Google+ El Malpensante

Crónica

Cómo atropellar un perro

Un testimonio de Lizzy Cantú

Hay accidentes que ocurren a solo 40 kilómetros por hora. Sus consecuencias a menudo son imprevisibles.

© Franco Vogt • Corbis

 

De pronto el perro estaba debajo de mi automóvil. Su cuerpo parecía hacerse añicos contra las ruedas y sus huesos crujían bajo las dos toneladas de hierro del chasís. Lo había atropellado. A cuarenta kilómetros por hora: una velocidad adecuada para recorrer un parque, pero sádica si es que aplastas un cuerpo. Era una tarde de abril en una esquina del barrio de las Mitras, en Monterrey, México, cuando el labrador amarillo y fornido emergió de sabe dios dónde corriendo más rápido que mi vehículo y mis reflejos. Fue tan veloz como inesperado. Antes de que yo pudiera pisar el freno con toda mi fuerza, él ya lamentaba su mala suerte o lo que fuese que nos había reunido allí, en el mismo metro cuadrado de la ciudad, en ese segundo exacto de la tarde, yo en un coche, él distraído. Crash. Todo accidente de tránsito es una coincidencia que produce malos recuerdos. Una relación violenta donde solo existe el desenlace.

Esa tarde, desde la vereda, un grupo de albañiles observaba sorprendido el encuentro. Detuvieron su chacota, voltearon a mirar. Una muchacha en pantalones cortos y sostén negro se precipitó inútilmente detrás del animal. (¿Estaría vistiéndose cuando tuvo que salir de casa?) Unos segundos después, el perro aún aullando se liberó de la presión del coche y escapó calle abajo dando vueltas como un loco. Nadie se movió. Ni los albañiles ni las hojas de los árboles. Solo la muchacha del sostén negro corría en pos de su mascota. No sé cuándo volví a respirar con normalidad. Al rato, ella regresó igual de atolondrada y desvestida, sin aliento, aunque sonriente. Todo estaba bien, me dijo, y ya podía irme. Había encerrado al sobreviviente. Luego se despidió como un juez que absuelve, magnánimo, al culpable. Pero el recuerdo era tan fuerte y castigador que me pregunto si es que acaso no había sido yo la verdadera víctima de ese accidente.

Hay una fotografía antigua donde los primeros duques de Windsor tienen la expresión terrorífica de quienes acaban de verse cara a cara con la muerte. Están abrazados. Wallis Simpson tiene el semblante apesadumbrado y sombrío. A Eduardo VIII lo domina el rictus de quien contiene el horror dentro de sí. Pero aquella imagen solo es una prueba de estudio del espanto que puede causar en algunos la simple idea de que un perro acaba de ser atropellado. El día que los iba a fotografiar, el célebre Richard Avedon creyó que aquellos miembros de la realeza británica tenían un aspecto demasiado amoroso como para acceder a la inmortalidad de un retrato. Así que les contó una mentira apropiada. Inventó que el taxi en el que había llegado a la sesión acababa de atropellar a un perro en la calle. Los rostros de los modelos se transformaron. “Porque amaban a los perros mucho más de lo que amaban a los judíos”, diría después el fotógrafo. Un perro atropellado es una tragedia incluso cuando ésta ni siquiera ha ocurrido. Poco importa que la mascota sea propia o ajena o imaginaria, como la que afligió tanto a los duques. Avedon lo sabía. “Si no reconociéramos [en la fotografía] a los Windsor, y nos dijeran que se trata de los padres de una víctima del 11/9, leeríamos estos rostros de otra manera”, escribió un crítico del New York Times cuando se expuso esa imagen en un museo de aquella ciudad. Pero en sus rostros la noticia era otra. Había muerto un perro.

Dos horas después de haber atropellado al labrador amarillo, recién se me pasaron la tembladera y los nervios. Entonces todo parecía otra vez normal, excepto por esa sensación que aún revive en mi estómago cuando recuerdo lo frágiles que son los cuerpos ante los fierros de un coche. En un mundo castigado por la superpoblación (de personas, de vehículos, de perros) es inevitable que unos y otros colisionen entre sí como piedras en el espacio. En México, por ejemplo, donde hay casi trece automóviles por cada diez perros ya existe un monumento al perro callejero. El lugar debe de ser un catalizador de recuerdos sangrientos y culposos. Atropellar a una mascota (o ser testigo de ese hecho) es una tragedia vulgar, recurrente, cotidiana. ¿Entonces por qué nos sigue produciendo tanto horror?

