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Fotografía

Tristes puentes de la Guajira

En medio del desierto guajiro –como posando para esta postal– se levantan siete piezas de hormigón, fiel testimonio de que la construcción en Colombia puede llegar a ser tan absurda y corrupta como poética.

Texto y fotografías de Cristian Valencia


La primera vez que los vi pensé que había sido un espejismo porque nadie pareció extrañado con su presencia. El camión siguió como si nada y pasó junto a ellos, por el carreteable del desierto de la Guajira. Al primero le dijimos un adiós rutinario, como se le dice buenos días a un tendero. Y así con todos, con los siete puentes del desierto, que 18 años después todavía penan por un río que les pase por debajo, por carros que les pasen por encima y por una carretera que llegue hasta ellos. Son unos puentes tristes.

El camino desde San Martín hasta el Cabo de la Vela es una entelequia que los carros fabrican mientras pasan y luego se desdibuja, como estelas que va dejando una lancha rápida por el mar. El zangoloteo es inevitable porque el desierto no es tan plano como aparece en las fotografías; se va abriendo entre trupillales escasos y cardones, y siempre está la sensación de ir montado en una diligencia por el oeste norteamericano, de ser colonizadores pioneros de una tierra desconocida. Pero el camino es más viejo que los caminos reales de los Andes, transitado desde hace más de mil años por los wayuu, que vieron de repente inundado su territorio de blancos dedicados a la tracamundana porque el Cabo y Carrizal y Bahía Honda, y casi todo el mar cercano de la alta Guajira, eran prodigiosos en perlas. Desde ese entonces la Alta Guajira ha sido presa de estafadores, contrabandistas, piratas, narcotraficantes; de judíos y musulmanes, de alemanes e italianos. Una legión de aventureros que sí le vieron el enorme potencial a la Guajira profunda, la alta, que a pesar de ser tan cosmopolita parece un secreto a voces, tan desconocida como el mapa de un tesoro bucanero.

Los puentes pertenecen tanto al imaginario que nadie los recuerda con precisión en Riohacha, como nadie recuerda un trupillo en especial, ni un cactus. Pertenecen al paisaje. Parecen una intervención plástica de un renombrado artista que quiso evidenciar con esta humilde acción el abandono tan contumaz en el que se encuentra la portentosa península que define el norte de Suramérica. Una obra que hubiera podido darle la vuelta al mundo porque parece de la misma estirpe que las esculturas de Frans Krajcberg, el polaco-brasileño que hace bosques artificiales con árboles muertos; o las de Christo Javacheff, quien alguna vez empaquetó unas montañas.

Existen desde 1992 y para lo único que de verdad han servido es para pintar propaganda política cada vez que hay elecciones. Al sol de hoy la mayoría tiene rastros de pinturas “rupestres” con el eslogan “Un cielo de oportunidades”. Si las cosas siguen como van, y la memoria nos sigue abandonando, al cabo de cien años algún arqueólogo encontrará vestigios de una gran civilización precolombina en la Alta Guajira: “Sabían usar el hormigón, sin duda. Estas edificaciones podían albergar familias hasta de diez integrantes, que se guarecían del inclemente sol en estos extraños hábitats. Conocían la pintura y manejaban metáforas increíbles, al parecer en honor de algunos de sus líderes”.

Cosa que no desmiente algunas habladurías.

–A esos puentes, compadre, para que sean unas casas bacanas lo único que les falta es una puerta.

Cuando pregunté por los puentes a un grupo de personas en el parque Padilla, en Riohacha, nadie los recordaba al comienzo. Luego comenzaron a reír.

–¿Eso no son los puentes de Ñame? –preguntó uno.

–No hombe, qué va, los de Ñame están en Carrizal, y éstos están pa’l Cabo.

