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El Malpensante

Iceberg

En la ciudad de la furia, Las leyes de Willy: un bis, Un decálogo más, que nos llegó tarde e Y otro excelente, para documentalistas

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Ideas, apuntes, críticas, tendencias, habladurías

Estudiantes marchando por la Carrera Séptima, el 12 de octubre de 2011

 

En la ciudad de la furia

En los últimos días, algunas calles bogotanas han colapsado por marejadas de familias rebosantes de espíritu y prima navideña. Días atrás, la población que se apretujaba por las principales vías del país tenía muy distintos perfiles y muy distintas razones: primero, los estudiantes se tomaron las calles para protestar contra la reforma a la Ley 30; después, un grupo mucho menos numeroso pero más mediatizado (y más parecido a los paseantes navideños) marchó en contra del secuestro, como respuesta a la ejecución de cuatro soldados secuestrados por las Farc. 

Todas estas movilizaciones representan incomodidades mayores. La marcha de las antorchas del 3 de noviembre fue ejemplarmente tranquila, pero además de su gran valor simbólico, logró la bobadita de poner patas arriba todo el tráfico bogotano un jueves en plena hora pico (y si algo es capaz en esta ciudad de alterar a la gente es la movilidad). El punto es que la marcha –quizá incluso por ese efecto de caos– resultó efectiva. El Gobierno atendió el reclamo popular y frenó provisionalmente la reforma a la Ley 30. No hubo muertos ni graves disturbios ni saqueos. Como quien dice, las cosas transcurrieron en paz.

Bien es cierto que a nadie le gustan los trancones y vivir en la ciudad de la furia. Pero quizá esos sean los menos graves entre todos los males posibles (sobre todo si uno se para a considerar las consecuencias históricas de haber sofocado la protesta en el pasado). 

Honrando a la verdad, habría que decir que no todo ha sido color de rosa. En la marcha siguiente, el 10 de noviembre, se sintió con más fuerza el desorden que puede alcanzar una masa de estas dimensiones. En medio del aguacero y las arengas, no faltaron los rayaparedes y revientavidrios. A uno de ellos (fuimos testigos del incidente), una señora le pidió amablemente que no le pintara la casa, que su puerta no tenía la culpa de la reforma a la Ley 30, a lo que el joven estudiante respondió “¡Vaya a leer, infórmese, estudie!” (¿?)

Pese a comportamientos y “razones” como ésta, pese al desorden, al caos y el despelote ...

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