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Fotografía

Francotirador

Disparos sobre el fotógrafo Fernell Franco

Haber crecido en la casa que después sería el estudio de un fotógrafo y haber sido retratado por él desde la infancia ofrece un punto de vista bien particular. El autor de este perfil retrata muy de cerca a uno de los principales fotógrafos caleños.

Autoretrato, circa 1985

 

Son muy confusos los recuerdos que guardo de Fernell Franco. Y todos ellos bailan con el misterio. No sé cuándo lo conocí, o mejor, cuándo quiso mi madre que lo conociera, pues su nombre siempre estuvo allí, rondando mi vida, desde mi plateada infancia de los años sesenta en Cali, la ciudad en la que abrí los ojos, hasta el diciembre de 2005, un mes antes de su muerte, cuando fui a visitarlo por última vez. Debo comenzar por el fin, como en la frase con la que jugueteábamos con Luis Ospina. Y el fin de Fernell tiene que ver con la que fue mi casa, en el barrio Centenario, el barrio metafísico del norte de la capital del Valle del Cauca, donde viví hasta los veintiocho abriles y que, unos años después, sería la casa y el estudio de Franco hasta su muerte. Esa casa que el fotógrafo y Martha Izquierdo, su esposa, convertirían en un laberinto harto diferente al de mi memoria, esa casa de dos plantas y fantasmas inventados que luego sería último testimonio de una zona de la ciudad incendiada por los edificios y las utopías de la destrucción.

En esa casa, Fernell nos fotografió a mí y a mi hermana, por primera vez, a finales de los años sesenta. Mi madre era asistente del coreógrafo italiano Giovanni Brinatti, en la escuela del ballet de Bellas Artes de Cali. Vivíamos a escasas cuatro cuadras del edificio sagrado que fundase el patriarca Antonio María Valencia. Allí, en Bellas Artes, convivían, en armonioso maridaje, el Conservatorio de Música con la Escuela de Artes Plásticas, el TEC (conocido entonces como el Teatro Escuela de Cali) y los danzantes que mi madre ayudaba a formar. Tengo recuerdos confusos, en blanco y negro, de programas de mano en los que audaces imágenes en claroscuro daban cuenta de las actividades culturales que se desarrollaban en el templo de Valencia y, por extensión, en el Teatro Municipal del centro. No muy lejos, estaban las instalaciones del colegio San Juan Berchmans de los jesuitas, donde, poco después, adelantaría mis estudios de bachillerato.

Yo no veía la hora de volverme grande. Quería mantenerme, con una emoción sin prisas, atravesando la inmensa Avenida Segunda Norte, por donde no pasaba ni un carro, se oían las chicharras y olía a&uacut...

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Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó 'El miedo a la oscuridad'.

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