Los de Ñame, para desgracia de la arqueología, ya no existen. Se los tragó la arena porque, según cuentan, el tal Ñame acostó cuatro canecas de 55 galones y las tapó con tierra, para que el agua fluyera por su interior y los carros pasaran por encima. Lo que los ingenieros llaman técnicamente box culvert o caja de alcantarilla. La leyenda dice que el primer carro que pasó por los puentes de Ñame espachurró esas canecas y hasta ahí llegaron los puentes. Muy al contrario de los puentes de este relato, que sí tienen las especificaciones técnicas clásicas de una box culvert. El ingeniero que los hizo, Roberto Gutiérrez, un hombre culto y amable, fue quien me aclaró el término y algunos datos claves para esta historia. No hubo manera, sin embargo, de encontrar en los archivos de la Gobernación el costo total del contrato y el ingeniero no lo recuerda con precisión.

Efectivamente, datan del 92, y eran parte importante de una carretera proyectada para llegar al Cabo de la Vela. Se levantaron en los puntos críticos, por donde en ese entonces se formaban arroyos inexpugnables.

–Pero yo mismo le recomendé al gobernador (el hoy senador Jorge Ballesteros) que no construyera la carretera, porque había otras prioridades –enfatizó el ingeniero.

Con la plata de la carretera, la que sobró después de los puentes, se compraron unos carros cisterna para llevar agua a las comunidades wayuu más necesitadas de la Alta Guajira. El ingeniero dice que no sabe qué pasó con esos carros porque no los volvió a ver nunca más.

Texto y fotografías de Cristian Valencia

 
El agua es una necesidad apremiante en el desierto. Los wayuu pasan trabajos para almacenarla. Los grabados de comienzos del siglo XX que representan a un indígena jalando un burro, que a su vez jala un barril de agua acostado, podrían hacerse hoy en día y quedarían idénticos. Las condiciones de esta enorme comunidad indígena no han cambiado en doscientos años de República. Alguna vez construyeron una represa para colectar aguas lluvias, pero también está ahí para las especulaciones de los arqueólogos del futuro. La represa León Domitila jamás sirvió para nada. Lo mismo que con el agua pasa con la energía eléctrica. En la ranchería que está justo al borde del flamante parque eólico, después de ocho años conviviendo con esos gigantes armados del Quijote, todavía no la tienen (apenas están enterrando los postes). Como siempre, como son tan dignos en su pobreza, los wayuu quedan divinos en las fotos: ahí está el rancho con techo de yotojoro, ahí las coloridas hamacas, y ahí las hermosas wayuu sonrientes, y ahí, a menos de cien metros, los gigantes como de 80 metros con sus aspas blancas, hechos con la más alta tecnología conocida.

Viajar por la Guajira no es fácil. Hablé con un belga que trató de llegar a Puerto Estrella en una moto. Cuando vio fotografías del desierto naranja y del más azul Caribe se vino para Colombia con su moto de 600 centímetros cúbicos. El primer viaje de iniciación lo hizo hacia el Cabo de la Vela cuando apenas comenzaba este último invierno. Fue él quien puso el tema de los puentes, sacó su cámara y me mostró varias fotos mientras rastrillaba erres para decir incrrrreíble, en su español afrancesado. Apenas paró el invierno compró agua suficiente para darle la vuelta a la península.

–Estoy aquí de milagrrrrro –me dijo.

Le habían dicho que en el kilómetro 137, junto al ferrocarril del Cerrejón, estaba el paso para Portete y Bahía Honda. Pero decidió hacer las del pionero y meterse por la mitad de la Alta Guajira. Se perdió. En un momento el camino se le cerró y, cuando cayó quiso devolverse y retomar la vía según las instrucciones, se hizo de noche. Amaneció rodeado de niños wayuu que no hablaban castellano pero que con señas le indicaron por dónde devolverse. En todo caso piensa regresar. Ya tiene un navegador gps y sabe que debe comprar gasolina suficiente porque entendió que en la Guajira cualquier cosa puede suceder.

Tendrá que atenerse al camino sugerido por los que saben, y pasar de nuevo por los tristes puentes, los que dan la bienvenida a esta hipérbole llamada Guajira. En unos años, quizá, habrá un gobernador consciente que mande a construir unos ríos para ellos, tan necesitados de agua como toda la península.

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Cristian Valencia

n 1992 ganó la primera mención del Concurso de Libro de Cuentos convocado por el IDCT. Obtuvo la Primera Mención del Concurso Iberoamericano de Crónica, Cronistas del siglo XXI.

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