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Reseñas

Todo tiempo pasado fue Pink Floyd

Echoes: The Best of Pink Floyd, Pink Floyd. EMI, 2001.

¿Qué es, hoy por hoy, eso que llamamos rock? Un negocio, una industria, una máquina de vomitar dinero. Un rápido vistazo a algunas de las tendencias dominantes tal vez nos ayude a explicarlo mejor: en primer lugar, ya no hay tendencias dominantes; artistas y grupos nacen, se reproducen y mueren antes de que tú, mi querido lector, termines de leer esta frase; trigueñas artistas latinas teñidas de amarillo salen a la conquista de su pedazo de pastel del mercado anglosajón; la televisión arma artificialmente grupos juveniles que devienen en sensación mediática en la mejor tradición de The Monkees (ya ni nos sorprende que se imite a unos imitadores); decenas de bandas hacen referencia en sus canciones a las hazañas de sendos asesinos en serie demostrando con creces que la simpatía por los Manson, Berkowitz, Speck, Bundy, Gein, Ramírez y Fish, entre otros, asusta pero vende; el post-rock (es decir, un rock concebido después de la muerte natural del rock) más que un nuevo lenguaje para un género muerto se ha convertido en la última tabla de salvación de aquellos que ya no buscan tararear canciones enteras sino retazos, fragmentos, pedazos, hilachas, sobrantes, jirones, ideas a medio acabar; los sellos independientes son engullidos (con todas sus promesas a bordo) por insaciables multinacionales que ofrecen como novedad lo que huele a rancio; millones de revistas repiten hasta la saciedad datos nimios sobre intrascendentes figuritas que creen que escandalizar es decir palabrotas de cuatro letras; se desempolvan viejos éxitos con lo que se confirma que el pasado es algo que le sucedió a la humanidad hace tres segundos y que el futuro sucederá en otros tres. Un, dos, etcétera. Es justo agregar que artistas y grupos como Laika, Nick Cave & The Bad Seeds, Massive Attack, Spleen, Moonshake, Beck, Yo La Tengo y tantos otros, permiten abrigar cierta —lo escribiré aunque me ardan los dedos— esperanza.

No estoy tratando de decir que todo tiempo pasado fue mejor pero sí creo que, hoy en día, no existen pintores como Francis Bacon, escritores como James Joyce, brujos como Aleister Crowley y grupos como Pink Floyd. Pensándolo bien: ¿para qué otro cuadro como Crucifixión, otro monólogo como el de Molly Bloom, otra secta como Magick y otras canciones como “Astronomy Domine”, “Echoes”, “Set the Controls for the Heart of the Sun”, “One of these Days”, “Comfortably Numb” o “Shine on you Crazy Diamond”? ¿Ya no tuvimos bastante? ¿Queremos seguir viviendo después de abandonar esta piel y estos huesos? ¿Queremos la segunda taza de caldo? En fin, volviendo a aterrizar y aunque parezca exagerado, hay que decir que Pink Floyd esculpió algunas de las esculturas sonoras más impresionantes de la historia de la música rock y que produjo, de 1967 a 1979, auténticos saltos sensoriales que nos hicieron sospechar de las argumentaciones defectuosas que, hasta entonces, habían explicado el mundo rockero. Como dijo —en otro contexto, claro está— Albert Camus: “En un mundo súbitamente despojado de luz y de ilusiones, el hombre se siente extranjero”. Y esas voces, esos coros, esos solos instrumentales, esos viajes de un parlante a otro, esas imágenes que estallaban en nuestras mentes adolescentes nos hicieron melancólicamente felices pero también, la verdad sea dicha, nos dejaron aturdidos y solos. Por supuesto, y como cualquiera que tenga un dedo de frente podrá comprobar, el tiempo y el dinero —Time, Money— hicieron sus estragos y Pink Floyd —nuestro Pink o al menos mi versión de Floyd— terminó convertida, en la década de los ochentas y noventas, en una banda sin rumbo, una caricatura sin gracia, una vulgar máquina contestadora. Veamos quiénes eran esos chicos visionarios y porqué se extraviaron esos vejetes.

