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El Malpensante

Artículo

Cartas cruzadas

Correspondencia editorial entre John Kennedy Toole y Robert Gottlieb

Los intentos fallidos de John Kennedy Toole por publicar La conjura de los necios fomentaron la idea de que todos los editores le habían dado la espalda. Esta correspondencia entre el autor y el editor estrella de Simon & Schuster arroja nuevas luces sobre el mito.

Ilustraciones de Miguel Otálora

 

“The men who really believe in themselves are all
in lunatic asylums”.

– Chesterton

 

I

La conjura de los necios fue publicada once años después de que su autor, John Kennedy Toole, conectara una manguera desde el tubo de escape a la ventanilla de su auto, en un paraje solitario de Biloxi, Mississippi, en 1969.

La obra aún vive. Se ha convertido en un clásico de culto de la literatura norteamericana. Su protagonista, Ignatius Jacques Reilly, es uno de esos entrañables personajes que, a despecho de la excentricidad, el absurdo y la provocación, termina imponiéndose sobre la realidad. Treintañero adiposo y medievalista obseso, holgazán emérito, masturbador goloso, hipocondríaco crónico, pesimista confeso, renegado católico, zahorí terco y pedorro eximio, Reilly pasa sus horas en compañía de mamá viendo las aventuras del oso Yogui en la televisión, admirando la férrea moral de Batman y escribiendo unas notas dispersas a las que llama “cuadernos Gran Jefe”: una gran invectiva contra el mundo contemporáneo, la democracia norteamericana y “la causa del Clearasil”. Pero un evento desafortunado lo obliga a salir de casa y enfrentar la tragedia más urgente e inevitable del hombre moderno: conseguir trabajo. Una oferta laboral en un diario reclama un “hombre limpio, muy trabajador, de fiar, callado”, a lo que Ignatius vocifera: “¡Santo Dios! ¿Pero qué clase de monstruo quieren?”. En adelante, el mundo de Nueva Orleans cobrará vida a través de los sucesivos intentos de Ignatius por ganarse unos dólares; un mundo donde no se sabe claramente quién es el genio y quién el tonto.

Solo la insistencia de una mamá medio loca y obstinada, convencida de la grandeza de su hijo, permitió que la obra se salvara del completo olvido. Thelma Toole (“la persona más bizarra que jamás he conocido”, según el director de la editorial de la Universidad de Luisiana) acosó a diversos editores hasta lograr que La conjura fuera publicada en 1980, ganando el Premio Pulitzer el año siguiente. Era la segunda novela escrita por Toole (la otra, La Biblia de neón, la escribió cuando tenía dieciséis años).

Rechazadas por distintas editoriales, el autor no llegó a ver ninguna de sus obras en letras de molde. Su intento por publicar La conjura está documentado en la correspondencia que sostuvo entre 1964 y 1966 con Robert Gottlieb, editor de la casa neoyorquina Simon & Schuster: diez cartas son el triste testimonio de un proceso que culminó, a pesar del interés de las partes, con la decisión de Toole de abandonar el proyecto. A partir de entonces cayó en una pendiente de paranoia y melancolía que acabaría con su vida en 1969.

Esta dilatada comunicación epistolar es la historia de un fracaso. En ella el protagonista es derrotado por fuerzas que están más allá de su bien intencionado benefactor. Estas cartas revelan la humanidad conjunta de Gottlieb y Toole en un esfuerzo infecundo por publicar la obra. Son la huella de la génesis y desarrollo del libro, y de la íntima relación entre el autor, el editor y La conjura de los necios.

 


II

En una carta a su madre, Toole escribió el 11 de junio de 1963 desde Puerto Rico: “¡Vaya civilización espantosa la que existe en esta isla! Ignorante, cruel, maliciosa, egoísta, poco fiable y, a pesar de ello, muy orgullosa”. Fue en esa isla donde comenzó a escribir nuevamente La conjura de los necios. De regreso a Nueva Orleans, ese mismo año, se dedicó a impartir clases de literatura en el Dominican College, un instituto católico para mujeres de la orden de los dominicos, alternando diez horas semanales de clases con la escritura de la novela el resto del tiempo. Por aquella época le confesó a su amigo Sidney Snow, músico de la ciudad, que se sentía aprisionado viviendo en casa con sus padres (aunque solo la abandonaría misteriosamente, sin anunciar su partida, dos meses antes de ser encontrado muerto dentro de su auto), y que trabajaba en el primero de varios libros que planeaba escribir sobre Nueva Orleans.

Toole interrumpió la escritura del libro en noviembre de 1963, tras el asesinato del presidente Kennedy que lo sumió en una profunda depresión, apenas comparable con la que había experimentado tras la muerte de Marilyn Monroe el año anterior (“Sé que suena trillado decir que no podía creer que había muerto, pero así fue. Marilyn Monroe y la muerte son una pareja incompatible… ninguna actriz me hizo nunca tan feliz como ella”, le escribió a su madre en 1962). En febrero del 64 retomó el trabajo, lo terminó y lo envió por correo a Simon & Schuster, donde llegaría a manos de Robert Gottlieb.

Simon & Schuster ya se perfilaba como una de las más importantes editoriales del país y Gottlieb, por cuyo escritorio habían pasado las obras de Bruce Jay Friedman, Salman Rushdie, Ray Bradbury, John le Carré, Bob Dylan y John Lennon, era uno de sus editores más prominentes. La comunicación entre ambos comenzó cuatro meses después de la entrega del manuscrito. Algunas de las primeras cartas se perdieron. La correspondencia que se conserva comienza con una nota formal dirigida a Toole por Jean Ann Jollet, asistente de Gottlieb.


