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Coda

Prohibitum fructum

Una entrevista con monseñor Bernardo Merino y el poeta Eduardo Escobar.

—No. No te preocupés. Esto por aquí es muy sano. Lo de los secuestros es por la misma carretera, pero más abajo —me dijo por teléfono el poeta nadaísta Eduardo Escobar.

Con ese precedente cogemos carretera a San Francisco bordeando, en descenso, El Tablazo: espátula de la cordillera oriental, donde se incrustaban con relativa frecuencia los DC3 cuando venían a Bogotá. Intempestivamente ante nuestros ojos se abre el occidente, desplegando una maraña de montañas entrelazadas, piensa uno, desde el principio de los tiempos. Seguimos bajando y en alguna curva una valla nos anuncia el cruce a San Francisco. La tierra caliente nos invade, y los bogotanos abrimos las ventanas para respirar oxígeno y sentir el olor a naranja que tanta falta nos hace allá arriba. En el pueblo, la iglesia mira a una plaza cobijada por cauchos gigantescos. Algunos viejos sentados en las bancas del parque recuerdan algo, como suele suceder en los pueblos de tierra caliente. Un niño corre con un helado blanco de hielera casera, y bota al aire un talego plástico que, con la brisa, se arremolina buscando su puesto junto al resto del mugre en la acera de la iglesia. Nosotros seguimos.

Cada vez la carretera se estrecha más. Los helechos de palma boba la bordean entre matorrales de bellelenas rosadas y rojas. Hay naranjos, guanábanos, pomarrosos y mangos. Eduardo sale a recibirnos. Varios perros vienen ladrando; el más saludador y feo es uno agusanado, orejón y de voz estridente. A Eduardo lo acompaña un hombretón de sombrero alón: alto, buenmozote, de unos 60 años.

Somos presentados, y monseñor Bernardo Merino saluda con voz granulosa y espeso sonsonete paisa. Nos sentamos en la terraza que mira hacia las montañas aplastadas por un cielo de leche tibia. Destapamos el vino y meto al horno las berenjenas a la parmesana preparadas por mí en la víspera para la ocasión.

—Cuando confiesa, ¿usted verdaderamente cree que tiene el poder de perdonar los pecados? —le pregunto a monseñor Merino.

—Cuando me sentaba a confesar, yo me sentía investido del derecho de declarar al penitente absuelto de sus pecados, según lo que me enseñó la Iglesia y que yo acepté. Como un juez absuelve, en nombre de la ley, el padre absuelve en nombre del Señor. Yo confesaba con convicción. Pero en el curso del ministerio me fui cansando de la confesión porque descubrí que el que más se confiesa es el que menos lo necesita y el que lo necesita no arri...

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Alexandra Samper

Ha publicado el poemario 'La siesta', el volumen de cuentos 'Piel de durazno' y una biografía de José María Espinosa.

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