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Entrevistas

Una historia de la gordura

Renée Kantor entrevista a Georges Vigarello

La obsesión por el cuerpo es típica de nuestra época. Sin embargo, siempre han existido curiosas distribuciones de grasa, mondongos, vientres prominentes. ¿Cómo ha evolucionado la gordura con el tiempo? Georges Vigarello, reconocido historiador francés y autor de un libro sobre el tema, responde en esta entrevista exclusiva para El Malpensante.

© Mark Rykoff • Corbis


Primero hay que llegar al hall E de la descomunal biblioteca François Mitterand en París y esperar unos minutos hasta ver aparecer a un hombre de baja estatura y aspecto delicado. Lleva traje azul, jersey negro, mocasines, y sostiene una cartera de cuero gastado, típica de los catedráticos de su edad. Se trata de Georges Vigarello, un historiador francés de 69 años, profesor de la Universidad de París V y director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales.

Vigarello es relativamente conocido en lengua española, aunque tal vez no tanto como debería serlo. De sus ocho libros, dos fueron traducidos en Argentina (Corregir el cuerpo e Historia de la belleza) y dos en España (Historia de la violación y Lo sano y lo malsano). Taurus editó, a la par que Éditions du Seuil, la obra colectiva Historia del cuerpo, en tres volúmenes, dirigida por él en compañía de Alain Corbin y Jean-Jacques Courtine.

No han sido traducidos al español sus textos sobre el deporte, determinantes para convertirlo en un autor extre-madamente popular en Francia. Nada de sorprendente en esta predilección: monegasco, hijo de un profesor de gimnasia del Principado de Mónaco, Vigarello también dio –como su padre– clases de educación física y fue incluso campeón de salto con pértiga. En todo caso, su interés por el deporte, y por todo aquello que tenga relación con el cuerpo humano, va más allá de su inclinación inicial por la gimnasia y de su pasión por el Mónaco Fútbol Club. Hace más de treinta años que Vigarello explora ese territorio enigmático que nos resulta tan próximo y lejano a la vez: nuestro cuerpo.

Sentado, casi acurrucado en un sillón de la librería, parece aún más endeble que de pie. Con voz suave, monocorde, empieza a hablarme de su último libro: Les métamorphoses du gras. Histoire de l’obésité, publicado hace pocos meses por Seuil.

¿En qué momento surge una definición de lo que se entiende por obesidad?

La primera definición importante de la obesidad aparece en el tratado La grande chirurgie, chirurgica magna, escrito por Guy de Chauliac en 1363, donde dice que una persona es gorda cuando “se convierte en un gran montículo de grasa y de carne que le impide caminar sin enojo, tiene dificultad para calzarse los zapatos a causa del tumor de su vientre y no puede respirar sin impedimento”. Es un texto decisivo que muestra muy bien las dificultades que había en el siglo XIV para hacer una distinción sutil entre gordo, grasa y carne.

Usted afirma que para escribir una historia de la obesidad hay que prestar atención a las palabras. ¿Podría explicar en qué consiste este estudio de la historia a partir de las palabras?

Esa pregunta es muy importante y concierne a la historia del cuerpo en general. ¿Cuáles son las fuentes? Hay dos grandes tipos de fuentes: los discursos y las imágenes. Si hablamos de discurso, me parece evidente que el cuerpo se describe por medio de las palabras, y los cambios en los términos son a veces muy reveladores sobre los cambios en la repre-sentación e incluso en una manera de vivir el cuerpo. Cuando advertimos que hay nuevas palabras para designar la obesidad, constatamos que esas palabras corresponden a una época, que enriquecen la mirada sobre la obesidad e incluso la transforman. Le pongo un ejemplo: la palabra “obesidad” comienza a utilizarse en Francia a comienzos del siglo XVIII y se la equipara a un concepto ligado a una representación patológica. A partir de allí se multiplican los vocablos que atañen a la obesidad –por ejemplo: grueso, rollizo, regordete, corpulento, orondo, robusto–. Podemos asociar este enriquecimiento del vocabulario a un enriquecimiento en los matices del significado que adquiere la palabra. Nos acercamos a un concepto más diversificado. La mirada se toma su tiempo para percibir formas de gordura diferentes para luego objetivarlas.
 

