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Literatura

Tres cartas desde la prisión

Traducción de Antonio García Maldonado y Laura Naranjo Gutiérrez

Crímenes, vejaciones y una literatura perversa rodean la imagen de Sade. En estas misivas, dirigidas a su esposa y a su suegra, el Divino Marqués alza la voz en su defensa.

Ilustración de Diego Patiño

 

Nacido en una familia noble de Provenza, la vida de Donatien Alphonse François de Sade (París, 1740-Val de Marne, 1814) se entrelaza con la turbulenta historia del siglo XVIII.

Su precoz carácter caprichoso e insolente hizo que el padre lo enviara al castillo de Saumane, para que su hermano, el abad de Sade, lo criara en lo que él pensaba que serían principios más rectos. ¡Cuán equivocado estaba! Allí vivirá rodeado de libros y un ambiente libertino que el abad no se esforzará en ocultar. Joven militar de alto rango, pronto comenzarán sus problemas con el dinero, menos por gestión negligente de sus propiedades como por su estilo de vida disipado.

La preocupación del padre encontrará consuelo en la búsqueda de una esposa que, junto con una dote considerable, pueda dar estabilidad económica y emocional a su hijo. Tras las consultas pertinentes, creyó haber encontrado una candidata en Renée-Pélagie, hija del matrimonio de los Montreuil.

Pocos motivos faltaban a la suegra, conocida como la Presidenta, para desconfiar del marqués: no solo de cara a la sociedad eran denigrantes para su apellido la actitud y los escándalos de su yerno, sino una fuente de inagotables conflictos dentro de los muros de su residencia, donde Sade cortejaba sin remilgos a su cuñada.

Esta degradación de la relación con su poderosa suegra es la que hace que los dos escándalos más importantes de la vida del marqués tengan desenlaces tan distintos. Si en Arcueil, donde el marqués fue acusado de todo tipo de vejámenes a una prostituta, encontró la protección de la Presidenta, la historia será muy distinta durante el proceso en Marsella, donde fue acusado de intoxicar con caramelos de cantárida a unas muchachas con las que pasaba la noche. Será su suegra quien consiga que, tras escapar e iniciar su exilio en Italia, el proceso continúe y el rey no olvide la afrenta. Tal es su poder que logra hacer encerrar a Sade, tras atraparlo en una de sus ocasionales visitas a su castillo de Lacoste, pese a que el proceso había sido revisado a su favor. Entonces comienza otra de sus etapas carcelarias, que esta vez duraría doce años repartidos entre el torreón de Vincennes y La Bastilla.

Durante este largo encierro, en el cual escribió las cartas que aquí se publican, se producen los grandes cambios en su vida. No cuenta con influencia ni verdaderos amigos para cambiar su suerte, y la merma de su poder es directamente proporcional al aumento del de su suegra. Pierde propiedades, cargos, la relación con sus hijos, y a su mujer, quien tras años de una paciencia difícilmente explicable lo abandona.

Dice la leyenda que durante esta reclusión el marqués de Sade fue causante del estallido social que acabaría con la Toma de La Bastilla. Espoleado por las condiciones en que se encontraba y previendo que el ambiente era propicio, comenzó a gritar por las ventanas que las autoridades estaban asesinando a los presos, para alentar la rebelión que estallaría días después. Él ya no estaría allí, pues el gobernador pidió su traslado. Y fue durante dicho traslado cuando se perdió gran parte de los manuscritos que había escrito durante su cautiverio. A principios del siglo xx fue hallada una de las obras más controvertidas de su período en La Bastilla: Las 120 jornadas de Sodoma. Allí la reclusión forzosa tiene su eco literario en el castillo donde se desarrollan las jornadas de la novela, y que Sade convierte en la catedral del libertinaje.

Su vida de anciano recluso no se diferencia en lo sustancial de la de sus años mozos. Relaciones sodomitas con reclusos mucho más jóvenes, intempestivas cartas a las autoridades en las que insiste en pedir su libertad, permanentes quejas a sus administradores por la falta de recursos. Al mismo tiempo se encarga de dirigir la compañía de teatro del sanatorio, donde utiliza a los enfermos como actores y representa algunas de sus obras. Sus últimos meses de vida están marcados por el descrédito, la pelea con sus hijos, la ruina y la enfermedad, y sin embargo mantendría casi hasta el último aliento las pasiones que le hicieron un ser de lo más desgraciado: la literatura y el libertinaje.