Hijos de la marea sicodélica californiana que alcanzó a mojar las playas británicas a mediados de los años sesenta, los Pink Floyd contribuyeron a elevar el estrepitoso, vital y transgresor sonido del rock a la categoría de Arte. Sus guiones sonoros en donde se mezclan indistintamente voces, coros, silencios, notas musicales, ruidos y efectos constituyeron una suerte de tiovivo que no dejó de sorprender a los desprevenidos jinetes. Bautizados como Pink Floyd en homenaje al dúo de countryblues conformado por Pink Anderson y Floyd Council, la verdad es que el grupo coqueteó con el rhythm and blues antes de hincar el diente definitivo en el ácido lisérgico. Syd Barret (voz y guitarra), Roger Waters (bajo), Nick Mason (batería) y Rick Wright (teclados) se propusieron en The Piper at the Gates of Dawn (1967) hundir a los espectadores en el propio fondo de sus sillas sumergiéndolos en un viaje sin precedentes por el universo audiovisual. Sus conciertos eran guitarras, teclados, bajos y baterías, pero también —y sobre todo— pantallas líquidas, baños de luz, visiones sonámbulas de un mar de colores que giraba eternamente en los cerebros de los testigos. Tras el previsible deterioro psíquico de Barret (señalado precursor del glam rock, quizás el más célebre de todos los reclusos que ha dado el rock and roll y quien cargaba a cuestas la enorme responsabilidad de volver pesadillas sus sueños), apareció en escena el guitarrista David Gilmour, quien se encargó, junto a Waters, de reordenar la estrategia y encaminar la nave espacial hacia terrenos jamás imaginados por el hombrecito de la calle. Así nacieron obras como A Saucerful of Secrets (1968), More (1969), Ummagumma (1969), Atom Heart Mother (1970), Meddle (1971), Obscured by Clouds (1972), The Dark Side of the Moon (1973), Wish you Were Here (1975), Animals (1977) y The Wall (1979); todas ricas en sugerencias hipnóticas, todas fascinantes por lo etéreas, todas tan apegadas a la perfección que llegaban, incluso, a aburrir por lo deslumbrantes, a desesperar por lo monumentales (“wagnerianas” las llamó el profesor David Szatmary en su libro A Time to Rock), a cansar por la suma de todas las cualidades habidas y por haber.

La contradicción como única posibilidad para entender la voluble condición humana pareció ser, durante algún tiempo, el paradigma expuesto por Waters y Gilmour; contradicción en la que se licuaban —estratégicamente— resentimiento, para-noia, pérdida, audiencias y ventas millonarias, soledad, alienación, locura y vacío; contradicción que hace pensar en la primera palabra que, según su madre, pronunció el escritor George Orwell a la edad de dos años: “brutal”. Era obvio que tanto dolor, tan bellamente descrito y tan rentable suscitara heridas reales y que la aventura terminara. Mientras Waters insistió en el camino de la autoflagelación (ya había dado muestras del estado de su autoestima en The Final Cut de 1983) al frente de proyectos en solitario como Radio Kaos, Gilmour y los demás se dedicaron, sombrero en mano, a recoger los frutos comerciales del desgarro. Y es que cada nuevo disco de Pink Floyd —en especial, A Momentary Lapse of Reason (1987) y The Division Bell (1994)— acabó siendo impecable desde el punto de vista técnico pero inaguantable en el terreno de los pensamientos: una caja preciosa que ocultaba otra caja preciosa que ocultaba tres cerebros fundidos.

En Echoes: the Best of Pink Floyd está toda esta desigual pero entrañable historia: desde la deliciosa “See Emily Play” hasta la soporífera “Marooned”, desde la maravillosa voz de Clare Torry que desciende del cielo en “The Great Gig in the Sky” hasta la voz de Stephen Hawking que se eleva desde su silla especial/espacial en “Keep Talking”. En las 26 canciones de este álbum doble están ellos pintados y estamos pintados, de alguna manera, quienes crecimos con la guitarra de Gilmour haciendo añicos nuestras dudas juveniles, el saxo de Dick Parry rompiendo la monotonía de las clases de Comportamiento y Salud, o la voz de Richard Wright cantando desde el fondo del tarro de desperdicios de nuestra historia común: “Eres joven, la vida es larga y hay tiempo para malgastar/ Y entonces, un día descubres que han pasado diez años/ Nadie te dijo cuándo correr, perdiste el pistoletazo inicial”.

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Carlos Patiño Millán

Es profesor asociado de la Escuela de Comunicación Social en la Universidad del Valle.

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