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El Malpensante

Teatro

Discrepancias sobre la creación en grupo

Tres vueltas al teatro

La creación colectiva aparece como el principal –sino el único– aporte colombiano al teatro. ¿Cuánto hay de cierto en esta afirmación? Según parece, no mucho.

Huelga, de Albio Paz, dirigida por Santiago García • ©Archivo personal Santiago García

 

1.

Decía Artaud, al explicar su “teatro de la crueldad”, que para que el teatro se instalara en el epicentro de una sociedad y la moviera de manera telúrica necesitaba como de una peste, algo que subvirtiera las comodidades y las costumbres. Cualquiera reconoce que hay momentos en los cuales la fe no es suficiente y hay que cambiar de referentes o de dioses. Este artículo es algo así como un exorcismo.

Primero que todo, debo señalar que soy hombre de teatro y que, como tal, no escribo contra el teatro –esto sería hacerlo contra mí mismo y contra mi naturaleza–, sino contra quienes han hecho del teatro en Colombia un modus operandi repleto de imposturas. Y debo resaltar que a pesar de haber sido calificado, o mejor, descalificado como enemigo del teatro por muchos colegas desde que pronuncié apartes de este ensayo en un congreso sobre la creación en grupo en el Festival de Teatro de Manizales, sigo insistiendo en que los enemigos del teatro, si los hay, son aquellos que, escudándose en una supuesta partida de fe y de mística hacia el oficio, han convertido la práctica teatral en un espacio de transacciones lastimeras, de quejas y reclamos, de la megalomanía y la egofilia.

Todos ellos combaten contra una supuesta “estética institucional” que les quiere ver produciendo un tipo de teatro en serie, equilibrado y para solaz de la galería, cuando lo que en realidad se reclama, ante la parquedad de la calidad y la escasez de las propuestas, es rigor, riesgo, documentación, actualización, reconocimiento sobre las migraciones de los públicos y contra la pornomiseria que degrada al teatro a los confines de lo que se pueda gracias a los escasos pero asegurados apoyos institucionales.

 

2. 

En la academia nos dijeron que la historia del teatro colombiano fue oscurantismo, provincia, trivialidad y nadería hasta la llegada, a comienzos de los cincuenta, de un maestro de las tablas llamado Seki Sano, discípulo directo del gran ruso Konstantin Stanislawski. Sano fue deportado a los tres meses por la dictadura de Rojas Pinilla, que, según parece, descubrió que no era el tipo adecuado para formar a los actores de la naciente...

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