© Mark Rykoff  Corbis


Usted refiere algo similar en la
Historia de la violación...

Sí, sí, en efecto. Es un ejemplo que muestra hasta qué punto las palabras son importantes. No tiene que ver ni con la obesidad ni con la apariencia, pero sí con la historia del cuerpo. En el derecho antiguo no se menciona la palabra “violación” sino “rapto”. Rapto quiere decir retener a alguien y por lo general se consideró un delito. En la jurisdicción francesa había dos niveles de gravedad: por un lado se hacía referencia al rapto de seducción, que consistía en cautivar a una joven, apartarla de su hogar y convencerla de tener relaciones íntimas para forzar el matrimonio. O sea, consistía en sustraer a la mujer a sus autoridades legítimas: el padre o la familia. Por otro lado, estaba el rapto de violencia, que fundamentalmente era apropiarse de la mujer con malos tratos, aunque en los expedientes nunca se menciona la palabra “violación”. Esto sugiere un matiz importante; quiere decir que cuando uno utiliza la frase rapto de violencia se continúa en un universo donde la mujer depende de alguien, uno se la saca, se la quita a otra persona. En algunos textos de la época podemos leer que el rapto de seducción es todavía más grave que el rapto de violencia, porque en el primero uno transforma la mentalidad de alguien, mientras que en el segundo no. Es solo a partir de la Revolución Francesa que la palabra “violación” aparece en el código penal. Esto significa que si no se utiliza la palabra “rapto” es porque ya no se considera que uno le sustrae la mujer a alguien, sino que esa mujer toma sus decisiones y actúa como un individuo independiente. Lo anterior demuestra hasta qué punto el cambio de terminología es revelador de un cambio de representación, un cambio de la mirada sobre el cuerpo.

George Vigarello, en 2010 © Cortesía Éditions Du Seuil


Según su libro, la palabra “gordo” no era necesariamente estigmatizante en la Edad Media. ¿A partir de qué época se modifica esa noción?

Sobre la época medieval hay que subrayar dos cosas importantes: existía por lo menos una distinción entre gordo y muy gordo. Lo vemos muy bien cuando en las crónicas latinas utilizaban las palabras “pingue” (gordo) y “prépingue” (muy gordo). En el caso de la persona muy gorda, el término era en efecto negativo porque designaba a una especie de inválido. Por ejemplo, si se trataba de un hombre, éste encontraba gran dificultad para montar a caballo; si era una mujer, se pensaba en ella como alguien que había perdido su forma corporal. El gordo era alguien objeto de rechazo, venganza o crítica. Sin embargo, la palabra no era necesariamente peyorativa, contradicción aparente que se explica con facilidad por el contexto histórico. En el período central de la Edad Media, sobre todo entre los siglos XI y XII, había una dificultad real en gran parte de la población para acceder a los alimentos. Solo los privilegiados lograban alimentarse de acuerdo con sus necesidades. Esta élite procuraba destacar el grosor de sus carnes para demostrar su dominación y, de paso, valorizarse ante la gente. En las novelas medievales hay una admiración manifiesta hacia los caballeros capaces de comerse varios pollos o tomarse muchas botellas de vino en una sola sentada. Pero ésta es una característica de un período que yo calificaría como “del hambre” en la sociedad occidental. Es el único gran período en el que el gordo goza de una valoración explícita que tiene relación con un poder a la vez social y físico. Se suponía que el gordo era alguien necesariamente fuerte. Había una valorización de la apariencia.

Continuando con la Edad Media, usted escribe que en esa época el tejido adiposo se asimilaba a la acumulación de agua. ¿Cuál es la consecuencia social de pensar la grasa como una materia líquida?