La vida de Sade es mucho más que todo lo escrito sobre él y los escándalos que generó en una sociedad en trasformación. Nunca creyó estar subvirtiendo ningún orden, incumplir ningún precepto moral. Y es esta incomprensión hacia su actitud vital lo que más le afectó y alejó de sus contemporáneos.

Las cartas muestran a un hombre que no veía contradicción entre sus actos más polémicos y la atención vigilante al rendimiento de sus tierras o al devenir de su progenie. Un hombre que pide mantas para sus noches o el favor de su suegra para que alarguen sus paseos carcelarios. Un hombre en permanente queja, que consigna al detalle las carencias que sufre, y en cuyos reclamos entrevemos al Sade real, tras la máscara que le han colocado con la ayuda del irrefrenable libertino. La imagen que la historia nos ha transmitido de Sade hace que la lectura de su rutina, de su aspecto menos épico o escandaloso, sea un acto de transgresión.

—Antonio García Maldonado

I

Vincennes, 18 de abril de 1777

Te contesto con mi acostumbrada puntualidad, querida mía, así que nada más fácil que contar mis cartas y ver si te falta alguna: te basta con contar las tuyas.

Me permiten que te escriba, faltaría menos. Si no lo hicieran, conociendo tus sentimientos hacia mí y por miedo a inquietarte, me las ingeniaría para que no te dieras cuenta. Pero dime, te lo ruego, qué quieres decir cuando me dices: “Si no puedes escribirme, ¿por qué no dictas?”. Sin duda piensas que tengo varios secretarios a mis órdenes. ¡Ay, qué lejos estoy de tamaño lujo, yo, que apenas puedo colmar mis necesidades más acuciantes! Hay un hombre, siempre muy tenso, que aparece en mi celda cuatro veces al día: una al amanecer, para preguntarme cómo he dormido (tan atento es), y las otras para traerme la comida, etc. Siete minutos exactos, íntegros, son en total el lapso exacto que pasa conmigo en esas cuatro visitas. Y luego, se terminó: revienta, si quieres, de aburrimiento y de pena; a nosotros no nos importa en lo más mínimo.

Haz el favor de decirme, te lo suplico, si es posible aguantar por mucho tiempo la cruel vida que llevo. Me doy cuenta de ello y añado que habrá motivos para que se arrepientan de haber empleado conmigo tal exceso de rigor desproporcionado y tan inadecuado a mi persona. Dicen que es por mi bien. Ingeniosa frase, en la que se intuye el lenguaje ordinario de la imbecilidad reinante. ¡Por el bien de un hombre lo exponen a la locura, por su bien quiebran su salud, por su bien lo alimentan con lágrimas de desesperación! Confieso que hasta ahora he sido incapaz de mostrarme agradecido y sentir ese bien... “Os engañáis –dicen afectadamente los tontos–, os obliga a reflexionar”. Es cierto, obliga a hacerlo. ¿Pero sabes cuál es la única reflexión que ha hecho crecer en mí esta infame vesania? Grabada a fuego la tengo en el alma, y es la de huir en cuanto pueda de un país en el que los servicios de un ciudadano no sirven para atemperar un error puntual, un país en el que la falta de decoro recibe la misma pena que un crimen, un país en el que una mujer, solo porque cuenta con la sospecha y la mentira, encuentra la hartera fórmula para que la inocencia dependa de una seria enfermedad. ¡Pero qué importa, con tal que la Presidenta esté feliz de que su orondo marido diga: “Está bien, está bien, eso le hará reflexionar”. Adiós, corazón mío, mantente firme y quiéreme un poco: este pensamiento es el único que puede atemperar todas mis penas.

Adiós, nuevamente, mi buena y querida amiga... He aquí una carta bien extensa que acaso no recibas porque no está escrita a la liliputiense. No importa, de todos modos alguien la leerá, y quién sabe si eres tú, entre todos cuantos deben leerla, a quien realmente la despacho.