Junio 9, 1964

Querido Sr. Toole:

Gracias por la carta que envió a Robert Gottlieb. En este momento él se encuentra en la Convención Americana de Librerías, en Washington, pero regresará el jueves y me solicitó escribirle diciéndole que lo llamará o le escribirá cuando regrese.

Hay, sin embargo, un pequeño problema: Bob parte a Europa el 27 de junio. De todos modos estará en la oficina el día anterior, el 26. ¿Podría cambiar las fechas y estar aquí con alguna anticipación? (Me gustaría que fuese antes del 26 porque, a pesar de las buenas intenciones, sé que esa fecha será caótica.) En cualquier caso, así son las cosas y estoy segura de que todo saldrá bien: ésta es la forma de explicarle por qué Robert se ha demorado para contactarle de vuelta.

¿Es éste el momento de decirle cuánto me reí, a carcajadas –y aun colapsé–, mientras leía La conjura? Seguro que sí.

Sinceramente,

Jean Ann Jollet

 


Días después, el mismo Robert Gottlieb, menos entusiasta que su asistente, le escribía a Toole mencionando su objeción fundamental a la obra. Aunque encontraba en La conjura una descripción original y muy graciosa de unos personajes de Nueva Orleans, y admiraba su humor, llegando a juzgar algunos episodios particulares como “grandiosos”, creía que al libro le faltaba un propósito, un punto que probar, una tesis. Y ése era el asunto al que el escritor debía consagrarse en adelante. Sin embargo, esencialmente, no había un consejo específico sobre cómo hacerlo: no se trataba de alterar el argumento, sino de revestirlo de significado. Pero, ¿cómo?
 

Ilustraciones de Miguel Otálora

 

Junio 15, 1964

Querido Sr. Toole:

Aparentemente no nos veremos en Nueva York. Lo siento mucho. Pero no tanto como lo sentiría si no me fuera para Europa. En cualquier caso, por si no hablamos antes de que me vaya, quisiera decirle una cosa más acerca del libro.

Me parece que usted entiende el mayor problema de la obra, pero piensa que con el simple desenlace puede resolverlo. Sin embargo, se requiere más. No solo es necesario que se tejan mejor los hilos de la trama (éstos siempre pueden tejerse mejor); lo que en verdad debe ocurrir es que dichos hilos sean fuertes y significativos todo el tiempo, no solo de una forma episódica para luego ser ingeniosamente aunados aparentando que todo salió como se esperaba. En otras palabras, debe haber un punto para todo lo que usted ha escrito, un punto real, y no simplemente que la historia sea un divertimento forzado a resolverse de algún modo.

¿Tiene sentido lo que le digo? Espero que sí, porque se trata de un asunto vital.

Por favor, sin importar qué, permítame ver el libro una vez más cuando haya trabajado en él de nuevo. Entiendo completamente por qué tuvo que parar y dejar el proyecto a un lado y terminarlo luego a cualquier costo. Esto le ocurre incluso a los editores; algunos libros son enviados a la imprenta necesitando al menos una revisión más, y todo porque uno no puede mirarlos en otro momento. Un período alejado del trabajo usualmente ayuda.

Espero verlo algo más tarde si no podemos reunirnos en junio.

Sinceramente,

Robert Gottlieb
 

 

Dos días después, la asistente le escribió de nuevo a Toole esperando que viajara a Nueva York a recoger personalmente el manuscrito para comenzar a trabajar en una segunda versión a partir de las recomendaciones de Gottlieb:
 

 

Junio 17, 1964

Querido Sr. Toole:

De cualquier forma llámenos cuando se encuentre aquí, y venga. Así podré ver cómo luce el autor del libro, y usted, al menos, podrá ver cómo vivimos por estos lados.

Probablemente no tendré más recados editoriales por parte de Bob, pero quizás sus vacaciones del manuscrito, además del documento adjunto, serán suficientes para que sepa exactamente qué hacer con él.

Ya veremos. Venga.

Sinceramente,

Jean Ann Jollet
 

 

Esta carta fue escrita casi un año después de que John Kennedy Toole regresara de Puerto Rico. Durante este tiempo trabajó a gusto en el Dominican donde se ganó una notable reputación como profesor de literatura por sus imitaciones y su mordacidad, trabajó en su libro y además captó la atención de un importante editor en Nueva York, que no era poco. Confiaba en que podría trabajar en el manuscrito y publicar su libro, lo que comunicó emocionado a sus pocos amigos. Aunque no viajó a la Gran Manzana, recibió el manuscrito por correo y al final del otoño trabajó en las correcciones y lo envió de nuevo a Simon & Schuster bajo la presión de Thelma, quien preguntaba constantemente por la suerte de la obra. Gottlieb le escribiría de vuelta en diciembre, en una carta donde el desconcierto es notable.

 


III

En su respuesta Gottlieb llamaba nuevamente la atención sobre la falta de significado de la obra y se detenía en aspectos específicos de algunos personajes. En particular, tenía quejas sobre esa intelectual judía y liberal neoyorquina que sostenía con Ignatius una correspondencia plagada de insultos y mutua ridiculización. Los comentarios del editor sobre Myrna Minkoff le valieron la reprobación definitiva de la mamá del autor, quien adujo hasta el final de su vida que Gottlieb había tenido razones antisemitas para no publicar la obra maestra de su pequeño genio.

