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La cultura en Colombia: del ocio a la necesidad

¿Se puede seguir pensando en la cultura como "costura" o necesitamos un cambio urgente en el punto de vista? El director del Malpensante quiebra una lanza.

La élite colombiana, y en particular la de Bogotá, se ha vanagloriado desde hace más de un siglo de su supuesta cultura. No hay tal; en Colombia hacen falta museos —apenas en el 2000 se inauguró el primer museo de arte universal que haya existido en el país, regalado a la capital por Fernando Botero en un gesto de generosidad sin precedentes—, hacen falta páginas culturales de calidad en los periódicos, hacen falta programas culturales de calidad en la televisión, hacen falta más editoriales pujantes y ambiciosas, hacen falta librerías, hace falta rodar películas agudas y de buena factura, hacen falta cursos y carreras culturales de calidad en colegios y universidades, hacen falta más eventos como el Festival de Teatro y la Feria del Libro de Bogotá, y si no destacamos otras valiosísimas pero escasas excepciones es porque pese a su gran valor siguen siendo eso, excepciones que no invalidan el aserto general.

Una de las razones para la gran incultura ambiente es que en una época no muy lejana, por allá a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, se pensó que la cultura era peligrosa. Había, en efecto, antecedentes en el sentido de que por su intermedio los jóvenes tenían acceso a ideas políticas radicales. La revolución cubana y su intención exportable fueron apoyadas por una amplia gama de intelectuales prestigiosos a lo largo y ancho de la América Latina y Europa. A nivel más general, el siglo XX había visto y vivido una considerable influencia del marxismo revolucionario entre los intelectuales del mundo, quienes —las cosas hay que llamarlas por su nombre— fueron notoriamente irresponsables y ligeros a la hora de sopesar el dilema ético del uso de la violencia, llamada entonces “la partera de la historia”, mediante una metáfora del propio Karl Marx que hoy nos parece estúpida y brutal.

En otras latitudes el problema suscitó encarnizadas batallas que enriquecieron el acervo espiritual y ético de muchos países. Para mencionar apenas un episodio significativo entre muchísimos, Albert Camus y Jean Paul Sartre partieron cobijas para siempre a raíz de una discusión sobre el estalinismo y sobre el carácter aceptable o no de las formas de lucha terroristas que se usaban en la Guerra de Liberación de Argelia. En Colombia la cosa fue a otro precio, mucho más costoso en últimas para el país. La élite local tomó el camino fácil de banalizar la cultura, volviéndola “costura&r...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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