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El Malpensante

Literatura

De cómo llegué a escribir Deborah Kruel

Una novela de espías nazis, con chismorreos de corredor en un juzgado promiscuo y submarinos acechando el Caribe colombiano, eso es Deborah Kruel. En vísperas de una nueva edición, el autor narra la génesis de su exquisito delirio tropical.

© Corbis

 

El poeta y escritor ya desaparecido, Jorge García Usta, me preguntó alguna vez cuáles serían los elementos a considerar en la génesis de la producción literaria de un escritor que se había quedado viviendo en la costa. La respuesta se diluyó porque los dulces árabes que en ese momento degustábamos nos hicieron cambiar de conversación y por último reconocí que mi paladar no tenía tradición árabe, pero sí mora, como todos los hijos de la Conquista.

Después, cavilando, pensé si haber nacido frente a una bahía prodigiosa, la de Santa Marta, me condicionó. En realidad me siento un escritor sin connotaciones locales que escribe en español, pero los temas, no lo niego, son reiterativos y los espacios geográficos donde se desenvuelven pertenecen a la costa Caribe colombiana.

“El mar, el mar, sin cesar empezando”, dijo Paul Valéry. Sin embargo, era un tanto sorprendente para mis ojos infantiles que el baño de mar fuera tan restringido. Ni las mujeres de mi familia, ni las de mis amigos se bañaban conmigo en el mar. Más aún, el sol y el mar eran los enemigos naturales de algo muy alabado por los poetas y muy considerado por todos: la belleza alabastrina. “Sé blanca y sé triste / lo demás no importa/”, decía el poeta Barreneche, una gloria local, en las coronaciones de las reinas cívicas. Fieles a ese mandato, las muchachas de clase media y alta no se dejaban ver en el camellón sino a partir de las cinco de la tarde portando sombrillas. Con los brazos entrelazados cantaban “Vereda tropical” mientras lanzaban miradas coquetas a los contertulios del Park Hotel. Algunas usaban aquellos peinados de ondas ascendentes. A la que más se destacaba, blanca lechosa y de un bucle y otro y otro en ascenso, la bautizaron “mar de leva”. Por eso cuando apareció aquella muchacha, que leía revistas gringas, salía en bata de baño dos cuadras antes de la playa, pasaba frente al palacio episcopal y se daba largos baños de mar y de sol bronceándose, la ciudad no soportó la transgresión. La bautizaron “diablito frito” y “brudubudura” (por una crema bronceadora) y una silbatina la acompañaba a su...

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Ramón Illán Bacca

Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2004 por su artículo "Voces de Barranquilla", publicado en El Malpensante No. 46. Ha publicado las novelas 'Marihuana para Goering'.

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