Lo cierto es que Toole nunca fue ajeno a las opiniones de Gottlieb y coincidió con él en gran parte de sus apreciaciones. No es posible saber hasta qué punto el libro tal y como vio la luz en 1980 difiere de aquel manuscrito rechazado por Gottlieb más de quince años antes, pero lo que la correspondencia sí permite inferir es que el interés del editor nunca se atenuó. Después del segundo rechazo de la obra, la relación estrictamente profesional entre ambos da paso a un trato más personal. El editor y el autor se convierten, por arte de la literatura epistolar, en personajes reales más allá de los formalismos.

 


Diciembre 14, 1964

Querido Sr. Toole:

Me he tomado un largo tiempo antes de escribirle nuevamente, pero no porque lo haya olvidado. Y aún no sé qué decirle, después de haber pensado y consultado a una persona en la ciudad cuya opinión me urgía.

Pienso que, en varios sentidos, usted ha hecho un excelente trabajo: pulió la trama de la obra, dio sentido a eventos que antes no lo tenían, profundizando en algunos personajes, eliminó otros. El libro está mucho mejor, pero todavía no está bien del todo.

Permítame hacer una digresión para decirle que la opinión consultada fue la de Candida Donadio, una joven mujer que es, probablemente, la mejor agente literaria de la ciudad y una de mis mejores amigas. En sus manos están escritores como Joe Heller, Bruce Friedman, John Cheever, Nelson Algren, Thomas Pynchon, Harvey Swados, Philip Roth, y así, ad infinítum. Quería conocer la opinión de Candida por varias razones: porque es su agente; porque en lo que usted es bueno ella encuentra especial interés; porque su juicio es preciso; porque, francamente, si ella y yo no sabemos qué hacer exactamente con usted, es poco probable que alguien más lo sepa. En cualquier caso, y después de habérsela presentado, déjeme decirle lo siguiente. Ella y yo hablamos durante más de una hora la noche del domingo anterior y, como ocurre con frecuencia, compartimos idéntica opinión: nos gustaron las mismas partes de su obra, tenemos el mismo entusiasmo y también las mismas dudas.

Lo que pensamos es lo siguiente. Que, con frecuencia, usted es increíblemente gracioso, más gracioso que cualquiera por estos días, y que además tiene el humor que nos gusta. Que muchos de sus personajes son maravillosos: Burma, Santa, Irene, Mancuso, Lana Lee y otros (también la señorita Trixie). Que algunas cosas no funcionan: Myrna, especialmente. Que Ignatius está en problemas: no es tan bueno como usted supone y hay demasiado sobre él en el libro. Que la pareja Levy no es tan brillante. Que el libro es demasiado largo. Que algunas escenas –particularmente mi favorita, la manifestación por los derechos civiles en la fábrica– son gloriosas. Que otras son descoloridas. Pero que, dejando todo esto de lado, aún hay otro problema: con toda su grandeza, el libro, a pesar de su buena trama, no tiene una razón de ser. Es un ejercicio brillante de invención, pero a diferencia de Catch-22, Besos de madre, V y otros, no es realmente acerca de algo. Y eso es un punto sobre el que nadie puede hacer nada. Ciertamente, un editor no puede decir: “Póngale un significado”.

Eso está claro, ¿pero qué hacer? El libro podría mejorar y publicarse. Pero no tendría éxito; no podríamos decir que es algo. Por otra parte, no podemos abandonarlo a él ni a usted (nunca podría abandonar al señor Micawber)1. No lo haremos. Pero sabemos por experiencia que cuando Candida y yo coincidimos en algo es difícil que otras personas en el negocio disientan.

Así que no sé qué decirle.

Lo que realmente me gustaría hacer es conversar, pero usted está allá, no aquí, y es poco probable que yo vaya por esos lados en el corto plazo. ¿Hay alguna posibilidad de que venga? En caso contrario, y si no está molesto conmigo, quizás Candida y yo pensemos en el paso a seguir. O quizás usted lo haga.

De todos modos escríbame sin nerviosismo porque estoy aquí, y cuenta conmigo cualquiera que sea el desenlace de toda esta historia. Déjeme saber qué piensa; mi sospecha es que siente que no puede hacer nada más en el libro sin una sugerencia editorial específica. Realmente no lo culparía; si es así, trataré con mayor ímpetu de pensar en algo. O si se da por vencido, dígamelo y le enviaré el manuscrito de vuelta. Pero no quiero hacer eso y no creo que sea una gran idea.

O simplemente piénselo con cuidado.

No desespere.

Saludos,

Bob Gottlieb

 

__________________________________________

1. Gottlieb hace referencia a Wilkins Micawber, personaje de David Copperfield, de Dickens, quien a pesar de sus múltiples infortunios y problemas con los acreedores escucha repetidamente la decisión de su esposa Emma de permanecer a su lado: “I will never desert Mr. Micawber”.
 

Dos días después, Toole emborronó una corta respuesta:
 

 

Diciembre 16, 1964

Querido Sr. Gottlieb:

Irónicamente, encontré alentadora su carta. Quizás esto suene masoquista; sin embargo, estoy muy agradecido por la atención que le ha dispensado al libro.

Ahora debo “pensarlo nuevamente”. Pero, mientras lo hago, me gustaría hablar con usted en términos más específicos: con detalles, qué está mal, dónde se tornan erráticas las cosas… No sé si la conversación telefónica le parezca apropiada; si es así, llámeme por cobrar a Nueva Orleans, al […]. En ese número me encontrará la mayoría de las noches.

Debo parecerle un escritor muy “ambicioso”, pero no estoy desesperado.

