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El Malpensante

Ensayo

Del correr y escribir

Traducciíon de Ángel Unfried

A través de las calles y a lo largo de las páginas, el ritmo de la novelista neoyorquina es demoledor. En este ensayo, la autora vuelve sobre sus pasos buscando la semilla común de dos actividades curiosamente gemelares.

Ilustración de Manifiesto 79

 

¡Correr! Si existe alguna actividad más feliz, más estimulante, más nutritiva para la imaginación, no tengo idea cuál podría ser. Al correr, la mente vuela con el cuerpo; la misteriosa florescencia del lenguaje parece latir en el cerebro al ritmo de nuestros pies y el balanceo de nuestros brazos. Idealmente, al correr, el escritor atraviesa las ciudades y paisajes de su ficción, como un fantasma en una locación real.

Debe haber algo similar entre correr y soñar. Durante el sueño, la mente suele ser independiente del cuerpo, tiene peculiares poderes de locomoción y, al menos en mi experiencia, con frecuencia corre, se desliza o “vuela” a ras de tierra o en el aire. (Dejando de lado la simple teoría de que los sueños son puramente compensatorios: vuelas mientras sueñas porque te arrastras por la vida mientras estás despierto; te levantas sobre los otros mientras duermes porque en la vida real otros se levantan sobre ti.)

Posiblemente estas proezas de locomoción fantástica son remanentes atávicos, el recuerdo alucinado de un ancestro lejano para quien el ser físico, cargado de adrenalina ante situaciones de emergencia, era imposible de distinguir del ser espiritual o del intelectual. Al correr, el “espíritu” parece inundar el cuerpo. Del mismo modo que los músicos experimentan el fenómeno sobrenatural de una especie de tejido de memoria en las yemas de sus dedos, el corredor parece experimentar en los pies, los pulmones y el latido acelerado del corazón una extensión del yo imaginado.

Los problemas estructurales que se me presentan mientras escribo, en una larga, embrollada, frustrante y a veces desesperante mañana de trabajo, usualmente los logro desenredar corriendo por la tarde.

Durante los días en que no puedo correr, no me siento “yo misma”, y quien quiera que “yo” me sienta en esas ocasiones, me gusta mucho menos que la otra. Entonces la escritura permanece enmarañada en interminables revisiones.

Los escritores y poetas son reconocidos por amar el estar en movimiento. Si no corriendo, escalando; si no escalando, caminando. (Como todos los corredores saben, caminar, aunque sea muy rápido, es un pobre sucedáneo del correr, a lo que nos limitaremos cuando ya no contemos con nuestras rodillas. Pero al menos es una opción.)

Los poetas románticos ingleses estaban claramente inspirados por sus largas caminatas en todos los climas: Wordsworth y Coleridge en el idílico Lake District; Shelley (“Siempre marcho hasta donde me detengan y nunca me detienen”) en sus cuatro intensos años en Italia. Los trascendentalistas de Nueva Inglaterra, entre ellos el más famoso, Henry David Thoreau, eran caminantes incesantes; Thoreau alardeaba de haber “viajado mucho en Concord”, y en su elocuente ensayo Caminar reconocía que necesitaba pasar al menos cuatro horas diarias al aire libre y en movimiento; si no lo hacía sentía “como si tuviera un pecado que expiar”.

Mi prosa favorita sobre el tema es Night Walks de Charles Dickens, ensayo que escribió años después de haber sufrido un insomnio extremo que lo lanzaba a las calles de Londres cada noche. Escrito con la habitual genialidad de Dickens, este evocador ensayo parece sugerir más de lo que las palabras revelan. Asocia su terrible imposibilidad de descansar por las noches con lo que llama “deshogarización”: una compulsión a caminar y caminar y caminar en la oscuridad y bajo la murmurante lluvia. (Nadie ha capturado lo idílico de la desolación, el éxtasis de la proximidad de la locura, con más fuerza que Dickens, tan frecuentemente malinterpretado como un creador de relatos populares, dulzones.)

A nadie le sorprende que Walt Whitman haya vagabundeado a través de enormes distancias: puedes sentir los latidos del caminante en la respiración contenida de sus poemas. Pero quizá resulta sorprendente descubrir que Henry James, cuyo estilo de prosa semeja más la densidad intrincada del croché que la fluidez del movimiento, también amara caminar kilómetros enteros en Londres.