Acá entramos en una consideración singular: ¿qué es la materia? Durante mucho tiempo, los autores decían que eran los humores –la sangre, la bilis negra, la bilis amarilla y la flema– los que otorgaban al cuerpo sus calidades. Había humores diferentes. El humor más noble era la sangre; de ahí que se hablara de una persona sanguínea. La sangre, un humor asociado al hombre, era aquel líquido rojo que permitía la fuerza y el líquido caliente que confirmaba esa fuerza. Y también estaban los líquidos que hacían referencia a la grasa, como la flema, asociados a las mujeres. Se pensaba que un líquido acuoso, frío –como la flema– y a la vez portador de materias relativamente opacas, densas, no podía tener una gran fluidez. La mística alemana del siglo XII, Hildegarda de Bingen, les predecía a los glotones más irascibles una “flema peligrosa y venenosa”. Atribuía a la grasa la responsabilidad de crear un cuerpo “lento y pesado”, “una lengua blanda”, “ojos densos y somnolientos”. La grasa se asociaba con la manteca, algo que se derrite con el calor. Los autores de la época daban como explicación de la obesidad la imagen del agua que se congela un poco, que pasa por el frío adquiriendo más densidad. Las consecuencias en la práctica fueron restringir a los gordos la absorción de agua y, al mismo tiempo, aconsejarles la evacuación de aquello que se consideraba agua. De ahí la práctica de recurrir a purgas, sangrados, aspiraciones, etc. Es una imagen material y mecánica de la obesidad, en la que se ignora por completo la química.

En todo caso, es importante aclarar que en esa época los textos médicos también hacían referencia a los beneficios de la grasa: modulaba los volúmenes corporales, evitaba el resecamiento de la piel, facilitaba la digestión, protegía del frío, etc. O sea, la grasa era considerada, al mismo tiempo, una materia necesaria y una materia corrupta. Era la “sangre no digerida”, según escribió el sacerdote franciscano y enciclopedista inglés del siglo XIII Bartholomeus Anglicus. Por eso mismo no se consideraba un alimento, sino que se asociaba a la flema, sin que la diferencia entre estas dos sustancias fuera netamente discriminada.

Usted destaca que muchas personalidades de la Ilustración supieron transformar en prestigio el llamado “vientre burgués”. Una valoración ambigua ya que estos personajes también eran considerados unos aprovechados. ¿Cómo interpretar esta aparente paradoja?

En efecto, negociantes, financistas o notables del Siglo de las Luces supieron dar un valor social a la prominencia de sus barrigas, aunque mantuvieran una exigencia de estricta delgadez para sus mujeres. Y, como usted dice, era una valoración ambigua, porque entre el vulgo se les consideraba unos viles explotadores. Lo mismo sucedió en la época de la Restauración y en el régimen que siguió, la Monarquía de Julio. El espesor del vientre era a la vez objeto de encomio y víctima de sátiras con las que se burlaban de la barriga en forma de pera que ostentaban las autoridades de la época.
 

Gargantúa y Pantagruel, grabado de Gustave Doré © Leonard De Selva • Corbis


Nada explica tanto la ambigüedad como La fisiología del gusto, el asombroso libro de Brillat-Savarin publicado en 1825. Allí dice que no hay que engordar porque se pierden las formas del cuerpo, recomienda cuidar el vientre y da algunos consejos para conseguirlo. Pero al mismo tiempo afirma: “Yo siempre he vigilado mi vientre y lo he mantenido en un estado majestuoso”. Eso quiere decir que tener una poderosa barriga no era para nada un defecto, sino algo deseable, algo que nos valorizaba ante los demás. Todo indicaría que en estos burgueses barrigones –como sir Walter Murph, personaje de la novela Los misterios de París, escrita en 1843 por el inglés Eugène Sue– hay una adiposidad vigilada, una presencia robusta, una gordura controlada que muestra a una persona combativa, batalladora. Es posible que de ahí provenga la clasificación de un vientre según diversos grados y categorías: una distinción de las tallas físicas, más exuberantes en los habitantes de la ciudad que en los del campo; o la mortalidad, mayor en la campiña que en los medios urbanos. Esta gordura aceptable convierte a quien la posee en un personaje importante y respetable. En el siglo XIX el vientre burgués es signo de autoridad.


Anthelme Brillat-Savarin, en un retrato del siglo XIX © Gianni Diagli • Corbis
 

Su libro distingue tres períodos en la historia de la gordura: la Edad Media, la Ilustración y el período contemporáneo. Entre los dos últimos, los paralelos son considerables: el surgimiento del individualismo, los tratamientos químicos, la exigencia de delgadez, los regímenes. ¿Usted cree que hay similitudes entre el siglo XVIII y nuestra época?