Un antiguo novio todavía recuerda con rencor el día en que un automóvil atropelló a su perra Dalila frente a su casa, hacia fines de los años ochenta. Entonces él era un niño regordete y vio cómo pasaban sobre su mascota todas las llantas del arma en movimiento. Dalila se libró de ese incidente, pero no de uno posterior. El suyo parece uno de esos casos perfectos para atribuirle la culpa a lo que suele llamarse “el destino”, si no fuera porque se trata de una historia demasiado corriente. Lo trágico, en aquel suceso, más bien podría ser que un niño haya tenido que crecer con esa escena cruenta marcando sus recuerdos de infancia. Nada puede ser igual después de que un perro ha sido atropellado. En la película Dead Dog, el romance de una pareja fracasa luego de que el perro de él es atropellado mientras ella lo cuidaba. Un can muerto es un amor muerto. Demasiado simbólico. Demasiado doméstico. Quizá por eso ningún noticiero cuenta historias así, por más que cada día la sangre y la fragilidad de decenas de perros en la vía pública evidencien ese discreto horror que solo parece tener sentido en las conversaciones entre familiares y amigos. Esta semana, al ir y volver de mi oficina, pasé al menos ocho veces frente al cadáver despanzurrado de un perro sin que nadie hubiera hecho nada por retirarlo. Por lo menos en algunas regiones de la superpoblada China, donde la carne de ese animal forma parte de la canasta familiar básica y donde los automóviles reemplazan a las omnipresentes bicicletas, quienes atropellan a un perro suelen tener la delicadeza de llevarse el cadáver para cocinarlo en la cena. Pero nadie podría acusarlos de salvajes o indolentes. Les ahorran el horror de ser testigos de la escena a los que viajan por esa vía. Les ahorran el castigo de tener que recordar lo que jamás pensaron que podrían ver.

Hay un protocolo de urbanidad y buenas maneras que se aplica cuando se ha atropellado a un perro. “Deténgase, sea precavido, pero humano. Los animales heridos pueden morder”, dice el Lewisboro Answer Book, una guía suburbana publicada en Connecticut. Después, se agregan los teléfonos de la Policía estatal y de la perrera. Pero el libro se reserva los consejos sobre asuntos de mayor importancia. ¿Cómo comportarse ante los dueños ofendidos? ¿No son ellos capaces de ejecutar venganzas terribles? Mi madre, una perricida accidental y fugitiva, tuvo que cambiar la ruta por la que iba a su trabajo durante meses luego de haber atropellado involuntariamente a una mascota y de que su dueño la persiguiera enfurecido durante más de cuatro calles. “Imagínate si me hubiera detenido”, decía ella. Pero, ¿qué pasa si atropellas un perro?, le pregunté a un abogado de México. ¿Hay que pagar una indemnización? ¿Te pueden enviar a la cárcel? “En caso de que te demanden los dueños –me dijo–, reparas el daño y ya está. El perro es considerado como propiedad ajena”. ¿Y cómo le pones precio a una mascota? ¿Qué pasa con el “daño moral” causado a sus propietarios? El abogado reformuló mi pregunta con un poco de sorna: “¿Quieres saber si podrías reclamar el valor sentimental de un perro en un juicio? Los daños morales –añadió– son cosas de países desarrollados”.

Y en Estados Unidos, ese paraíso de la demanda civil, una familia de Oregon demandó a su vecino por poco más de un millón y medio de dólares porque éste había atropellado a Grizz. Era un labrador cruzado con cocker spaniel que fue sacrificado luego del accidente, en 2004. Los Greenup, como se apellidaban los deudos, buscaban una indemnización por “pérdida de compañía”. El juez descartó ese cargo, pero en el proceso quedó bien claro que un perro estaba muy lejos de ser una simple propiedad. “Las personas tratan a sus mascotas de manera diferente que a sus televisores o automóviles...; quienes no se alterarían frente a la pérdida de un auto, lo harían ante la pérdida de un perro”, explicó el abogado de los agraviados por esos días. Pero acaso la tragedia sea otra. Nos resistimos a aceptar que, aun cuando se trate de una mascota, lo que en verdad nos aterra es que allí, enfrente del automóvil o debajo del chasís o aun elevado por los aires a causa del golpe, hay un cuerpo que ha sido tocado por la muerte. Una muerte que hemos provocado los que nos consideramos “inocentes”.