También yo caminé (y corrí) muchos kilómetros en Londres años atrás. Gran parte de estos recorridos los hice en Hyde Park, a pesar del clima. Vivía un año sabático con mi esposo, un profesor de inglés, en una esquina de Mayfair desde donde se veía el Rincón del Orador. Estaba tan afligida por la añoranza de encontrarme en Estados Unidos, en Detroit, que corrí compulsivamente; no como un respiro de la intensidad que implica escribir, sino como una función de la escritura misma.

Mientras corría, era como si estuviera en Detroit: visualizaba los parques, las calles, las avenidas, los corredores de la ciudad, con tal claridad eidética que solo tenía que transcribir las imágenes al momento de regresar al apartamento. Desde Londres logré recrear a Detroit en mi novela Do With Me What You Will tan fielmente como la había retratado en Ellos, escrita mientras vivía en esa ciudad.

¡Qué curiosa experiencia! Si no hubiera pasado esas sesiones corriendo no habría podido escribir la novela. Además, pienso, ¡qué perverso! Estar viviendo en una de las ciudades más bellas del mundo, Londres, y pasársela soñando con una de las ciudades más problemáticas del mundo, Detroit. Pero, por supuesto: los escritores están locos. Cada uno de nosotros –eso nos gusta creer–, a nuestra única e inimitable manera.

Tanto correr como escribir son actividades fuertemente adictivas. Las dos están, para mí, ligadas a la conciencia. No puedo recordar un momento antes de haber corrido, ni puedo recordar un momento antes de que escribiera.

(Antes de que supiera escribir lo que podrían llamarse “palabras humanas en lengua inglesa”, garabateaba deses-peradamente imitaciones de la escritura de los adultos. Mis primeras “novelas” –las cuales temo que mis padres aún conservan en algún cajón o una camioneta vieja o una granja en Millersport– eran blocs de inspirados garabatos ilustrados con pollitos, caballos y gatos. Aún no había dominado la figura humana, quizá porque todavía me faltaban muchos años para dominar la psicología humana.)

Mis primeros recuerdos en exteriores tienen que ver con la soledad de escalar y correr en nuestros huertos de peras y manzanas, a través de sembrados de maíz que se agitaban sobre mi cabeza y a lo largo de surcos, sobre las estribaciones del arroyo Tonawanda. Durante mi niñez escalaba, vagabundeaba, exploraba incansablemente el campo: las granjas vecinas, un tesoro oculto en un viejo granero, casas abandonadas y propiedades prohibidas de todo tipo, algunas peligrosas, como cisternas y pozos cubiertos con tablas viejas.

Estas actividades están íntimamente asociadas con la narrativa, pues siempre hay un yo-fantasma, un yo “ficticio”, en esos lugares. Por esta razón creo que cualquier forma de arte es una especie de exploración y transgresión. (Nunca vi una señal de “No pase” que no incitara mi sangre rebelde. Esas señales, cuidadosamente puestas en árboles y cercas, bien podrían decir: “¡Ven, entra!”.)

Escribir es invadir el espacio de otro, aunque solo sea para conmemorarlo. Escribir es abrirte a una rabiosa censura por parte de aquellos que no escriben, o que no escriben del mismo modo que tú, para quienes puedes representar una amenaza. El arte, por naturaleza, es un acto transgresor y el artista debe aceptar ser castigado por eso. Mientras más original y revolucionario sea un artista, más devastador es su castigo.

Si la escritura involucra castigo, al menos para algunos de nosotros, el acto de correr, incluso en la adultez, puede evocar dolorosos recuerdos de haber estado mucho tiempo atrás, en la infancia, acechado por tormentos. (¿Acaso algún adulto no ha sufrido estos recuerdos? ¿Existe alguna mujer adulta que no haya sido sexualmente acosada o abusada de un modo u otro?) ¡Esa adrenalina se descarga como una inyección al corazón!