Lo que me cuentas de tus hijos me complace. No te imaginas cuánto me gustaría abrazarlos, por mucho que no pueda hacerme ilusiones al respecto –pese a mi candidez–, a tal punto que dejo de sufrir por momentos gracias a ellos.

Al releer esta carta no dudo de que no te llegará, prueba irrefutable de la injusticia y el horror de todo lo que se me hace padecer, pues si en lo que sufro no hubiese nada que no fuera justo y simple, ¿por qué habrían de temer que te lo dijera? De todos modos, no te escribiré más si no tengo cumplida respuesta a la presente; ¿de qué sirve escribirte cartas si no las recibes?

Sade

Ilustración de Diego Patiño
II

20 de febrero de 1781
(fragmento)1

Aclaremos la expresión “divertirse con unas muchachas”, que veo que espanta a los que sienten no poder inculparme de todas las calumnias que me atribuyen. Todas mis aventuras se reducen a tres.

No hablaré de la primera: corresponde por completo a la señora Presidenta de Montreuil, y si hubiera que castigar a alguien sería a ella. Pero en Francia no se castiga a quienes poseen cien mil libras de renta; en lugar de eso se les ofrendan pequeñas víctimas que engullen con la voracidad propia de aquellos que se alimentan con la sangre de los desgraciados. Por eso estoy en la cárcel.

La segunda aventura es la de Marsella, y me parece que tampoco tiene sentido referirla. Creo que quedó bien constatado que solo se trató de un asunto de libertinaje y que todo lo que se juzgó como criminal para satisfacer la venganza de mis enemigos de Provenza y la codicia del canciller, que quería mi cargo para su hijo, no fue más que una mera invención. Así, pues, la doy por concluida con la reclusión en Vincennes y el exilio de Marsella.

Pasemos entonces a la tercera. De antemano te pido perdón por los términos que me veo obligado a emplear; los suavizaré como mejor pueda. Además, entre marido y mujer es posible, cuando la ocasión lo exige, expresarse con un poco más de libertad que entre desconocidos o meros amigos. También te pido perdón por mis confesiones, pero prefiero que me consideres un libertino a un criminal. He aquí mi culpa al desnudo y sin cambiar un ápice [...]

Viéndome obligado a pasar un tiempo en solitario en un castillo muy apartado, casi siempre sin ti, y siendo el peor de mis defectos (hay que reconocerlo) amar quizá demasiado a las mujeres, me dirigí a Lyon donde una m... muy respetada y le dije: quiero llevarme a tres o cuatro muchachas como sirvientas, que sean jóvenes y bonitas. Esta m..., Nanon, que así se llamaba, me ofrece a las muchachas, por lo que yo me las llevo y me sirvo de ellas. Al cabo de seis meses sus padres vienen a reclamármelas, asegurando que se trata de sus hijas, y yo se las devuelvo. ¡Y de pronto me veo sometido a un proceso por rapto y violación! He aquí la mayor de las injusticias. Me entero de la norma que rige este asunto: está expresamente prohibido en Francia que las m... ofrezcan a muchachas vírgenes, y si la joven lo es y se queja, no es al hombre que la ha solicitado, pues hace lo que todos los hombres, sino a la m… a quien ha de castigarse rigurosamente en el acto. Es ella quien la ha ofrecido, aun sabiendo que le está expresamente prohibido. Pero como los padres no tenían nada que ganarle a esa m…, esperaban sacarme a mí el dinero. Pero en fin, sigamos.

Otras tres jóvenes, que ni mucho menos tenían edad ni condición para ser reclamadas por sus padres, habitaron, semanas antes o después, el castillo de Lacoste.

