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Elogio del bar

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Un escritor joven, antes de garrapatear su primera página memorable, debe tratar de permanecer el mayor tiempo posible en el bar. No existe otro lugar donde pueda aprender tanto sobre el oficio, pues en él se ha concentrado, sin duda, buena parte de la literatura actual. Puesto que por allí pasan todos los tipos y todos los caracteres posibles, también resulta natural que se discutan los asuntos cruciales que merecen aparecer hoy en una obra literaria. Una prolongada y activa permanencia en el bar, por tal razón, resulta más fructífera que el más profundo de los estudios teóricos sobre la literatura. En caso de no asistir a una escuela tan privilegiada, el escritor joven no tendría manera de conocer los trucos para lograr ser publicado, las influencias para asistir a un congreso o a un recital, los requisitos para aparecer en una antología. La gran verdad es que la suerte de la literatura nacional se define, semana tras semana, en una mesa llena de copas. Cuando se habla sobre la literatura de un pasado reciente, pocas veces se conocen las ideas de un escritor, pero lo que todos saben siempre es con quiénes solía brindar con frecuencia. Los académicos e historiadores, pese a la solemnidad con que suelen abordar sus asuntos, denominan abiertamente a este grupo de bebedores consuetudinarios con el nombre de generación. De modo que, aunque la crítica desconozca el verdadero valor de un escritor, sabe sin embargo con certeza el puesto que ocupaba en el bar.

Ahora bien, si la estadía tiende a prolongarse más de lo debido y el aprendiz empieza a ceder su condición de joven promesa de las letras, no ha perdido mayor cosa, pues al fin y al cabo allí irán a parar también los escritores maduros, especialmente si escriben mal y empiezan a sentirse fracasados. De modo que un joven, sin haber escrito nada, puede alcanzar la misma condición del que ha malgastado su vida entera escribiendo. Si se mira bien, además, este tipo de competencia beneficia más a éste que a aquél. Es evidente que posee más ventajas el mal escritor que no escribe, que el mediocre que ha publicado en abundancia; de éste, para su desgracia, quedan pruebas evidentes. Además, el escritor que jamás condescienda a la vida bohemia debe recorrer un largo y tortuoso camino para descubrir, al cabo del tiempo, las decepciones que cualquier principiante borracho conoce casi desde el principio.

El modo como se abordan las vidas ajenas en un bar, esa capacidad para resumir en unas cuantas palabras una vida entera, constituye un recurso que debe más al a...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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