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Reseñas

Carta a un demonio en Los Ángeles

By the way, Red Hot Chili Peppers

By the Way, Red Hot Chili Peppers. Wea, 2002.

Hola allí. Tanto tiempo sin noticias tuyas (es decir: sin buenas noticias tuyas) y aquí va una noticia mía que no sé si es mala o buena pero, seguro, es divertida: sí, me compré el último disco de los Red Hot Chili Peppers (lo que, supongo, te causará un malicioso regocijo) y, no, no me hice mi primer tatuaje aún (ni pienso hacérmelo). Hace como un mes vi una entrevista al tatuado cantante de los Red Hot Chili Peppers (rhcp a partir de ahora) y el tipo justificaba tanta tinta sobre su piel con un “de vez en cuando es necesario autoprovocarse dolor para saber de qué se trata”. Yo (que suelo desconfiar de cualquier verbo que venga con un auto adelante porque, sí, son verbos chocantes, chocadores) no demoré en cambiar de canal. No estaba de humor masoquista para escuchar a masoquistas (bastante masoquista uno se ve obligado a ser por el simple hecho de haber nacido en un mundo sádico y en un país que para qué te voy a contar). Pero vamos a lo que nos interesa: lo cierto es que, entonces, hasta hace más o menos un mes, poco y nada me interesaban los rhcp. Nunca había comprado algo de ellos, nunca había ido a un concierto de ellos y, sí, había visto unos cuantos videos divertidos de ellos (ése en plan expresionista à la Caligari, el que es como un videogame), pero no lo suficiente como para obligarme a hacer algún gesto o movimiento en su dirección.

Por otra parte, el cantante [a quien se lo puede ver de niño haciendo de hijo de Stallone en F.I.S.T. (1978): “Pásame la leche”, es su única línea en toda la película], siempre me recordó una versión joven de Iggy Pop, a quien detesto. Y el bajista siempre me irrita cuando aparece en papeles cortos de grandes películas como El gran Lebowski. La estética Pop (de Iggy) es una estrategia que siempre asocié a esas bandas tan hormonales y adrenalínicas y falsamente transgresoras (como Pop) que solían tener tanto éxito en mi hoy inexistente país de origen, en aquellos tiempos en que iban todos a formidables festivales con estrellas for export y for import y nadie pensaba en el patrock: el rock patriotero y barrial y nac y pop que tantas alegrías le da al pueblo lo que es del pueblo; es decir: nada. Y, bueno, lo confieso: a mí me interesa más la East Coast que la West Coast y jamás me tragué eso de que Brian Wilson es un genio y Pet Sounds es mejor que Revolver, por favor. Así que, bueno, yo iba mucho a N.Y. y nada a L.A. Estuve nada más...

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Rodrigo Fresán

Buenos Aires, 1963), escritor argentino radicado en Barcelona.

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