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El Malpensante

Política

Paz

Algunos piensan que es factible alcanzar un estadio de concordia entre los hombres. El abajo firmante lo pone francamente en duda.

Otro imposible: la paz. Podría apostar mi propia piel a que apenas cayó el primer homínido del árbol se puso a esperar a que cayera el segundo para molerlo a garrotazos. O por lo menos eso hizo hasta que se desplomó una hembra con la que engendró varias criaturas que con el tiempo se empezaron a degollar unas a otras.

El sello de la violencia es una marca imborrable del género humano, ya que quizá una de las cosas que más complace a cualquier hombre es ver a los otros en notable inferioridad, y la forma más rápida y eficaz para lograrlo es apelando a los golpes y a las armas. Después de todo, nuestro mismo organismo es un tumulto interno y una eterna guerra sin cuartel de fenómenos químicos e ideas contradictorias, algo que nos indica que el mundo exterior no es otra cosa que un espejo de nuestras propias luchas intestinas. Los pocos momentos de tregua, tanto del organismo humano como de las guerras, no pasan de ser meros ahorros temporales de sangre que se aprovechan para rearmarse del mejor modo posible.

Para que se inicie una guerra o, lo que es lo mismo, una invasión de saqueo que prive a la agricultura de sus mejores manos, basta con que se haga correr un rumor o una cerca que delimite dos parcelas de tierra; para lograr la paz tendría que haber un árbitro pendiente las veinticuatro horas de que la cerca no se corra un milímetro de su lugar original, o un amputador de chismes de tiempo completo. De ahí emana que los tratados de paz, esos arrumes de documentos que todos mencionan pero que nadie ha leído jamás, se redacten según lo haya resuelto con anticipación la belicosidad.

Y es que, a decir verdad, ni porque se pusiera a dormir al mismo tiempo a todos los hombres que pueblan la faz de la tierra habría tranquilidad: por lo menos la mitad se soñarían persiguiendo o siendo perseguidos por sus enemigos. ¿Acaso quién, si se le diera la oportunidad, no cambiaría su insípida vida de oficinista por la de un Aquiles, un Héctor, un Diomedes, un Temístocles, un Alejandro o un Aníbal? ¿O por casualidad existirá alguien convencido de que la gloria se puede lograr sentado en un cubículo de trabajo, donde el mayor trofeo al que puede aspirar es el alivio de unos tragos oficinescos de fin de semana y el lánguido consuelo de la quincena en el bolsillo?

Admitámoslo de una vez: nos encantan las disputas, las tragedias y las confrontaciones, todavía más cuando no participamos directamente en ellas y nos enteramos de cómo ...

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Anderson Benavides

Ha sido librero en diferentes momentos. Actualmente desarrolla aplicaciones para el sitio www. matrakait.com. Se define a sí mismo como "pesimista trascendental".

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