Es un poco más complicado. Por un lado tenemos la Edad Media con los humores y su manejo. También podemos distinguir el período que yo llamo clásico, entre los siglos XVI y XVII, cuando se comienza a dar importancia a lo que podría denominarse la mecánica. El funcionamiento del cuerpo se equipara a las máquinas de la época: las ruedas, el molino, la carreta. Por eso, en este período se recomienda el uso de aparatos mecánicos como el corsé, el cinturón de hierro o la lámina de acero que impedía el crecimiento excesivo de los senos para moldear el cuerpo. Y eso es relativamente nuevo respecto a la época medieval. La idea de obtener una reacción física, en el sentido mecánico del término, es una idea importante en el siglo XVII, aunque no hay un verdadero cambio en la representación de la obesidad. Se trata más bien de técnicas con un doble objetivo: limitar la gordura y fortalecer la creencia en una coacción mecánica. Se piensa que puede actuarse sobre el cuerpo, obligarlo y forzarlo a través de aparatos articulados, maquinales.

Cuando llegamos al período de la Ilustración es un poco diferente y puede efectivamente parecerse a nuestro mundo. Es una época que destaca la excitación, la reactividad corporal y, al mismo tiempo, se teme que la pesadez borre estas características. Se reordena la visión del cuerpo, se hace referencia a la fibra más que a los humores; a los nervios más que a los vapores. Se interroga sobre la originalidad de la vida que da un lugar nuevo a las tensiones, a las causas que podrían reblandecer las fibras. Lo que más se teme en este período es la pérdida de la facultad genésica y de la facultad reactiva. De ahí la observación del escritor francés Charles de Peyssonnel, cuando a finales del siglo XVIII evoca las pesadeces holandesas, estigmatizando “la humedad horrible de un país que ablanda las fibras; los quesos y los productos lácteos que multiplican las serosidades; el uso de la cerveza que ataca los nervios”. El gordo es, a la vez, aquel que carece de excitación y aquel cuya fragilidad de excitación aumenta con la gordura hasta conducirlo al letargo. El médico inglés George Cheyne confiesa, alrededor de 1730, tener la impresión de volverse “cada día más y más gordo” y manifiesta su temor a perder toda reactividad, al punto de ver su ser transformarse solo en “letargo y apatía”. Es el primero en trasladar el desmoronamiento de las fibras a un desmoronamiento íntimo.

Lo que difiere de nuestra época es la visión del músculo, que para nosotros tiene mucha importancia. Durante el siglo XVIII la estructura del cuerpo era vista de una manera mucho más tónica y mecánica, mientras que en la época actual lo decisivo es la información. Un cuerpo capaz de absorber y reaccionar a la información: saber qué podemos comer, qué no podemos comer, cómo nos ayuda el ejercicio, qué tantas calorías contienen los alimentos, etc.

En el siglo XVI Rubens magnifica, a través de sus pinturas, a los hombres y mujeres gordos. ¿Se pudiera decir que representa una época?

Para Rubens, la persona gorda es símbolo de sensualidad y generosidad. El elogio del cuerpo voluminoso es una forma de hacer referencia al mundo sensible. Rubens se interroga, investiga, juega con las descripciones. El gordo se encuentra en el centro de su búsqueda iconográfica. Ve en la persona obesa la imagen de una profusión extrema de la vida, una fascinación por la embriaguez, la libertad y el abandono. La originalidad de Rubens se encuentra en su gusto por la exuberancia de la carne y su minuciosa exploración anatómica. Pero se trata más bien de un gusto personal del pintor y no de una característica de la época. Rubens explora los cuerpos desbordantes, pero no olvidemos que llevó una higiene de vida estricta: no bebía, comía frugalmente y en el muro de su casa en Amberes grabó la frase romana “Mens sana in corpore sano”.

El llamado "vientre de burgués", en una caricatura de 1972 © Bettmann • Corbis
 

Usted señala que el siglo XVII es un momento clave en la historia de la obesidad pues en él aparece la idea de la eficacia. Se trata de una época casi inquisitorial para los gordos, pues se les hacía toda clase de recriminaciones.

