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Literatura

Tucholsky, primer lector de Kafka

  

Casi tan difícil como explicar la pasión que uno siente por una mujer que todos consideran fea es justificar el amor por un escritor desconocido. Y presentar a Tucholsky a través de una reseña de Kafka no ayuda particularmente: este nombre eclipsa aquél y entonces no es posible hacerle justicia. Pero Tucholsky no es un desconocido.

Hijo de una pudiente familia judía, nació en Berlín en 1890 y no podía ser de otro modo: tenía aquella burda facilidad de palabra, aquella simpática grosería de la respuesta rápida y descarada de la que todo berlinés se enorgullece. Toda la obra de Tucholsky sale de ahí. Empezó a publicar muy pronto, y muy pronto se convirtió en uno de los intelectuales más combatientes, más leídos y más vapuleados por la derecha alemana de la República de Weimar (1919-1933), aquel fracasado experimento político posterior a la Primera Guerra Mundial que terminaría con el advenimiento de Hitler. Tucholsky fue grandioso y popular en varias cosas, de las cuales uno no sabe qué poner en primer lugar: periodista temible, comentarista político profético, escritor de sátiras, inventor de chistes clásicos, compositor de canciones de cabaré, novelista, poeta, crítico de música, de cine, de literatura…

De las novelas de amor de la literatura alemana toda, la más feliz es El palacio de Gripsholm. Una historia de verano (1931) de Tucholsky, que cada adulto debe leer al menos una vez por año. (Malas noticias: la traducción castellana es lamentable.) En una época de poetas sorprendentes –Bertolt Brecht, Gottfried Benn, Else Lasker-Schüler, Erich Kästner–, él es el más grande. Kurt Tucholsky fue, y nunca dejará de ser, uno de los grandes amores literarios de Alemania.

Durante su vida publicó más de 3.000 artículos, más de la mitad de ellos en la legendaria revista de política, cultura y economía Die Weltbühne (“El escenario mundial”), uno de los principales órganos de izquierda en Alemania durante el período de entreguerras, y uno de los primeros en ser prohibidos a la llegada del Partido Nazi al poder. Su vigor literario era tan intenso que, con el fin de no inundar los medios con su nombre, Tucholsky se vio obligado a inventar cuatro pseudónimos, para muchos en Alemania nombres tan naturales como los que tienen los miembros de la selección nacional de fútbol: Kaspar Hauser, Peter Panter, Theob...

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Hernán D. Caro A.

Ha escrito para Arcadia. Prepara en la universidad Humboldt zu Berlin un doctorado en Historia de la Filosofía.

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