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Coda

El impuesto a la tierra

El procedimiento más sencillo de evitar impuestos en Colombia es legal: consiste en comprar tierra. ¿Por qué será que las penurias actuales del Estado colombiano no lo llevan a gravar más la tierra? La que sigue es la opinión personal de un miembro de la Junta Directiva del Banco de la República.

La prosperidad y el buen gobierno de las naciones más avanzadas en el mundo se basaron inicialmente en la tributación local y después en el impuesto a la renta. Los consejos vecinales representaban a los ciudadanos que contribuían. Los problemas comunitarios eran enfrentados con aportes justos que hacían los individuos de acuerdo con su riqueza y con el beneficio que derivaran de las obras públicas. Entre otros muchos logros, la tributación local financió la educación universal y la supresión del analfabetismo en las comunidades que así se organizaban para asegurar y mejorar su futuro.

El legado centralista español y la posterior experiencia independiente forjaron en Colombia —en toda América Latina también— una raquítica organización estatal en el ámbito local. Los incentivos perversos creados por las limitaciones de la representación conducen a que los ciudadanos se conviertan en oportunistas: pretenden escapar de sus obligaciones tributarias, pero al mismo tiempo intentan capturar los beneficios del gasto público. En vez de perfeccionar la democracia representativa y la conducta responsable de los contribuyentes, la práctica ha sido que los impuestos se esconden en el precio de las importaciones, en el valor agregado de los productos que consumimos y en la inflación que penaliza a los más pobres. Los impuestos que efectivamente se pagan se retienen en su fuente para los asalariados y se cobran en las empresas y comercios para entrar en el precio final de sus artículos; sin embargo, se evaden en un 35% del potencial en los de renta, patrimonio, predial y en el de herencias, todos los cuales son responsabilidad de las clases propietarias. Por eso son pocos los grupos de presión que discuten y negocian abiertamente cuánto contribuyen de impuestos y cuánto reciben de gasto público. Predomina el sigilo tributario y, al mismo tiempo, el vociferío para capturar las rentas públicas. Es una pirinola que tiene sólo dos caras: todos reciben, nadie pone. Por eso también son tan populares las transferencias, las regalías y la emisión monetaria para financiar al gobierno de turno.

En las comunidades rurales, si es que se puede hablar de comunidades, los propietarios de fincas manipulan los concejos, se aseguran de que el catastro no se actualice y no hacen contribuciones, mientras que tratan de que el gasto central, las transferencias y las regalías por algún recurso no renovable remplacen sus responsabilidades. Es el contraste entre el escuálido pueblo y la bella finca ...

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Salomón Kalmanovitz

(Barranquilla, 1943) fue codirector del Banco de la República y actualmente es decano de la Facultad de Economía de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

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