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Breviario

Organizamos tu fiestita

Uno de los invitados especiales a la XVI Feria del Libro de Bogotá es el siempre polémico autor de la siguiente nota, la cual explora un asunto de honda y preocupante actualidad en nuestro país y que por otros lados parece no ser más que un jueguito de moda entre yuppies en busca de emociones fuertes o de nuevos estimulantes para pasar el rato.

 

Hubo un tiempo en que el secuestro se utilizaba como voluntad divina o medida de Estado o maniobra romántica: esos traviesos dioses griegos que de tanto en tanto bajaban a catar ninfas, el hombre de la máscara de hierro y los amantes de Verona y todo eso. Se secuestraba a alguien para pedir un rescate que desequilibrara el tablero y el juego de naciones en conflicto o, simplemente, para poder zafarse de todo ese lío de la fiesta de bodas y la histeria familiar. El secuestro como atajo que acelera los acontecimientos en la carretera principal. El secuestro como factor narrativo que acelera la trama o, simplemente, la suspende. En algún momento el secuestro se convierte en reflejo de los tiempos que vivimos y pa-decemos. El secuestro del hijito de Lindbergh durante la Gran Depresión norteamericana, los múltiples secuestros de los padres de empresas y militares de carrera-march durante la Enorme Histeria argentina a finales de los sesenta y principios de los setenta, empal-mando con los secuestros de retoños millonarios marca Getty o Hearst (desde entonces, Estados Unidos impuso una ley por la que los depósitos de dinero de toda familia con secuestrado quedan automáticamente congelados desde el minuto cero, por lo que el acto de robar personas ha desaparecido casi por completo ahí arriba), hasta llegar a nuestros veloces secuestros express, algo así como la versión gasolera y viveza criolla del asunto. Algunas constantes: una carta escrita con letritas recortadas y una voz rara en un teléfono sonando en el centro exacto de la noche y —atención— esa carta y esa voz en ocasiones son un poco, digamos, mal educadas; por lo que se advierte al lector que algo del lenguaje de esta nota puede llegar a ofender a lectores sensibles, ex rehenes y botines futuros.
 

Visite Estocolmo

La curiosa y tierna relación entre secuestradores y secuestrados —conocida como síndrome de Estocolmo— fue catalogada en 1973, cuando en la ciudad homónima una banda de ladrones de bancos tomó de rehenes a tres mujeres y a un hombre que trabajaban allí. Los mantuvieron encerrados durante seis días, lapso en el que pasaron cosas raras: los rehenes se negaron en todo momento a ser rescatados por la policía, más tarde organizaron colectas para pagar buenos abogados para los pobrecitos y dos de las cajeras no dudaron en pedir en matrimonio a un par de sus captores. Está claro que la cosa viene de antes (también pueden entrar dentro del síndrome de Estocolmo lo experimentado por prisioneros en campos de concentración, civiles...

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Rodrigo Fresán

Buenos Aires, 1963), escritor argentino radicado en Barcelona.

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