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Breviario

Romain Gary y la dura vida literaria

La dura  vida de Romain Gary, único autor dos veces ganador del Premio Goncourt; su éxito, el posterior rechazo por parte de la intelectualidad francesa y el misterio detrás de su segundo pseudónimo, Émile Ajar. 

Romain Gray en una calle de París, en 1978

 

La literatura francesa asimila bien al autor extranjero. En el siglo XX escritores como Beckett, Ionesco y Kundera han escrito gran parte de su obra en francés, aunque no se habla de alguien que obtuviera el nivel de excelencia que consiguió con el inglés el polaco Józef Konrad Korzeniowski, conocido luego como Joseph Conrad.

Entre los extranjeros que adoptaron la lengua francesa el caso de Romain Gary destaca por varias razones. Amigo de Camus, Malraux y Teilhard de Chardin, casado con Jean Seberg –actriz de los filmes de Godard y musa de la nouvelle vague–, aviador, jugador de póquer, protagonista de la bohemia chic parisina, Gary, ruso de origen judío y cuyo nombre verdadero era Roman Kacew, fue un autor de enorme éxito y con ventas millonarias. Su novela Las raíces del cielo (libro “raro, simbólico y denso”, según André Maurois; “primera novela ecologista del mundo”, según otros) mereció en 1956 el Premio Goncourt, el galardón literario más importante de Francia.

Pero no todo en la vida de este autor sería un lecho de rosas. Un mal día, a causa del gaullismo manifiesto de Gary, la intelectualidad gala, dominada entonces por la izquierda, le bajó el dedo. Y algunos críticos literarios de renombre, vinculados al nouveau roman, comenzaron a encontrarle defectos. Lo calificaron de démodé, y lo tildaron de ser un remedo pálido de Graham Greene. Entonces Gary, un certero bromista, decidió burlarse de sus críticos y, tras dejar de publicar con su nombre, ejecutó una de las venganzas más extraordinarias y novelescas que puedan concebirse.

“Estaba harto de la imagen de Romain Gary que me habían colgado a la espalda... y sobre todo añoraba la juventud, el comienzo, el primer libro”, explicó Gary en un texto que él pidió que se publicara después de su muerte. Así que se reinventó, como ya lo había hecho al llamarse Gary, su primera apuesta. (Se quitó el apellido ruso por consejo de su madre: “En París un nombre ruso solo sirve para ser bailarín. Si aspiras a la gloria de las letras, necesitas un nombre francés”.) Y esa vez, para su nueva metamorf...

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