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Doctor en química

Un recuerdo de Primo Levi

Traducción de Guillermo Angulo

En tiempos en que el Holocausto había perdido prioridad para las editoriales, La tregua, un "bellísimo libro" sobre el tema, firmado por un químico turinés, se coló en el catálogo de Einaudi. Aquí la historia detrás de esa publicación. 

 

Durante la primavera milagrosa de 1963 salieron de la cornucopia de Einaudi libros que hicieron época, cada uno de los cuales en otro tiempo hubiera podido salvar por sí solo el balance de un año. Salían como muchachos que van a la escuela cada uno por su cuenta, a quienes la madre ni siquiera les había llenado la lonchera: El conocimiento del dolor de Gadda, La jornada de un interventor electoral de Calvino, El Archivo de Egipto de Sciascia, El chal andaluz de Elsa Morante, Léxico familiar de Natalia Ginzburg, Memorias de Adriano de la Yourcenar y la Historia de la República de Saló de Deakin.

Un frío día de marzo me encontré sobre la mesa de trabajo el borrador de La tregua, libro de un químico turinés del que no había oído hablar. Empecé a leerlo diligentemente. Al fondo de la primera página, como un redoble de tambores en un concierto de Beethoven, la aparición de los cuatro jóvenes soldados rusos que avanzan cautelosamente en el láger abandonado a sí mismo. Los “rostros burdos y pueriles bajo los gruesos cascos de piel”, suspendidos sobre “sus enormes caballos, entre el gris de la nieve y el gris del cielo”, porque el camino estaba por encima del campo. Leí un poco más abajo su reflexión sobre “la naturaleza indistinguible de la ofensa, que se extiende como un contagio. Es insensato pensar que la justicia humana la extinga. Es una fuente inagotable del mal: destroza el cuerpo y el alma de los sometidos, los apaga y los vuelve abyectos; reaparece como infamia sobre los opresores, se perpetúa como odio en los sobrevivientes, y pulula de mil maneras, contra la misma voluntad de todos, como sed de venganza, como entrega moral, como negación, como cansancio, como renuncia”.

Hasta un aprendiz de tendero habría comprendido que el libro, aunque en forma de hojas volantes, tenía el tono y la sustancia de un “clásico”. Una tarde el autor se asomó a la puerta de la oficina de prensa. Era un hombrecito sobre los cuarenta, seco, tímido, modesto, de pocas palabras. Dirigía una fábrica de pintura por los lados de Settimo. Desde la autopista se podían ver los muros de un galpón sin pretensiones; más allá de los muros sobresalían unos silos, tuberías, postes. Parecía una f...

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