La primera de estas tres jóvenes se llamaba Du Plan y era una bailarina de la Comédie de Marsella. Vivió en el castillo sin esconderse, bajo el título de gobernanta, y cuando se fue también lo hizo públicamente. Más de un año después volví a encontrármela en la Comédie de Burdeos, y seguía viviendo en un pueblecito de provincias cuyo nombre me dijeron cuando viajé a Aix. Así que ningún problema con ella. La segunda vino de Montpellier y se llamaba Rosette. Se quedó alrededor de dos años escondida en el castillo. Como al cabo de este tiempo se aburrió, manifestó su voluntad de partir y juntos acordamos que escribiría a un hombre que conocía, un carpintero de Montpellier y, creo yo, su casero en esa ciudad, quien vendría a recogerla al pie de los muros del castillo. El día acordado, el hombre llegó y yo mismo le entregué a Rosette. Subió a la joven a un mulo que había traído, le entregué seis luises de oro y ahí quedó la cosa. Resulta que la llamada Rosette, a la que vi de todas las maneras posibles, o para ser honestos, en toda la extensión del término, fue quien convenció a la tercera, de nombre Adélaïde, para venir a hacer lo que ella había hecho, asegurándole delante de dos o tres mujeres que, salvo por la soledad, solo tendría elogios para mi proceder. Sin su recomendación, la otra, que no me conocía, nunca habría venido conmigo. Adélaïde llegó y se quedó hasta el tercer escándalo de la señora de Montreuil, cuando el maestro de postas de Courthézon se la llevó consigo. Y ésa es la suerte que corrió la tercera, bien constatada. Durante mi situación de rebeldía, otras dos o tres jóvenes cocineras vivieron en el castillo de Lacoste en diferentes ocasiones, pero apenas entraron y salieron. Entre ellas se encontraba también una sobrina de esta m... Nanon de la que acabamos de hablar, a la que metimos en el convento. La señora de Montreuil la sacó de allí y sabe muy bien qué fue de ella. Y eso es todo. Ésa es mi confesión, igual que la haría ante Dios si me encontrara en el artículo de la muerte.

¿Qué podemos resumir de todo esto? Que el señor de Sade, al que se acusa sin dudar de atrocidades pues se le tiene tanto tiempo en prisión, y quien tiene sobradas razones para quejarse, ha hecho lo que todo el mundo; que se las ha visto con unas jóvenes muy viciosas u ofrecidas por una m... y que, en tales casos, ningún esfuerzo ha debido desempeñar para seducirlas; y que al final es a él a quien castigan y hacen sufrir como si fuera culpable de los más horribles crímenes.

Éstos son todos mis supuestos delitos, lo que tengo que objetar y demostraré su falsedad, lo juro, con pruebas y medios tan fiables que será absolutamente imposible negar su evidencia. Por lo tanto, solo soy culpable de simple y puro libertinaje, el mismo que todos los hombres practican, más o menos en razón de su mayor o menor temperamento o de las inclinaciones que la naturaleza les haya otorgado. Todo el mundo tiene sus defectos, no hace falta compararlos: tal vez mis verdugos salgan perdiendo si lo hacemos [...].

Sí, soy un libertino, lo reconozco; he pensado todo lo que puede pensarse a este respecto, pero no he hecho todo lo que he pensado y seguramente no lo haré jamás. Soy un libertino, pero no soy un asesino ni un criminal y, como se me obliga a situar mi apología junto a mi justificación, he de decir que puede que quienes con tanta injusticia me condenan como tal no estén en condiciones de contrarrestar sus infamias con buenas acciones tan evidentes como aquellas con las que yo contrarresto mis errores. Soy un libertino, pero tres familias domiciliadas en tu barrio han vivido de mis limosnas durante cinco años, y las he salvado de las garras de la indigencia. Soy un libertino, pero he librado de la muerte a un desertor, abandonado por todo su regimiento y por su coronel. Soy un libertino, pero en presencia de toda tu familia, en Évry, arriesgué mi vida para salvar a un niño que iba a ser atropellado por las ruedas de una carreta tirada por dos caballos, abalanzándome yo mismo sobre él. Soy un libertino, pero nunca he comprometido la salud de mi esposa. Nunca he sucumbido a las otras ramas del libertinaje, a menudo tan fatídicas para la fortuna de los hijos: ¿los he arruinado a causa del juego o de otros gastos que hayan podido privarles de un solo día de su herencia? ¿No he sabido administrar mis bienes, mientras estuvieron a mi disposición? En una palabra, ¿he mostrado en mi juventud un corazón capaz de las perfidias que hoy se me suponen? ¿No he amado siempre todo lo que debía amar y a quienes debía tener en estima? ¿No he amado a mi padre? (Ay, aún lo lloro todos los días.) ¿Me he portado mal con mi madre? ¿Y no fue cuando venía a recoger sus últimos suspiros y a darle la última muestra de mi afecto cuando la tuya me arrastró hasta esta horrible prisión donde me deja languidecer desde hace cuatro años?