Cuando se habla de obesidad hay por lo menos tres preguntas principales que circulan en el discurso: ¿de qué está hecho un gordo? ¿de qué son acusados los gordos?, ¿de qué están hechos los cuerpos bien hechos? A fines del medioevo se acentúan tres tipos de señalamientos. El gordo es aquel que se deja llevar por la pasión, aquel que no sabe controlar su comportamiento y cae en el pecado, sobre todo en el pecado de la gula (es la crítica religiosa). Hay un segundo tipo de acusación y es la supuesta pérdida de eficacia y bienestar corporal del gordo (es la crítica de los médicos). Le dicen: “Usted corre el riesgo de contraer diversas enfermedades”. Y hay una tercera crítica que es estética (proviene sobre todo de la corte, de la élite). El gordo sería alguien demasiado rústico para integrarse al mundo social. No es bien visto, no representa la belleza ni posee una presencia agradable.

Desde mi punto de vista, lo que inventa el siglo XVII es una crítica que está un poco presente entre los médicos actuales: el gordo es aquel que no logra inscribirse en el universo de la eficiencia. Es aquel que se cae del caballo, que no puede moverse con velocidad. En el siglo XVII era común oír: “No contrate gordos porque no podrán participar en la construcción de una fortaleza”. Y esto es absolutamente nuevo. Se podría pensar que es una acusación ligada al trabajo físico, pero no, la idea es que la persona gorda retarda, le cuesta adaptarse, no tiene los reflejos para responder con rapidez. En el libro Le martyre de l’obese, escrito en 1922, Henri Beraud muestra las desventuras de su personaje para obtener un empleo en el mundo de los seguros. Visita a un administrador y éste le dice: “Adelgace y vuelva más tarde. No necesitamos vagos”.

La bacanal de los andrios, cuadro de Rubens, 1638 © Geroge Tatge Alinari Archives • Corbis


Según su libro, en el siglo XIX, mientras que la gente se parece cada vez más –en el aspecto, en la indumentaria–, la persona obesa se vuelve cada vez más monstruosa. Me gustaría que desarrollara ese punto…

Creo que es una idea importante. La normas sobre el deber ser en la sociedad occidental se generalizan cuando entramos en la sociedad democrática, en la sociedad de masas. Se difunde una norma a gran escala que no se refiere a un grupo social específico, tal como podía suceder durante el Antiguo Régimen. El objetivo es que la norma, la ley, pueda difundirse y aplicarse de manera contundente, concreta, inmediata y convincente sobre la mayor cantidad de gente posible. Como consecuencia hay una mayor necesidad de definir los límites. De ahí, sobre todo, la fascinación con la monstruosidad en la segunda mitad del siglo XIX. Vemos que la autoridad colectiva legisla sobre esta imagen de monstruosidad y, al mismo tiempo, una parte importante de la población se encuentra atraída por esta monstruosidad que es la representación contraria de lo que la población debe ser. De ahí la popularidad, en el siglo XIX, de las ferias y los circos.

Los gordos, lógicamente, empezaron a ser vistos como una suerte de monstruos. Hay ejemplos decimonónicos como el de miss Conley, a quien paseaban en un circo. Esa mujer pesaba casi 300 kilos y le era imposible desplazarse o darse vuelta en la cama sin ayuda; también está el restaurador parisino que atraía a los curiosos de Notre-Dame porque permanecía sentado sobre tres sillas ante un bar específicamente acondicionado para su corpulencia; o el caso de una joven que pesaba 280 kilos, muerta en Plaisance en 1890, y que había aceptado formar parte de una feria en la que finalmente no pudo participar porque fue imposible sacarla de su cuarto, a pesar de la ayuda de ocho hombres dispuestos a lograrlo.

Otro de los puntos de inflexión en el siglo XIX respecto a la gordura es el descubrimiento hecho por Antoine Lavoisier, padre de la química moderna, de los procesos de oxidación. ¿Qué es lo que se modifica en la percepción de los gordos con el análisis científico?