Sinceramente,

John Toole
 

 

Era definitivo: después de hablar telefónicamente quedó claro que Gottlieb no publicaría el libro tal y como se encontraba. Exigía más trabajo y Kennedy Toole no sabía exactamente cómo ajustar la obra. Por ello, después de haber corregido la primera versión y de haberle sido negada la publicación en dos ocasiones, pidió el manuscrito de vuelta.



Enero 15, 1965

Querido Sr. Gottlieb:

La única cosa sensata por hacer, me parece, es solicitarle el manuscrito. Además de borrar algunas cosas, en realidad no creo poder hacer mucho más por él ahora y, por supuesto, aun con algunas revisiones usted no quedaría satisfecho. Ni siquiera puedo pensar en qué pudiera hacer por el libro. Así que no tiene caso agobiarlo. ¿Podría enviármelo?

Debo decir, con toda honestidad, que fui muy afortunado al haber llamado su atención; espero que esté deseoso de darle una mirada a cualquier trabajo que le envíe en un futuro.

Sinceramente,

John Toole


 

Junto al manuscrito, Robert Gottlieb le envió una carta, ahora perdida, que causó gran impresión en Toole. Desconcertado, éste decidió entrevistarse personalmente con Gottlieb en Nueva York al mes siguiente. No lo encontró. En cambio creyó, erróneamente, haberse topado con su asistente Jean Ann Jollet: al parecer había llegado a las oficinas de Simon & Schuster confundido y nervioso, se había molestado por la ausencia del editor y no había acertado a decir una sola palabra sensata frente a la mujer que tomó por Jollet.

En cualquier caso, dejó una nota pidiéndole a Gottlieb (quien ya no tenía el manuscrito en sus manos) que lo llamara a Nueva Orleans. Hablaron por más de una hora y el editor le recomendó escribir otro libro, tomando distancia respecto al viejo trabajo. Gottlieb le pedía, ni más ni menos, que dejara de lado La conjura de los necios.

En marzo siguiente Toole le escribió una conmovedora carta narrando la génesis del libro y el significado que éste tenía para él. Es una bella y humilde confesión donde el autor manifiesta su íntima relación con la obra, en la que estaba inmerso de manera mucho más real que en sus clases de literatura y su vida familiar. Prometió una segunda revisión.

 


IV

Marzo 5, 1965

Querido Sr. Gottlieb:

He intentado meditar con claridad desde que hablamos por teléfono pero la confusión y la depresión me han inmovilizado. Tengo que salir de ésta, no hay duda, o nunca haré nada provechoso. Escribir una carta puede ser un buen comienzo: espero que sea paciente y llegue hasta el final. Si hubiera sido más articulado el otro día, cuando hablamos, esto quizás no sería necesario; tal vez ésta es la carta que debí haberle escrito en diciembre, en lugar de aquella nota estoica que solo sirvió para prolongar las cosas.

Después de la conversación telefónica tenía la certeza de que estaba aferrado ansiosamente al borde del risco. Quizá aún lo estoy. Cuando me sugirió que escribiera otro libro sentí que me estaba ofreciendo una oportunidad para retirarme con elegancia. Mi sentimiento puede haber sido el correcto.

Cada vez que hablo sobre La conjura de los necios me pongo ansioso y vacilante. Y es así porque albergo un sentimiento bastante paternal hacia el libro; en realidad es un sentimiento andrógino porque siento, además, como si lo hubiera dado a luz. Sé que tiene sus defectos, y sé que cualquier extraño podría hacérmelos saber. El peor ejemplo de todo esto fue mi difícil e incoherente encuentro con la señorita Jollet, en el cual yo, doblegado por el servilismo, casi me hundo en el suelo en medio de mis silencios, mis comentarios crípticos y mis absurdos sinsentidos. Las cosas no fueron mejor por teléfono cuando usted y yo hablamos. Pero una o dos de las pocas cosas que dije parecen haber sido malinterpretadas. Una pregunta sigue de allí: ¿por qué decidí ir a Simon & Schuster?, ¿para qué le pedí llamarme? Esta insistencia de mi parte solo ha logrado confundirme. No soy dado a hablar de mí mismo, pero en este punto es necesario decir un par de cosas.

Este libro comenzó a escribirse en 1961. En aquella época, durante el día, trabajaba tiempo completo en Hunter y hacía un doctorado en Columbia; durante la noche, además, trabajaba como profesor sustituto en el colegio nocturno de Hunter para pagar la matrícula y sobrevivir. Vivía en el ciclo frustrante de quien quiere escribir pero ha elegido la docencia como forma de sustento y debe conseguir un PhD para hacer algo decente en el ámbito académico. La mente, así, se dispersa en tres direcciones distintas, y la escritura es por supuesto la que más sufre. Cuando obtuve mi máster en Columbia, en 1959, yo vivía en el seno de una beca Woodrow Wilson y obtuve financiamiento extra de la Fundación Ford por una serie de pseudopoemas y relatos breves que nunca fueron enviados a nadie, como la mayoría de mis primeros trabajos. El año de 1959 a 1960 lo pasé enseñando en la Universidad Estatal de Luisiana y sufrí de una apatía neurótica inducida por el crudo horror de la Luisiana rural.