En definitiva, que se me examine desde mi más tierna infancia. Tienen cerca a dos personas que la conocen, Amblet y la señora de Saint-Germain. Que se pase de ésta a mi juventud, que puede haber sido observada por el marqués de Poyanne, ante cuyos ojos transcurrió. Y que se vea, se consulte, se informe si alguna vez he dado pruebas de la ferocidad que se me supone, y si alguna mala acción ha servido para anunciar los crímenes que me atribuyen. Así debe ser. Es evidente: el crimen tiene sus grados. ¿Cómo suponer entonces que de una infancia y una juventud tan inocentes haya pasado de súbito a convertirme en el peor de los criminales? No, tú no lo crees. Y los que hoy me tiranizan con tanta crueldad, ellos tampoco: la venganza ha seducido su espíritu, se han entregado ciegamente a ella, pero tu corazón conoce el mío, lo juzga mejor y sabe bien que es inocente. Estaría encantado de ver que un día lo reconocen, pero la confesión no compensará mis tormentos, y no me hará sufrir menos... Resumiendo, quiero que se me desagravie, y así será, cualquiera que sea el momento en que me liberen. Si fuera un asesino, no llevaría tanto tiempo aquí, y si no lo fuera, ya me habrían castigado en demasía y estaría en mi derecho de pedir razones.

Es ésta una larga misiva, ¿verdad? Pero me la debía a mí mismo y me la había prometido para cuando se cumplieran mis cuatro años de sufrimiento. Acaban de expirar, y aquí la tienes: escrita como si me hallara a punto de morir, para que, si la muerte me sorprende sin que tenga el consuelo de abrazate por última vez, pueda, al momento de expirar, remitirte a los sentimientos expresados en esta carta como los últimos que te dirige un corazón celoso de llevarse a la tumba, al menos, tu estima. Tú perdonarás su desorden, no es buscado ni espiritual: solo debes ver en él la naturalidad y la verdad. No te pido que me respondas en detalle, sino tan solo que me digas que has recibido mi carta magna: así la llamaré; sí, así la llamaré. Y cuando te remita a los sentimientos que contiene, volverás a leerla... ¿Me entiendes, querida amiga? Volverás a leerla y verás que aquel que te amará hasta la tumba ha querido firmarla con su sangre2.

Sade

  

III

Breve correspondencia con
Mme. de Montreuil

Vincennes, febrero de 1797

Entre todos los medios posibles que la venganza y la crueldad pueden elegir, convenga en que ha optado usted, señora, por el más horrible de todos. Fui a París para recoger los últimos suspiros de mi madre; no llevaba otro propósito que verla y besarla por última vez, si aún existía, o llorarla, si ya había dejado de existir. ¡Y ese momento fue el que usted eligió para hacer de mí, una vez más, su víctima! ¡Ay, en mi primera carta le preguntaba si encontraría en usted una segunda madre o un tirano: no me ha dejado mucho tiempo en la incertidumbre! ¿Acaso así enjugué sus lágrimas cuando usted perdió a su padre, al que tanto quería? ¿No halló entonces mi corazón tan sensible a sus dolores como a los míos propios? ¡Ni aun cuando yo hubiera ido a París para desafiarla o con algunos proyectos que pudieran haberla hecho desear mi alejamiento...! Pero mi segundo propósito, después de los cuidados que mi madre requería, no consistía más que en aplacarla y calmarla, en entenderme con usted, para tomar con respecto a mi asunto todos los caminos que le hubiesen convenido y que usted me habría aconsejado. Además de mis cartas, Amblet, si es franco (cosa que no creo), debe de habérselo dicho. Pero el pérfido amigo se ha puesto de acuerdo con usted para engañarme, para perderme, y bien que lo han conseguido. Al llevarme se me dijo que era para concluir mi asunto y que la detención era, debido a ello, fundamental. ¿Puedo, de buena fe, ser el pavo de la boda? Cuando en Saboya empleó usted los mismos medios, ¿se emprendió lo mínimo por mí? ¿Han producido mis dos ausencias, cada una de las cuales ha durado un año, las más leves diligencias? ¿No está bien claro que lo que usted desea es mi pérdida total y no mi rehabilitación?

