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Los colegas de Shakespeare

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Aunque la mayoría de los literatos presenta una incoercible inclinación a formar grupos, la historia suele conceder más importancia al individuo que al montón. Los escasos grupos literarios conocidos sobresalen por su calidad, pero sobre todo por su rareza. Aparte de que en Bloomsbury y en Sur, para citar dos casos representativos, puede presentarse una coincidencia extraordinaria de celebridades, se podría afirmar también que estos círculos engendraron en su desarrollo sus propias características y llegaron a determinar el comportamiento de sus integrantes. Más que un hecho fortuito, lo que se produjo en realidad fue una suerte de obra en común. Un mediocre grupo literario, para decirlo de algún modo, puede entenderse no como la suma casual de ciertos aportes individuales, sino como una creación colectiva. El carácter peculiar que adquieren los círculos literarios se logra por un nivel que, mediante un acuerdo tácito, sus integrantes deciden imponer. Esto explicaría que el comportamiento pacífico de los miembros de un grupo, individualmente considerados, llegue a contrastar en ocasiones con la disposición intolerante y agresiva de la reunión de todos, de la misma manera como un compuesto químico puede contradecir a veces las características de los elementos que intervienen en su formación.

Buena parte de los círculos literarios suele dirigir sus críticas a la sociedad donde realiza su obra, y especialmente a la indiferencia general. Se desconoce, sin embargo, que en el destino de un escritor pueden influir más las personas cercanas que el resto de la población. La gente a la que se considera torpe e insensible, preocupada sólo por la riqueza, puede ser la que crea y mantiene las condiciones materiales de existencia adecuadas para que un grupo de ociosos se dedique a cantar el paisaje y los crepúsculos. Los compañeros de grupo, en cambio, mediante elogios y censuras, gobiernan el trabajo individual y lo guían de modo imperceptible hacia ciertos valores que la cofradía ha decidido privilegiar. La verdad es que los literatos pertenecientes a un grupo demuestran, en sus escritos, más la estética de la discusión conjunta que el resultado del rechazo abierto a su medio. Un solitario corre el riesgo de perderse, por supuesto, pero al final le queda la satisfacción de haber sido fiel a sí mismo y de haber expresado lo que quería decir. La perdición de la secta, por su parte, adquiere otro estilo y se rige por otros propósitos. Cuando un círculo de literatos concep...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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