En el verano de 1961 tuve tiempo suficiente para trabajar en una versión temprana del libro, en la que Ignatius se llamaba Humphrey Wildblood. La Armada me alejó tanto de la escritura como del juego Hunter-Columbia; tuve que formar filas en agosto e irme a Puerto Rico, donde me convertí en supervisor (algo denominado “líder del equipo de inglés”) de un programa surrealista de enseñanza de inglés para los reclutas puertorriqueños. Mis deberes consistían principalmente en usar un silbato para indicar el cambio de clases y emanar una gran comprensión hispanoamericana para alivianar tanto los temperamentos hostiles y provocadores de los estudiantes, como los ánimos de los impopulares y defraudados instructores norteamericanos. Era un trabajo ideal: tenía derecho a un cuarto privado muy confortable que incluía un escritorio, la oportunidad para escribir. Y usé el silbato tan bien, y emané tal comprensión –todo para tener ese cuarto– que terminé ganando varios honores militares (incluso unas vacaciones en las Antillas Holandesas). Nunca antes un cuarto provocó tanta ambición. Allí el libro comenzó de nuevo y por primera vez en mi vida tuve la oportunidad de escribir sin tener que preocuparme por la supervivencia o por problemas que tuvieran algún tipo de contacto con la realidad. Desde mi punto de vista, la Armada me dio cuatro cosas invaluables: tiempo, alejamiento, seguridad y privacidad. Valoré sutilmente lo irónico y absurdo de la vida en Puerto Rico; todo el tiempo que pasé allí fue muy valioso.

Ilustraciones de Miguel Otálora

 

Cuando llegó la hora de dejar la Armada, en agosto de 1963, debía tomar una decisión. Había completado más de la mitad del libro y, contrario a lo ocurrido con mis trabajos anteriores, podía releer lo que había escrito sin sentirme dolorosamente avergonzado. Y aún más: estaba totalmente involucrado y absorto en él; me había cautivado. Ante mí yacía entonces la obligación de escribir el trabajo para graduarme, así como la circunstancia de tener que viajar frecuentemente entre Morningside Heights y Bedford Park Boulevard para dar clase en el campus de Hunter en el Bronx, lo que significaba al menos dos horas diarias de transporte. Además Hunter me exigía hacer el PhD en tres años, lo que significaba que tenía dos años para arreglármelas con las clases, la escritura de la disertación y la presentación de los exámenes respectivos. No tendría tiempo suficiente para dedicarme a la escritura. Así que conseguí un trabajo en un pequeño y tranquilo colegio cuidadosamente seleccionado donde, como yo esperaba, había poca demanda de tiempo y casi ninguna de cerebro.

De este modo el libro siguió su curso hasta el asesinato del presidente Kennedy. Entonces no pude escribir más. Nada me parecía gracioso y caí en una profunda depresión. En febrero de 1964, por fin, sin cambios ni revisiones transcribí lo que tenía, lo concluí brevemente y comencé a enviarlo a diferentes casas editoriales con la esperanza de que le interesara a alguien. La primera versión del libro nunca se transformó en nada más.

Esto me lleva a su primera lectura del manuscrito. Aunque quizás a esta altura usted haya dejado de leer esta carta, quisiera hablar del libro en sí mismo. Estos comentarios nada tienen que ver con la “calidad” de mi trabajo, que no es una autobiografía pero tampoco completamente una invención. Si bien la trama es una manipulación y yuxtaposición de personajes, la gente y los lugares fueron trazados a partir de la observación y la experiencia, salvo una o dos excepciones. Yo no estoy en las páginas de la historia; nunca he pretendido estar. Pero escribo sobre cosas que sé y, al contarlas, es difícil no sentirlas.

En la revisión, los hilos de la trama fueron unidos de mejor manera, aunque a veces esto resultó ser solo ruido. Myrna se convirtió en una caricatura en medio de personajes muy reales, y eso a pesar de estar concebida para ser muy, muy agradable (por eso, si para un lector objetivo ella resulta ser “una patada en el culo”, entonces he fallado en mi propósito). Cuando le envié la revisión estaba seguro de que la pareja Levy era la peor falla del libro. Tratando de involucrarlos como parte de la trama se salieron de mis manos, yendo de mal en peor; se convirtieron en cartón y me era difícil releer sus diálogos (creo que comenzaron a transformarse en una vaga remembranza del viejo show Easy Aces, en el cual Goodman Ace –si no me equivoco– discutía con su esposa mientras la suegra aparecía esporádicamente en escena). No sé si pueda describir cómo esa pareja insistió en escaparse de mi control mientras intentaba manipularla a lo largo del libro.

Irene, Reilly, Mancuso: todos ellos dicen algo auténtico de Nueva Orleans. Son reales como individuos y como representantes de un grupo. Una noche, recientemente, vi de nuevo a Santa tropezando mientras Irene se sumergía a carcajadas en su copa. ¡Y cuántas veces he visto a Santa besando el retrato de su madre! Burma Jones no es una fantasía, ni lo es la señorita Trixie y su empleo, o el club Noche de Alegría, y así. No hay necesidad de abrumarlo con una lista detallada.

En resumen: pocas cosas de la historia son inventadas, aunque el argumento sí lo es. Es cierto que, bajo la irrealidad de mi experiencia en Puerto Rico, este libro se convirtió en algo más real que cuanto acontecía allí: comencé a hablar y a comportarme como Ignatius. No hay duda de que ésta es la razón por la cual hay tanto de él y su verbosidad puede extenuar. En realidad no es su verbosidad sino la mía. Y el libro, que comenzó en una tarde de domingo, se convirtió de esta forma en un modo de vida. Con Ignatius como representante, mis experiencias de Nueva Orleans comenzaron a encajar unas con otras y entonces me encontré de repente observando y no inventando. La vieja versión de Humphrey Wildblood era dolorosa, extensa, afectada y poco sentida; la nueva cobró vida, al menos para mí.