La ciencia va a permitir hacer una diferencia entre grasa, cuerpo y músculo. En 1840, el químico alemán Justus von Liebig, gracias al descubrimiento de Lavoisier, clasifica los alimentos en dos categorías: los “alimentos plásticos”, nitrogenados, que permiten la renovación de los órganos, como la carne animal; y los “alimentos respiratorios”, no nitrogenados, utilizados en los procesos de respiración, como la grasa, el almidón, el vino. La grasa se transforma en una fórmula química. Es considerada como un elemento de combustión del cuerpo que le permite generar energía. Así es como se descubre el concepto de caloría. De ahí surge una ambivalencia: la grasa se vuelve, al mismo tiempo, un elemento que permite avanzar pero al que se debe retener. Esto va a modificar notablemente la alimentación. Durante mucho tiempo reinó la idea de que lo acumulado en el cuerpo ayudaba a luchar contra las enfermedades. Pero esto se modifica, y la atención se centra en los alimentos cuyas calorías se queman más rápido que las de otros. Se pasa de hablar de salado y dulce a hacer referencia al carbono, al hidrógeno, al nitrógeno. Esto reorienta el régimen de la persona obesa, condenando al abandono alimentos largo tiempo considerados banales, como el pan, los azúcares y los feculantes.

Debe enfatizarse, en todo caso, que estos conocimientos químicos pertenecen, a mediados del siglo XIX, a círculos culturales muy restringidos. Todo cambia a finales del siglo con la difusión de la balanza, la observación íntima del propio cuerpo desnudo reflejado en el espejo y la presencia del ocio y las distracciones públicas como la exhibición del cuerpo en la playa. La indumentaria más ligera hace que el cuerpo se encuentre más expuesto. Las miradas se liberan y resaltan los defectos. Encontramos muchos ejemplos en la prensa de la época. El diario satírico Le Charivari dice de un personaje que “sus grasas relucientes se exponen al sol sin tener conciencia del rechazo del otro”. En la revista La Vie Parisienne escriben que “la señorita X, que era la reina del baile cuando se paseaba en los salones, no es para nada bella en la playa”. Los cuerpos exhibidos, vituperados, se convierten en causa de burlas. Razón por la cual la presión por afinar la silueta se vuelve más persistente.
 

Postal promocional de un circo, 1920 © Swim Ink • Corbis


¿Cuándo comienza la relación entre el peso y la talla?

En un principio no se habla del peso, sino de las circunferencias, de los volúmenes, del contorno ligado a la mirada. Los tratados sobre la obesidad se popularizan a comienzos del siglo XIX, pero siempre están centrados en los casos excepcionales.

Considerando el conjunto, puedo decir que en la sociedad occidental vemos aumentar poco a poco la tiranía de las tallas. Ese patrón comienza a ser manipulado a comienzos del siglo XVIII y se impone antes de finalizar el XIX, de una manera compleja que consiste en ligar el peso con la talla y mostrar que este entrecruzamiento puede ser presentado en forma de curva y que hay excesos no recomendables. Auguste Quetelet es el primero, en 1832, en fabricar grillas y cuadros estadísticos. Por ejemplo, a finales del siglo XIX si usted medía 1.60 debía pesar 60 kilos; ahora son 50. Pero no hay que leer aquellas cifras con las referencias actuales: ninguna de ellas fue establecida para orientar una estrategia individual de adelgazamiento. Eran cifras que servían para conocer el peso de una persona con el fin de que se adaptara mejor a su trabajo, o para conocer el peso según la edad y el sexo y así ayudar a la medicina legal a identificar los cadáveres. A partir del siglo XIX hay un cambio importante que no proviene solo de la atención a las cifras, sino de una exigencia social. Desaparecida la sociedad de castas, las apariencias se multiplican.

La niña más gorda del mundo en 1920: 16 años, 412 libras © Poodles Rock • Corbis


La exigencia respecto a la apariencia física recae sobre todo en la mujer y usted dice que en 1920 ésta comienza a exhibirse, se muestra en la playa, etc. ¿Cómo se entiende este comienzo de liberación de la mujer y, al mismo tiempo, la presión para permanecer delgada?

Hay dos formas de delgadez (tema que por otra parte merecería un libro). Una tradicional, que existe desde tiempos ancestrales, que simboliza a la mujer en su aspecto vulnerable, frágil e incluso en el aspecto agradable que debe dar, porque la mujer es el “decorado de la vida”. En las cortes renacentistas –por ejemplo, en la de Catalina de Médicis–, la mujer magnifica el espacio, las danzas, engalana las prácticas cortesanas. A esto se agrega una exigencia de gracia, de ahí el talle ajustado, el corsé, la necesidad de un ajuste generalizado del cuerpo. Ésta sería la delgadez que yo calificaría de tradicional.

