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El doble del amor

Poco antes de morir, nuestro colaborador y amigo Jaime Alberto Vélez nos envió estos relatos de su libro inédito El doble del amor. Vayan aquí como un primer homenaje a su memoria.

Llanto de hombre

Juan llevaba nueve años de casado cuando la conoció. Tal vez si no hubiera andado por entonces un poco cansado con sus deberes conyugales, no se habría fijado en esa muchacha despreocupada, quince años menor que él. María reía todo el tiempo detrás del escritorio desde donde despachaba como promotora de ventas de una agencia inmobiliaria. Una tarde, Juan se acercó con el pretexto de indagar por una casa campestre que, por supuesto, no se proponía comprar, y oyó la voz susurrante de ella a un paso de distancia, y vio los pequeños senos erectos bajo la franela rosada, y entonces perdió por completo el aliento. Juan se retiró del lugar sin terminar de oír la exposición de ella, agobiado por un dolor imprecisable en algún lugar del alma. Al otro día, y al siguiente, regresó embelesado con la risa de ella y dispuesto a perder el sentido con la cercanía de su piel. Varios días después, María dejó de llamarlo doctor y aceptó que él la llevara en su automóvil a cumplir con algunos de sus deberes profesionales, y un día, ante la incredulidad de Juan, aceptó qe la besara en los labios. Al reponerse de la emoción, él aseguró que había regresado de repente a la adolescencia, tomó las manos de ella entre las suyas y recitó algunos versos truncos que aún sobreaguaban en el piélago de su memoria: “... Amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada”, musitó a su oído. Días después, ella le explicó que lo aceptaba a su lado por el momento con la condición de que no rompiera con su esposa, ni se refiriera a sus hijos. En opinión de María, aquellos encuentros alocados se justificaban mientras pudieran reírse con despreocupación como un par de adolescentes, sin ocasionar daño a nadie. Con el fin de situar a Juan en la realidad, le hablaba a veces de sus planes futuros y de cómo, al igual que ya lo había realizado él, pensaba casarse algún día y ver crecer a sus propios hijos.

Juan no sólo aprendió a sobrellevar aquella doble vida, sino que, un poco atribulado, aceptó que María lo tomara como un simple sucedáneo. En realidad, él habría aceptado cualquier cosa con tal de permanecer al lado de ella. En secreto maldijo los quince años de diferencia que mediaban entre los dos y comenzó a trotar tres veces por semana con la intención de mantener esa imagen de homb...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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