La víctima canina más famosa de la era de internet murió en una pista de carreras. Ocurrió en mayo de 2008, durante el Gran Premio de Turquía, cuando el piloto Bruno Senna arrolló ante cientos de espectadores a un perro que había invadido el circuito. Un mes después del accidente, medio millón de internautas habían visto el video y dividían sus simpatías entre el piloto y el anónimo difunto. “Debió hacerse a un lado para no matarlo”, opinaba un usuario que ignoraba que, a más de 240 kilómetros por hora, cualquier cambio de dirección es muy riesgoso. “No hay perros inocentes –escribió otro–. En mi caso, yendo en moto vi a un perro en la cuneta y reduje la velocidad para no asustarlo. ¿Qué hizo? Cruzó la carretera delante de mí y me partí una pierna por no pillar al sarnoso de mierda”. Bruno Senna, cuyo tío murió en un accidente, debió abandonar esa carrera cuando iba en el sexto puesto. “Parece irreal que algo así pueda suceder en un evento de Fórmula Uno –dijo esa vez–. Uno espera que un accidente o la jubilación te elimine. No esto”. ¿Pero acaso el conductor cuenta con muchas alternativas?, me pregunto al recordar la manera en que yo misma atropellé a ese labrador amarillo, en Monterrey.

“Detrás de una pelota viene un niño”, advertía mi padre cuando mis hermanos y yo aprendimos a conducir. ¿Y los perros? ¿Qué advertencia los precede? Esos locos intempestivos que terminan muertos o lisiados provienen, por lo general, de una reja mal cerrada o de una correa que alguien no sujetó con fuerza (cuando no se trata de animales que alguien abandonó). El conductor casi nunca tiene oportunidad de ver si se abrió un portón o si se soltó un collar. Todo perro encerrado es un suicida en potencia, un candidato a colisionar con esos cuerpos más fuertes que repletan el mundo. La culpa nunca es del animal. En Inglaterra lo saben. Allí el propietario debe cargar con una multa por negligencia y, por lo tanto, con la culpa de ser el responsable de lo que hace su mascota. Y así debo considerar a aquella muchacha del sostén negro que iba tras su labrador amarillo la tarde en que mi coche y yo pasamos por allí. El perro solo era víctima de su propia dueña. Lo habría sido aun si un automóvil jamás se cruzaba en su camino.

Anoche estuve otra vez a punto de estrellar mi automóvil. Iba a toda velocidad rumbo a casa de mi mejor amiga para ver si alcanzábamos a regresar de nuestra escapada antes de que su marido volviera del trabajo, cuando tuve que pisar el freno muy fuerte. Encendí las luces intermitentes y maldije en voz baja. ¿Qué diablos tenía que ocurrir para que a las once de la noche de un miércoles el tráfico se detuviera en la avenida de mayor velocidad de Monterrey? Un accidente. En el asfalto había un cuerpo grande y macizo iluminado por el brillo de los postes y los automóviles. Era un hombre. Lo habían atropellado. Por allí también estaba un joven que se estrujaba las sienes con violencia. Era el responsable y su actitud solo demostraba su desesperación. Es terrible morir cuando se está cruzando una avenida. También lo es matar cuando ése no era tu objetivo. La víctima muere. Tú vives para recordarlo.

Página 1 de 2

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Lizzy Cantú

Se desempeñó como editora adjunta de 'Etiqueta Negra'. Actualmente es editora adjunta de 'Viù!', el semanario femenino que se publica todos los domingos con el diario 'El Comercio'.

Agosto de 2011
Edición No.122

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Huesos y pelo


Por Pilar Quintana


Publicado en la edición

No. 194



Un cuento  [...]

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores