700, y el proceso colonial de África y Suramérica. Dicho de otra forma: lo que vio en la historia de su país le permitió arrojar luz sobre lo que pasaba en otros lados del mundo.

© Tomada del libro Roger Casement | Hodder and Stoughton

 

Así pues, no cabe la menor duda de que Casement tuvo ideas ejemplares sobre imperialismo. Una de las primeras está en la carta que escribe a comienzos de 1905, finalizada su aventura en África pero sin que se hubiera dado comienzo a la de América del Sur. La carta, escrita a su amigo Richard Morten, hace patente la fortaleza del carácter moral de su pensamiento:

Si se estudiara la historia con detalle se podría ver esto: Roma centró la riqueza del mundo antiguo en sí misma –Italia se convirtió en un magnífico jardín colmado de villas de adinerados, conservadas gracias al trabajo de millones de esclavos–, y sucumbió. España, en sus años de gloria, puso a trabajar a los esclavos del Caribe en la explotación de las minas de las Indias –de la misma manera, Leopoldo utiliza como mano de obra a los esclavos bantúes para extraer caucho de las minas del Congo– y envió a Madrid las riquezas de Perú, México y el mar Caribe. España tenía el monopolio del oro del mundo, pero no supo aprovecharlo y se derrumbó. Lee las Consideraciones de Montesquieu sobre la decadencia y la caída del imperio romano… y en ellas encontrarás reflexiones que te harán temblar cuando eches un vistazo a Suramérica y a la India.

Las experiencias de Casement en América del Sur acrecentaron su animadversión por la colonización española. Opinaba que la tragedia de los indígenas suramericanos era “la más grande del mundo hoy en día, y ciertamente la mayor injusticia en la que se ha incurrido durante los últimos cuatrocientos años”.

Y no solo eso: “La llegada de los españoles y los portugueses a Suramérica, que culminó en el desmoronamiento de los imperios inca, azteca y maya, entre otros, constituye una pérdida severa para el mundo”. Atribuía el pobre desarrollo del Amazonas a “cuatrocientos años de españoles en su nacimiento y trescientos años de portugueses en su desembocadura… lo primero un infierno, lo segundo un desierto”.

Casement escribió y reflexionó no solo sobre el imperio mismo, sino también acerca de otras cuestiones que usualmente van de la mano del imperialismo moderno, y sobre las cuales sus críticos mantienen opiniones variadas. En esa lista podemos incluir los ?temas de raza, capitalismo, modernización y civilización.

Aquí, por razones de espacio, no puedo referirme a esos temas, pero en lo que respecta al concepto de civilización –parte de la tríada de las C: cristianismo, comercio y civilización–, me gustaría señalar que Casement comenzó a escribirlo entre comillas a medida que su carrera progresaba. El siguiente apartado de una carta de 1904, dirigida a Alice Stopford Green, cuyo contenido inicial versa sobre un capítulo continuamente repetido en la historia de la ocupación inglesa de Irlanda, sirve de ejemplo:

Creo que fue el hecho de haber conocido el sufrimiento humano y los métodos utilizados por rufianes escudados tras la consigna de la “civilización”, pero solo interesados en apropiarse de la tierra y explotar el trabajo de los otros, lo que me despertó tan profundo interés por los nativos del Congo. Cada argumento bajo el cual el rey Leopoldo y sus ayudantes buscan justificar la despiadada opresión a la que está sometida hoy en día África central es moldeado de acuerdo con las viejas “leyes” y medidas que rigen este país. Lo teníamos todo, incluso “la renovación moral y material”.

En el Putumayo utiliza con ironía la frase “realmente una compañía civilizadora”, haciendo referencia a la Peruvian Amazon Company. En otra parte habla de una invasión “bárbara”. Y, haciendo uso de un lenguaje típico, escribe: “La selva, con sus criaturas salvajes, es mucho más feliz que estos ‘centros de civilización’ creados por peruanos y colombianos inescrupulosos para la gran compañía de Londres”.

La crítica que hace al imperio y al colonialismo incluye otro elemento crucial asociado a los anteriores y que no suele mencionarse: la propiedad de la tierra. El extenso apartado que sigue, tomado de una carta de 1911 dirigida por Casement a Travers Buxton, de la Sociedad Antiesclavista, alude a varios de los temas anteriormente planteados, y muestra la envergadura del pensamiento político del irlandés:

La expropiación de los indígenas y la descarada negación de sus derechos territoriales son el cimiento de todo el sistema de esclavitud que existe en aquellas regiones. Si los indígenas estuvieran protegidos con la titularidad de las tierras no serían presa tan fácil del explotador como lo son hoy en día. Es el mismo sistema impuesto por Leopoldo en África: sean africanos o indígenas, polinesios o de cualquier otra raza, si les permites a los nativos enraizarse los liberas.

Cuando los campesinos de Natal buscaban mano de obra barata entre los zulúes, tramitaron leyes contra el proceso de adquisición de la propiedad de estos últimos –hablaban de “romper los resguardos” y de gravar con impuestos sus cabañas–. Si un nativo es propietario de un terreno puede alimentarse a sí mismo, a su mujer y a sus hijos, y finalmente sembrar la semilla de un comercio saludable a partir de los excedentes que deja lo que su familia necesita. Si se le niega la posibilidad de hacerse dueño de la tierra, se convierte en un extranjero, desposeído en su propio país, y condenado al encierro de la esclavitud, como Díaz ha hecho en México.

La Guerra por la Tierra en Irlanda ha servido como reafirmación del derecho de las personas a vivir en su propio territorio y a su manera, y su efecto se expandirá mucho más allá de las costas irlandesas.
La esclavitud, la propiedad individual y el cultivo de la tierra no pueden ir de la mano. Si peruanos, mexicanos y demás países de Sur y Centroamérica pudieran ser obligados a reconocer y registrar los derechos de los lugareños sobre las tierras –derechos que no descansan en títulos firmados por algún político sino en la larga relación de los nativos y sus antepasados con ese suelo–, una vigorosa agricultura pasaría a reemplazar esta abominable explotación y este régimen de concesión tercamente sostenido por la esclavitud en todas partes...

A largo plazo, de poco sirve combatir al esclavista, pues la victoria nunca será duradera si no se ataca la raíz del problema: las exigencias de tierra de los estados que, dicho correctamente, simplemente son los ojos y los oídos de las personas. Tal vez hoy podamos acabar con la esclavitud en el Putumayo, pero mañana volverá a establecerse si los indígenas no obtienen reconocimiento legal de su derecho tribal a la vida, de acuerdo con su tierra y en su propio país.

Indígena del Putumayo condenada a morir de hambre • © Tomada del libro Imaginario e imágenes de la época del caucho

 

Dependencia y colonialismo a ambos lados del océano

No quisiera finalizar lo dicho hasta aquí sin llamar la atención sobre ese paralelo entre la historia irlandesa y la de América Latina esbozado en la correspondencia de Casement. En cierto sentido, se podría decir que ese tema se ha convertido en un lugar común de la historiografía irlandesa más reciente. En un corto libro publicado en 1992 para conmemorar los quinientos años de la llegada de Colón a América, el escritor Peadar Kirby también advierte “ciertas similitudes en la experiencia histórica de Irlanda y de todos los países latinoamericanos”, y sugiere que, “en cierta forma, nuestra historia es más cercana a la de Latinoamérica que a la de cualquier país europeo”. En su lista de aspectos compartidos está en primer lugar la experiencia de un colonialismo violento y sostenido que “destruyó las civilizaciones nativas que encontró a su paso”.

Hoy en día en Irlanda está completamente viva la discusión acerca de si el país era o no una colonia en aquel entonces. Sin entrar en detalles, sólo diría que Irlanda comparte con América Latina la característica de la dependencia. Y Casement era consciente de ello. Él atribuía el decrecimiento de la población irlandesa a comienzos del siglo xix a los efectos del sistema colonial inglés que implicaba un desperdicio –como llegaría a denominarlo– de los hombres, el pensamiento, la comida y el dinero. Esta lectura de la historia contribuyó a su constante pesimismo, que se hace evidente en esta carta a su prima Gertrude:

Es motivo de vergüenza que una raza entera pueda ser lenta e implacablemente llevada a la muerte y que se le niegue el derecho a curarse. Primero, los irlandeses fueron reducidos a polvo y exprimidos en todas sus riquezas –destruidas sus industrias, confiscadas sus tierras, prohibidos su religión, sus leyes y su idioma–, después fueron debilitados hasta que les resultó imposible la resistencia. Entonces lo entregaron todo y se hundieron en la desesperanza, y ahora, entre risas, son contemplados como una hermosa isla verde que tiene la capacidad, pero todo a su debido tiempo, de ser reemplazada por la escoria de la vida inglesa de la ciudad.

Si uno piensa en la enorme influencia británica en países como Uruguay o Argentina, ya descrita por Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, no puede obviar que lo dicho en esta carta también podría aplicarse al caso que venimos siguiendo. Y aunque puede que para temas formales los países latinoamericanos hayan sido independientes, Casement no se engañaba sobre la influencia que el capitalismo y la herencia del colonialismo inglés tenían sobre los horrores ocurridos en lugares como el Putumayo. A sus ojos, el proceso de conquista y colonialismo aún desempeñaba un papel en los días de su visita al Amazonas.

Voces del movimiento indígena

El antropólogo Ronald Niezen sostiene que actualmente la identidad de los indígenas es un fenómeno casi global. Sus orígenes y ataduras sugieren “una experiencia común de sufrimiento ilegítimo, carente de sentido y deshonroso”. O, en palabras más elaboradas: “El movimiento indígena ha surgido a partir de la experiencia compartida de grupos marginales enfrentados a los impactos negativos de la extracción de recursos y la modernización económica, además de la convergencia social y la homogenización que este tipo de ambiciones tiende a traer consigo”.

En esa historia, Roger Casement tuvo mucho que decir. Sus informes no solo aportaron un mayor grado de conciencia popular sobre el impacto negativo de la extracción de recursos –en particular, del caucho–, sino que hizo consciente al público general de su época de los horrores cometidos por el imperio allende los mares. Intentó, tal vez más en el caso del Congo que en el del Putumayo, dar voz a la población local y encontrar un paliativo a sus sufrimientos. Su voz y la de las organizaciones en campaña, la Asociación para la Reforma del Congo y la Sociedad para la Protección de los Aborígenes, fueron cruciales para lograr ese objetivo que aparece una y otra vez a lo largo de sus textos: “Más poder para los indígenas”.

En el contexto de estas vitales conexiones entre indígenas y no indígenas, resulta adecuado que recordemos el trabajo de Roger Casement. Quizás también sea apropiado utilizar la comparación hecha por el novelista Joseph Conrad, quien advertía sobre Casement: “Siempre he pensado que una parte del alma de Las Casas había encontrado refugio en su indomable cuerpo”.  

Nota del editor: este texto es una versión abreviada de la conferencia que el profesor Síocháin dictó en el seminario internacional “El paraíso del diablo: Roger Casement y el Informe del Putumayo un siglo después”, organizado por los departamentos de Antropología de las universidades Nacional y de los Andes entre el 26 y el 29 de octubre de 2010.

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Séamas Ó Síocháin

Es editor del Irish Journal of Anthropology y ha publicado, entre otros libros, la biografía Roger Casement: Imperialist, Rebel, Revolutionary.

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