Por un instante quiero creer, con usted, que a fin de evitar un espectáculo siempre enojoso era necesaria una orden de prisión, ¿pero tenía que ser tan dura, tan cruel? ¿No satisfacía el mismo objeto una orden que me desterrara del reino? ¿Y no me habría yo sometido sin la menor vacilación, pues por mi propia iniciativa acababa de ponerme en sus manos, dispuesto a acatar todo lo que usted exigiese? Cuando le escribí a Burdeos, pidiéndole dinero para pasar a España y usted me lo negó, tuve una prueba más de que no era mi alejamiento lo que usted deseaba, sino mi detención; cuanto más recuerdo las circunstancias, más me convenzo de que su intención nunca ha sido otra.

Pero me equivoco, señora. Amblet me ha hecho conocer otra intención suya, y ésta es la que voy a satisfacer. Me ha dicho, indudablemente de parte de usted, que la pieza más adecuada y necesaria para acelerar el fin de este desdichado asunto es un certificado de defunción. Es necesario proporcionárselo, señora, y le aseguro que dentro de muy poco lo tendrá. Como no multiplicaré mis cartas, debido tanto a la dificultad de escribirlas como a la inutilidad que ellas padecen ante usted, la presente contendrá mis últimos sentimientos, tenga la seguridad de ello. Mi situación es horrible. Jamás –usted lo sabe–, ni mi sangre ni mi mente han podido soportar un encierro cabal. Por un encierro mucho menos severo –también lo sabe– he arriesgado mi vida para liberarme. Aquí estoy privado de tales medios, pero me queda uno del que nadie, seguramente, me privará, y voy a aprovecharlo. Desde el fondo de su tumba, mi desventurada madre me llama: me parece verla abriéndome por última vez su seno y conminándome a volver a él como el único asilo que me queda. Para mí es una satisfacción seguirla tan de cerca y como última gracia pido a usted, señora, que me pongan junto a ella. Una sola cosa me retiene; es una debilidad, lo reconozco, pero debo confesársela. Habría querido ver a mis hijos. Pensaba que iba a ser un placer tan dulce ir a besarlos después de verla a usted. Mis nuevas desgracias no me han arrebatado este deseo, y todo hace presumir que me lo llevaré a la tumba. A usted encomiendo mis hijos, señora. Quiéralos, por más que haya odiado a su padre. Deles una educación que los preserve, de ser posible, de las desdichas a que la negligencia de la mía me ha arrastrado. Si ellos conocieran mi triste suerte, su alma, formada por la de su tierna madre, los precipitaría a las plantas de usted, y sus manos inocentes se elevarían, sin duda, para apaciguarla. Esta imagen consoladora nace de mi amor hacia ellos; pero nada conseguiría, y me apresuro a destruirla ante el temor de que origine demasiado enternecimiento en instantes en que todo cuanto necesito es firmeza.

Señora, adiós.

_____________
1. Esta es la carta más extensa de cuantas escribió Sade mientras estuvo en prisión. En ella repasa los crímenes que se le imputan y ofrece una refutación de los mismos. Su longitud impide publicarla completa aquí. (N. del E.)
2. Según el poeta surrealista y biógrafo de Sade, Gilbert Lely, la carta está, en efecto, firmada con sangre. (N. de los T.)

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Donatien Alphonse Françoise De Sade

Autor de "Justine o los infortunios de la virtud", "Historia de Aline y Valcour" y otras numerosas novelas, cuentos y piezas de teatro. Fue encarcelado por el Antiguo Régimen, por la Asamblea Revolucionaria y por el régimen napoleónico, pasando veintisiete años encerrado en diferentes fortalezas y manicomios.

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