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A mitad de camino

Veinticinco piezas de cien palabras

Un preciso ejercicio literario en el que convergen pequeñas ficciones, tiranos históricos, orgías, pataletas, libros imaginarios y discos perfectos.

Ilustración de Richard Downs

 

Hombre al agua (o de qué va este rollo)

Alguna vez leí que Alan Jules Weberman había estado hurgando en el tarro de basura del compositor y cantante norteamericano Robert Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan, en busca de alguna pista que explicara su genio. Bueno, eran otros tiempos. Ya nadie busca nada en ninguna parte, tal vez porque todo se ha convertido en basura, todo es desechable, hasta lo eterno es efímero.

He escrito estas prosas de cien palabras cada una (compruébenlo, escépticos) como un mero ejercicio de quien pasa algunas noches de su vida preguntándose a qué horas se vino todo abajo. Los textos que siguen están a mitad de camino entre la instantánea, el sueño, la escena, el bosquejo, la epifanía, el rumor, la confesión, el gracejo, la estupidez, el vómito, la caspa narrativa. “A mitad de camino” quiere decir “en ninguna parte”; tal vez allí estas líneas se sientan a gusto.

No busquen aquí nada distinto a lo que hay: literasura, sordos sonidos golpeando algún oído clausurado, escatología, comida servida en platos desechables, mi santoral, zapping a las tres de la mañana, nombres propios que ahora nadie significan, asaltos, palimpsestos, memorabilia, plagios, botellas vacías y otras a medio llenar, dedos que recorren rostros, fotografías, libros abiertos en el índice y discos (sub)rayados, bolsas de almacenes de cadena...

Como proyecto fue divertido; como obra literaria, ¿hace una hermosa mañana, no es cierto?

C. P. M.
 

Escrito al margen

Conozco quien no abre los libros que compra para no arruinar su belleza interior. Sé de otros que nunca han tenido un libro, salvo de bibliotecas públicas o librerías de viejo.

Karl Marx maltrataba los libros sin importarles su formato, su encuadernación, la belleza de su papel o de su impresión. Según sus amigos, doblaba los bordes de las páginas, llenaba los márgenes con comentarios escritos a lápiz, subrayaba párrafos que consideraba importantes con signos de exclamación o interrogación.

“Son mis esclavos, deben servirme según mis deseos”, re...

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Carlos Patiño Millán

Es profesor asociado de la Escuela de Comunicación Social en la Universidad del Valle.

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5

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