Estudié en una escuelita rural de un solo salón en el que ocho grados dispares recibían clases en simultánea con la misma profesora solitaria y sobrecargada de trabajo. La burla, los golpes, las humillaciones, las patadas y el abuso verbal alrededor del supuesto santuario que era la escuelita simplemente tenían que ser soportados, pues en esa época no existían leyes contra esas formas de maltrato. Era un tiempo de laissez-faire en el que un hombre podía agarrar a golpes a plena luz del día a su mujer y a sus hijos, y la policía no intervendría, excepto en casos de lesiones graves o muerte.

Cuando corro a través de los paisajes más idílicos, recuerdo las carreras en medio del pánico durante mi infancia décadas atrás. Yo era una de las niñas desafortunadas que no tenían hermanos o hermanas mayores que las defendieran de la crueldad sistemática de los compañeros de clase. No creo que estuvieran en mi contra (porque mis notas eran altas, por ejemplo); comprendí años más tarde que ese abuso es genérico, no personal. Es parte de la especie, nos permite penetrar en la experiencia de los otros, entender cómo son realmente el pánico, el aprisionamiento, el sufrimiento y la desesperación. El abuso sexual nos parece la forma más repugnante de abuso infantil, y es de hecho la forma de abuso que conduce a una amnesia paliativa.

Más allá de las palabras impresas en mis libros, están los lugares en los que fueron imaginados y sin los que no existirían. Por ejemplo, una vez en 1985, corriendo junto al río Delaware, levanté la vista y encontré las ruinas de un puente ferroviario; entonces experimenté en un instante un recuerdo tan vívido y visceral de una vez que crucé un puente peatonal junto a una vía férrea similar sobre el canal Erie en Lockport, Nueva York, cuando tenía doce o catorce años, que vi la posibilidad de escribir una novela. De este momento surgiría You Must Remember This, situada en una mítica Nueva York, muy parecida a la original.

A veces ocurre el proceso contrario: me encuentro corriendo en un lugar que me resulta tan intrigante, entre casas o detrás de las casas, tan misterioso, que me siento tentada a escribir sobre estos parajes, traerlos a la vida (como dicen) en una ficción. Soy una escritora absolutamente cautivada por los lugares; buena parte de mi escritura es una forma de mitigar mi nostalgia, y los lugares en los que habitan mis personajes son tan cruciales para mí como los personajes mismos. No puedo escribir ni siquiera una muy corta historia sin estar viendo “vívidamente” lo que mis personajes ven.

Las historias llegan a nosotros como espectros que requieren posesionarse de un cuerpo a su medida. Correr parece permitirme, idealmente, una conciencia expandida en la que puedo visualizar lo que estoy escribiendo, como en una película o un sueño. Rara vez creo frente a la máquina de escribir; lo que hago es evocar aquello que he experimentado previamente. No uso computador, sino que escribo a mano, en una extensión considerable. (De nuevo: los escritores están locos.)
Para el momento en el que decido transcribir en la máquina formalmente, ya lo he imaginado y visto repetidas veces. Nunca he pensado en la escritura como la simple distribución de palabras en una página, sino como un esfuerzo para darle cuerpo a una visión: un complejo de emociones, una cruda experiencia.

La intención del arte memorable es evocar en el lector y el espectador las emociones apropiadas para esa intención. Correr es una forma de meditación; en sentido más práctico me permite recorrer, en mi mente, las páginas que he escrito, considerando los errores y avances.
Mi método es de revisión continua. Mientras escribo una novela larga, cada día repaso las primeras secciones por reescribir, para mantener la consistencia, la fluidez de la voz. Cuando escribo los dos o tres capítulos finales de una novela, lo hago en simultánea con la reescritura de la apertura; de modo que, idealmente al menos, la novela es como un río que fluye de manera uniforme, cada tramo en confluencia con todos los demás.

Mi novela más reciente tiene 1.200 páginas manuscritas, lo que significa aún más páginas mecanografiadas y quién sabe cuántos kilómetros recorridos, ¡prefiero no intentar adivinar!
Los sueños pueden ser viajes pasajeros a la locura que, por alguna ley neurofisiológica misteriosa para nosotros, nos mantienen protegidos de la locura real. Así mismo, las actividades gemelas de correr y escribir mantienen al escritor razonablemente sano y con la esperanza, también ilusoria y temporal, de tener el control.

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