Por otro lado, está la delgadez contemporánea que es aquella de la mujer inscrita en el espacio social en los mismos términos que el hombre. Ya no hay diferencia de sexo en el espacio laboral, a pesar de la persistencia de pensamientos retrógrados. Esto se impone a partir del siglo XX, con la aparición de la mujer en el espacio público, y a medida que ésta se vuelve más activa su morfología se asemeja a la masculina. A mediados del siglo XIX había un 20% de mujeres en las oficinas, mientras que en 1930 ya representan el 50%. A partir de entonces el cuerpo de las mujeres no es solo el cuerpo frágil, grácil, vulnerable. Es también el cuerpo de la actividad, el cuerpo del deporte. Es el momento de la aparición de la delgadez tónica que reemplaza la delgadez frágil. Ya no es solo la belleza lo que caracteriza a la mujer, sino la fuerza, la resistencia.

¿Cuál ha sido, según su opinión, la peor época para la gente obesa, la de mayor sufrimiento?

La coacción sobre el físico siempre ha existido. Bajo el reinado de Luis XIV el corsé mantenía tiesa a la mujer y la privaba de montar a caballo o le impedía sentarse. La novedad es que en nuestras sociedades actuales esas dificultades se desplazaron directamente al cuerpo, en lugar de utilizar ropa para disimular los excesos. Aclarado esto, creo que la época más espinosa para el obeso es la actual porque estamos en un período en que la exigencia estética, el mandato de tener una apariencia agradable y atractiva, es implacable. Nunca antes el individuo estuvo tan identificado con su cuerpo como sucede hoy en día. En nuestra época la apariencia expresa lo que uno es. En las sociedades individualistas uno es cada vez más el representante de sí mismo y no el representante de un grupo social o de un oficio. En el siglo XIX uno reconocía los oficios en la calle, la gente que paseaba llevaba consigo de alguna manera la representación de su oficio. Hoy esto resulta inimaginable. Cuando uno viaja en el metro debe tener una mirada extremadamente sagaz para adivinar el oficio de cada uno de los pasajeros. En la actualidad nuestro cuerpo representa lo que uno es en sentido singular y también en un sentido muy profundo: la personalidad, la individualidad, el carácter. A partir de esto, todo lo que aparece como sorprendente, repulsivo, en ruptura con la norma, se vuelve criticable y crea, en aquel que se siente al margen, el sentimiento de que su identidad es destruida. Los gordos, por consiguiente, sufren como nunca antes en la historia.

Usted es un historiador del cuerpo que se interroga sobre la relación entre éste y la historia cultural. ¿Se puede afirmar que uno tiene el cuerpo de su época?

Sí, hay una relación muy estrecha en la manera de sentir el cuerpo y el modo en que éste es puesto en escena. Si hablamos de hoy en día, existen características extremadamente precisas. La primera es tener un cuerpo delgado y esbelto, un aspecto de tonicidad tanto en el hombre como en la mujer, aunque más acentuado en el hombre. La segunda característica es tener un cuerpo reactivo, susceptible de adaptarse rápidamente a los cambios; un cuerpo móvil, eficaz, que percibe bien su entorno y permanece alerta. Por supuesto, cualquier observador espontáneo advertirá que hay una suerte de contradicción entre ser cool y al mismo tiempo ser sensible al entorno. El tercer criterio es dar la impresión de que uno expresa su personalidad a través del cuerpo. Éste debe traducir lo que uno es, revelar lo más auténtico que existe en nosotros.

A mí me gusta utilizar el término “funcionamiento”. Con él quiero expresar que el cuerpo debe responder a un funcionamiento ligado a la época y creo que el verdaderamente dominante hoy en día es aquel que yo llamaría “funcionamiento informativo”, es decir, el cuerpo debe poder administrar el máximo de información y, simultáneamente, ser capaz de responder a esas informaciones. Es el cuerpo globalizado.