No estaba muy convencido con la corrección que le envié: con frecuencia se trataba de más (y puro) retoque argumental. Por lo tanto, cuando recibí su carta en diciembre, estaba a la vez animado y desanimado. Animado por el tipo de comentarios y las indicaciones de persistente interés, desanimado por aquello de que “el libro podría mejorarse y publicarse. Pero no tendría éxito”. ¿Se refería usted al libro tal como está, o a su versión definitiva? La llamada telefónica tornó mis dudas en desespero. Mi trabajo parecía haberse convertido en una nada, y allí estaba yo, congelado del otro lado de la línea, lamentablemente ansioso, opacado por el temor, débil, inarticulado, frustrado por mi inhabilidad para hacer algún comentario sensato (si no me sobrepongo a todo esto, la escritura me convertirá en un incoherente y mudo Mr. Hyde). Su carta, después de que le solicitara el manuscrito, fue lo que más me confundió. Al final de nuestra conversación telefónica yo estaba convencido de que la suerte y la oportunidad para la obra habían llegado y se habían ido.

Mencionó a Bruce Jay Friedman cuando hablamos, en una suerte de oblicua conexión con el libro. Stern es mi novela moderna favorita y tuve una intensa reacción frente a ella. Fue después de leer Stern que envié mi manuscrito a su editorial, y lo hice por lo mucho que aquella novela me gustó, porque algo en ella me causó una respuesta muy sincera. Así, desde que recibí su primera carta, supe que había acertado. Mientras quedaba en blanco enfrente de la señorita Jollet cuando fui a su oficina en Nueva York, de algún modo me las ingenié para transmitir incongruentemente estas últimas apreciaciones, que se convirtieron en el clímax de dicha visita. Stern me conmovió por varias razones inexplicables que tenían relación con actitud o impulso... no lo sé; no puedo explicarlo.

En cualquier caso, si pudiera incluirme a mí mismo en mi novela con la humanidad y la perspectiva que logra Bruce Jay Friedman, lo intentaría. Pero no puedo escribir bien ese tipo de cosas, al menos no ahora, y lo sé porque lo intenté antes. Hay suficiente y aburrido despliegue de “sí mismo” en las obras publicadas estos días, y no creo que sea una buena idea añadirles algunas páginas más. No me seduce intentarlo: no creo ser lo suficientemente interesante para ello. Solo puedo hacer lo que este libro representa: escribir sobre asuntos de los que algo sé, sobre lo que he visto y vivido.

Algo ciertamente muy atinado en su comentario sobre la revisión fue la separación de los personajes reales de los irreales. No quiero deshacerme de ellos. En otras palabras, voy a trabajar en el libro nuevamente. Ni siquiera he tenido tiempo para mirar el manuscrito desde que lo recibí, pero como una parte de mi alma está en el asunto no puedo dejar que muera sin al menos intentarlo una vez más. No creo que pueda escribir nada hasta que le haya dado una última oportunidad a este proyecto.

¿Tendrá paciencia conmigo?

Sinceramente,

John Toole

 

Casi veinte días después, Gottlieb le respondió con una carta que no desdice de las calidades de la de Toole. Conocedor de algunas de las circunstancias en que el escritor vivía –sin vínculos con el mundo editorial, en una ciudad alejada de la capital de la industria cultural norteamericana, en el sur de Estados Unidos, justo en medio de la convulsión política generada por las acciones en contra de los negros–, Gottlieb podía sentir la fragilidad del mundo del autor, a la que se añadían otras eventualidades no conocidas por el editor neoyorquino; por ejemplo, la presencia de Thelma Toole como figura sofocante en su vida, dada su manía inquisitiva y su voluntad de controlarlo todo, así como la progresiva paranoia del papá, quien se había convertido silenciosamente en un fantasma fugitivo en casa.
 

 

Marzo 23, 1965

Querido Sr. Toole:

Dejé que pasaran varias semanas antes de responderle; en parte porque no sé qué decir, en parte porque he estado esperando el momento en que pudiera escribir algo sereno y bien pensado. Pero dicho tiempo nunca llegó. Entre el trabajo, mis actividades por los derechos civiles y la considerable cantidad de basura mental y frenesí práctico de la vida privada, ese tiempo nunca llega. Espero que obtenga de esta carta la certeza absoluta de que hay alguien que comprende su libro, sus problemas, y a usted mismo; porque ésa es la realidad.

No puedo decirle muchas cosas sensatas acerca de su comportamiento al teléfono o sobre su encuentro en la oficina con Jean Jollet. Seis años de psicoanálisis no me han robado mis inseguridades o neurosis, así que, ¿por qué yo habría de intentar robar las suyas? Pero recuerde que si para usted todos somos figuras amenazadoras en un mundo complicado y confuso, para nosotros usted es un atractivo e importante misterio. Usted no tiene que ponerse en la línea de fuego en persona, en tanto ya hizo su trabajo en el papel; somos nosotros los que tenemos que dar la cara y comportarnos a la altura. Además, durante nuestra conversación, el silencio nunca fue desesperante y usted solo me pareció cauteloso y relativamente dócil y abierto a aceptar la crítica de un completo extraño.

