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Cine

Aquellas rosas del fango

A finales de los cuarenta, el cabaret se convirtió en protagonista de todo un género del cine mexicano. Este recuento de películas de la época vuelve sobre las muchas versiones de la diva cabaretera: puta, ilusa, voluptuosa.

© Tomado de Cartéles de la Época de Oro del Cine Mexicano

 

Cuando don Federico Gamboa, señor de bigote de manubrio y de almidonado cuello, tituló Santa a su novela mexicana con prostituta homónima, quizá se apoyaba en una subconsciente y pseudobaudelairiana sacralización de la pecadora mercenaria, haciendo de la “falta original”, reiterada como oficio, una forma de, digamos, otra santidad, y del burdel un templo de lo profano secretamente sagrado.

Desde sus comienzos el cine mexicano se apropió del personaje para atraer los “bajos instintos” del espectador y, por el precio de un solo boleto, tranquilizarle la buena conciencia a la hora de arrodillarse ante el confesionario. Si la carrera de Santa daba la oportunidad de asomarse a un fascinante cielo prostibulario, al final venía el Destino en forma de castigador cáncer y se llevaba de la pantalla a la mujer multipecadora para que aprendiera a comportarse.

No hemos visto la primera y muda Santa fílmica, interpretada por Elena Sánchez Valenzuela y dirigida en 1918 por Luis G. Peredo; la imaginamos cargada de trances, desmelenamientos y acongojantes sentencias en letreros, pero Santa volvió en 1931 con voces y música, con Lupita Tovar y Antonio Moreno, actriz y director importados de Hollywood ex profeso. En una sucesión de cuadros dramáticamente inertes, la campirana muchacha era deshonrada por un apuesto oficial, salía maldecida del nido familiar, se iniciaba sin placer en el negocio del placer y era idolatrada por el pianoplayer ciego Hipólito, que no veía el cuerpo de ella pero intuía su alma y, auxiliado por la musa de Agustín Lara, le cantaba en arrobo místico: “Santaaa, Saaanta mía…”.

Hallado el astuto modo de ofrecer simultáneamente al espectador la seducción y la moralina, de ahí en adelante la puta sería una diosa de la “pantalla de plata” siempre que aceptara emitir el fulgor del vicio a cambio de un final amargo y amonestador. Si en Santa la última salida del burdel se abría a una sórdida sala de hospital en una de cuyas camas solo había tiempo de practicar los rezos sollozantes, en La mujer del puerto la puerta del burdel se abría hacia el colérico...

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José de la Colina

Reside en México. Es un permanente colaborador de la revista Letras Libres y el autor de 'Libertades imaginarias'.

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