El corsé, usado para tallar el cuerpo desde el siglo XVI © Corbis 


Según señala usted, hay un fenómeno totalmente inédito y es el nivel de epidemia que alcanza la obesidad. Simultáneamente, el obeso se pregunta “cómo vivir una identidad destruida al mismo tiempo que constata la imposibilidad de superarla”. ¿Por qué las personas gordas se imponen sufrimientos que las llevan al fracaso o les impiden disfrutar de la comida, como en el caso de la implantación de un anillo gástrico?

Cuando domina el ascetismo, el placer no está muy presente. Es lo que se produjo en la sociedad occidental desde el Renacimiento. Por el contrario, en la actualidad vemos una suerte de acentuación del hedonismo. A la gente le parece bien procurarse placer. En una sociedad donde la satisfacción personal tiene un gran rol, es legítimo imponerse sufrimientos, dolores tan grandes como el de quien se hace colocar un anillo gástrico. Hay dos respuestas: existe una suerte de “bolsa de placeres”; dentro de esa bolsa hay elecciones y algunos eligen la apariencia agradable porque les procura más placer que el hecho de alimentarse. Hay una segunda respuesta y es que a nuestra sociedad le cuesta abandonar el principio del placer. Como consecuencia, hay cada vez más regímenes centrados en el fenómeno de la restricción y que, simultáneamente, proponen en esa restricción la posibilidad de obtener una satisfacción. La publicidad lo demuestra sin ambages. La sociedad occidental estimula el hedonismo e insisto en que ello comienza con el Renacimiento, un período en que se le da lugar al placer, con una toma de conciencia de la fragilidad de la vida.

Todas las pinturas sobre la vanidad muestran que en el fondo la vida no dura demasiado, y con la vanidad se muestra el lado precioso, frágil, lo cual implica que uno se sujete a ella. Pienso en las pinturas de Botticelli y Miguel Ángel. Creo que el hedonismo nunca ha tenido un consenso tan grande como en la sociedad de consumo. Una especie de placer llevado hasta la magnificencia.

La playa, vitrina forzosa del cuerpo en el siglo XX © Dazo Vintage Stock Photos • Corbis
 

La delgadez está ligada a la salud. ¿Siempre fue así?

Sí y no. Recuerde que antes la palabra “delgadez” no se definía de la misma manera que hoy. Lo que se critica en los antiguos tratados de medicina es la flacura, que era la pérdida de sustancia, la aparición de los huesos. Un estado que daba miedo, de allí que estuviera ligado a enfermedades como la tisis, que eran sinónimos de muerte. Sin embargo, ya en un relato popular del siglo XIII como Aucassin et Nicolette se describe a la heroína como alguien de talle muy estrecho. La mujer debía tener una cintura angosta y se consideraba la frugalidad como una virtud, contrariamente a la avidez y los excesos de la persona obesa.

Usted hace hincapié en que no todo el mundo puede adelgazar. Esto debería conducir a una mayor tolerancia social de la obesidad y a una mayor piedad en la consideración del propio cuerpo. ¿Cree que es posible?

El obeso sufre el martirio de no poder reducir la distancia entre lo que es y lo que quisiera ser. Este martirio se multiplica frente a la inutilidad de regímenes adelgazantes que lo reducen a la culpabilidad. A principios del siglo XX aparece un hecho nuevo: la expresión del sufrimiento a partir del testimonio personal, el análisis íntimo. Así es como la cultura de la obesidad se transforma en una cultura del fracaso y del dolor. La mayor importancia que tiene el individuo en la sociedad favorece el lugar acordado para la víctima. La nueva cultura de la obesidad hace pasar de la acusación al testimonio, de la estigmatización a la victimización.

Por otra parte, hay una novedad que ha cambiado por completo el paisaje: el descubrimiento de los genes. Los primeros trabajos se realizan en los años sesenta y confirman los límites de la lucha contra la obesidad al mismo tiempo que multiplican su complejidad. La combinación de ambas circunstancias tal vez pueda permitir –o al menos ése es mi deseo– la aceptación del propio cuerpo.
 

La balanza y el espejo renovaron la idea de "apariencia" ©  Dazo Vintage Stock Photos • Corbis

 

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Renée Kantor

Radicada en Francia, trabaja como periodista independiente. Ha escrito para las revistas Etiqueta Negra y Página 1/2

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