Me place que haya escrito todo lo que me contó sobre su historia. En primer lugar porque satisface mi curiosidad; en segundo, porque ello significa que tenemos una conexión en tanto usted no le habría escrito de ese modo a un completo desconocido. Tal y como me gustó su libro, así mismo me gustó su carta, lo que quiere decir que lo aprecio; lo que quiere decir que tenemos una oportunidad para forjar una amistad (y eso, sin duda, está muy bien). Por supuesto, usted no me conoce, ya que no ha tenido la ventaja de haber leído una novela mía (que, además, no he escrito). Así, debe confiar a ciegas en mí, en tanto yo tengo pruebas sobradas de su singularidad.

Acerca del libro: todo cuanto ha dicho tiene sentido, incluidas sus dudas y sus últimas resoluciones. Como coincidimos en qué es real y en qué no lo es, no tiene mucho sentido volver a mencionar los puntos sobre los que tengo mis dudas y aquellos que definitivamente tienen mi aprobación: usted los conoce, e incluso antes de habérselos expresado. Como dice, es necesario que continúe trabajando y me alegra saber que ya lo está haciendo. En cuanto a mis palabras (“pero no tendría éxito”), puedo decirle ahora lo que quise decir entonces: probablemente que, tal y como el libro se encontraba, no se vendería. Pero el problema es –y esto siempre es así– que cuando una persona como usted espera una respuesta proveniente del centro de las actividades de la empresa cultural del país, con el que solo tiene un delgado vínculo (a través de contactos vagos y solitarios), todo se vuelve desproporcionado, difícil de analizar, de sopesar correctamente. Es como esa rara gente que aparece en Nueva Zelanda, o Tanganica, o Finlandia, escribiendo o pintando obras maestras: esas personas tienen su propio poder pero parece como si hubieran tenido que arreglárselas por ellas mismas; no tienen la seguridad de la vida mundana que garantiza el interés de los demás y su apoyo. Así que puedo ver cómo Jean o yo no somos para usted meramente personas corrientes, sino voces con una autoridad superior a la que posiblemente deberíamos tener. No es que yo no sea bueno en mi trabajo, porque de hecho lo soy y nadie lo hace mejor, pero apenas soy una persona cualquiera, y además una con mucho menos talento que el suyo.

No sé en verdad qué es lo que acabo de decir, y no sé exactamente hacia dónde quiero voltearme a ver (es lo que llaman el complejo de la esposa de Lot). Lo que básicamente quiero que quede claro es lo siguiente: no tiene nada de qué disculparse; usted es un buen escritor y una persona seria, está haciendo su trabajo seria y modestamente, y por supuesto eso no es fácil. En cuanto a la actual reescritura, le digo, como ya se lo dije antes: “Nunca abandonaré al señor Micawber”. Las decisiones de un escritor son autónomas, no las dicta su editor. Si usted cree que debe continuar con Ignatius, eso es por supuesto lo que debe hacer. Yo leeré, releeré, editaré, quizás publicaré, lidiaré con ello hasta que esté harto de mí. ¿Qué más puedo decir?

Por favor escríbame breve o largamente, cuando guste, así sea solo para decirme que está trabajando (o que no lo está). O si prefiere, muéstreme fragmentos de lo que vaya haciendo (o no lo haga): lo que sea que le resulte más beneficioso. Ánimo. Trabaje. Estamos venciendo.

Saludos,

Bob Gottlieb
 

 

Agradecido por esta carta, el tono invernal de comienzos de enero, con que pedía el manuscrito de vuelta, dio paso a la jovialidad en la siguiente y última carta de Toole por medio de la cual, más alegre, prometía trabajar una vez más en el libro. Ésta sería su tercera reescritura después de dos negativas editoriales, acompañadas de una afectuosa insistencia en no abandonar el proyecto.

Años más tarde, Walker Percy, el editor que sería acosado por Thelma Toole hasta publicar el libro, escribió en su magistral prólogo a la obra que ésta contaba entre sus mayores virtudes con el haber reflejado las peculiaridades lingüísticas de Nueva Orleans: lo cual es virtualmente imposible de percibir en su versión castellana a pesar del ingente esfuerzo realizado por José Manuel Álvarez Flórez y Ángela Pérez para la editorial Anagrama. La cadencia del habla del negro Burma Jones, las erratas y exabruptos de Santa y de Irene, son difícilmente traducibles. La grandilocuencia de Ignatius lo es menos.

Ilustraciones de Miguel Otálora

 

Aun así, tanto en la versión inglesa como en la castellana lo más notable es la realidad de los personajes. Todos ellos tienen algo de tontos, locos, ridículos, exagerados, histriónicos; pero a todos los sentimos como reales. Las aventuras del héroe, como trabajar en una fábrica de pantalones y vender perros calientes en la calle, son adjetivos de Ignatius. No se me ocurre otro logro más grande y otro “significado central” más que éste de insuflar vida a una unión de palabras. Aunque parezca una pregunta retórica, ¿quién duda de la realidad del Quijote? ¿Quién descree de la existencia de ese gordo con bigote y gorra de cazador llamado Ignatius Jacques Reilly?

Este asunto, el problema capital planteado desde el principio por Gottlieb, era el que Toole debía enfrentar en su último intento. Era consciente de que al libro le faltaba un qué, imposible de resolver con un retoque argumental: la verdad debía emanar de los personajes. Ellos no eran los engranajes para demostrar una tesis, sino seres vivos que hablaban por sí mismos y le daban el sentido a su obra; la sustancia de ésta era ese grupo de necios.
 

 

Marzo 28, 1965

Querido Sr. Gottlieb:

La anterior fue una carta tranquilizadora, y se la agradezco.

Fue un desahogo, así como mi carta fue un alivio. Tenía que hablar: gracias por haberme escuchado. Había perdido la perspectiva del libro y de mí mismo, pero básicamente tengo un sentido del ridículo y el absurdo (incluido el propio) que me mantiene a flote.

Lo que sucedió, creo, fue esto: diez años de sentimientos reprimidos salieron a la superficie cuando leí por primera vez su reacción respecto a mi libro. En 1954, cuando tenía dieciséis años, escribí una novela llamada La Biblia de neón: un ataque sociológico, denodado y adolescente a los odios engendrados por las distintas religiones calvinistas en el sur del país (y la mentalidad fundamentalista es una de las raíces de lo que ha estado sucediendo en Alabama). El libro, por supuesto, era malo, pero de todos modos lo envié a varias casas editoriales. Después de eso escribí algunos artículos y proyectos que no infligí a editor alguno. Primero, mi mente estaba ocupada en otras cosas; segundo, como le escribí, con Puerto Rico llegó un aislamiento físico y mental en que la energía relativamente poco usada durante diez años convergió en este libro creando una concentración inmensa de emoción. De haber enviado trabajos con regularidad a editoriales, durante esos años, es posible que hubiera recibido comentarios y sugerencias que me habrían proporcionado cierta perspectiva, o al menos cierta “tranquilidad”.

He estado releyendo el libro. Lo que se me hace más claro es la necesidad de usar un lapicero rojo a lo largo de sus páginas. Hay algunos indicios de ideas y temas a desarrollar, pero parecen abandonados antes de convertirse en declaraciones consistentes. Veo la posibilidad de que el libro diga algo que será real, que se desarrollará a partir de los personajes y de lo que sé de ellos, que no será simplemente una imposición superficial de “propósito”. Tal como está, la obra evade ciertas consecuencias lógicas que se desprenden de la naturaleza de los personajes, y de este modo pierde a uno o dos de ellos en el camino. ¿Soy claro? Espero que esto no suene muy confuso, pero aún tengo ideas y estoy comenzando a trabajar en ellas. Espero poder enviarle una reescritura del asunto en un tiempo no muy lejano; como puedo “ver” y “oír” a los personajes, siempre puedo trabajar con ellos.

Ya veremos qué sucede.

Bueno, y si está interesado en un comentario desde mi aventajado punto de vista, debo decir que los eventos en Alabama han tenido profundos efectos y los resultados de las luchas civiles allí han sido en su mayor parte exitosos. El klan, irónicamente, ha sido uno de los mejores amigos del negro.

Y me he recuperado, he comenzado a trabajar. Y la primavera está aquí.

Sinceramente,

John Toole

 


V

En cartas de la época enviadas a algunos amigos, Toole les decía que la editorial continuaba trabajando en su manuscrito (lo cual no era cierto porque él lo tenía de vuelta y pulía su tercera versión), y hacía referencia al reconocimiento dado por el editor a la obra. También bromeaba sobre la publicación de La conjura de los necios cuando él fuera un hombre viejo y desdentado.
Al comienzo de 1966, casi un año después de haber recibido la última noticia desde Nueva Orleans donde Toole prometía más trabajo, Gottlieb oyó nuevamente del autor, en una carta ahora perdida. Su respuesta fue la última de una correspondencia que duró un total de dos años.


Enero 17, 1966

Querido Sr. Toole:

Me alegró saber de usted, especialmente porque desde el principio del año estaba presente en mi mente.

Mi interés en el libro es el mismo de otros días: antes me gustó mucho gran parte de él y pensaba que necesitaba bastante trabajo; ahora tengo la pequeña duda de que algo que ha estado agonizando durante tanto tiempo vaya a sobrevivir a sus propias expectativas. Ciertamente quiero leerlo de nuevo, cuando termine de hacer lo que está haciendo.

No creo que su propósito al escribirme fuera vago. Todos queremos sentir el interés externo y profesional en lo que hacemos. Escribir: de eso vivimos. Pero no está escribiendo en vano, al menos no en cuanto a la publicación en Nueva York: este editor, al menos, está interesado. Espero que haya tomado la decisión correcta al elegir continuar con el libro en lugar de escribir otro. La decisión ya fue tomada y ahora veremos qué pasa con ella.

Saludos,

Bob Gottlieb
 

 

Toole no solo no envió el libro de vuelta, sino que debido al tono poco entusiasta de Gottlieb (o a cualquier otra razón) decidió abandonar calladamente el copioso manuscrito en lo alto de su armario, tal como lo había hecho doce años atrás con La Biblia de neón. La muerte, a pesar del interés mostrado por la importante editorial neoyorquina, a pesar del esfuerzo prolongado de Toole durante dos años, a pesar de que los personajes habían cobrado vida para él, parecía sentenciada para su obra.

En La conjura de los necios la oscuridad de la vida es medianamente iluminada por la filosofía estoica que Ignatius, en medio de sus excentricidades, anuncia. Boecio es su filósofo de cabecera y la figura de Fortuna y su rueda explican los distintos eventos que debe enfrentar. El final de la novela es, sin embargo, audazmente elusivo: Ignatius, sabiendo que ya viene a su casa una ambulancia que lo internará en el manicomio, huye en un auto hacia un porvenir incierto en Nueva York con su despreciada Myrna Minkoff. John Kennedy Toole, cansado de soportar los reveses de su obra (o cansado, lo repito, de cualquier otra cosa), imitó a su héroe y salió solo en su auto, huyendo, en un viaje que lo conduciría dos meses después a una silenciosa muerte en un paraje desierto.

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Es profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.

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