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Mi teta izquierda

Al salir del colegio, la autora recibió como regalo de grado un par de tetas nuevas. En este testimonio recorre más de veinte años de relación con esos 125 gramos de silicona.

© Science Picture Co • Science faction • corbis

 

Cuando tenía diecisiete años y terminé mi bachillerato, en 1988, me dijo mi mamá: “De grado te voy a regalar unos senos. Ya te tengo la cita donde el cirujano que se las puso a mis hermanas –ocho de ellas– y apenas salgás a vacaciones te las ponés, para que entrés a la universidad y nadie se dé cuenta”.

Para finales de los ochenta se estaba empezando a poner de moda en Medellín el asunto de las tetas grandes. Primero se las pusieron las señoras pudientes que, como yo y parte de mis familiares, venían con un gen imperfecto que no les permitía desarrollar las glándulas mamarias estilo Cosmopolitan que se merecían sus maridos. Luego empezaron a ponérselas las más jóvenes: mis amigas que salían con comerciantes emergentes y pilotos muy prósperos. Con el nuevo mercado, bajaron los precios, y al poquito tiempo cualquiera que fuera una talla menor de 34 pedía, en lugar de viaje o una fiesta de quince, una cirugía plástica de aumento de senos.

Aunque muchas de mis mejores amigas andaban con traquetos, yo estaba destinada a ser más como mis tías: una profesional discreta, con un buen trabajo de ocho a seis en una empresa del Sindicato Antioqueño, viviendo en una casa de unidad cerrada de estrato cinco o seis, y con un buen marido que se enamorara de mí con tetas; sin embargo, ese futuro ya se veía un poquito empañado desde que me hice echar de dos colegios de monjas, entré a mi primer grupo de teatro y aprendí a fumar marihuana.

Sin darle muchas vueltas, pedí y recibí mi regalo de grado más como una promesa que me abriría el camino para encajar en el lugar que genéticamente me correspondía, pues aunque ya había sido seducida por universos paralelos, no podía dejar de lado todo lo que había aprendido desde siempre, y lo único que sentía era que no cabía en ningún lugar del planeta: que no era lo suficientemente hermosa para ser popular, pero que mi vida era demasiado cómoda para tener alguna excusa y ser rebelde.

El día que presenté mi último examen del colegio fuimos donde el médico para la valoración. De esa visita al cirujano me acue...

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Comentarios a esta entrada

Constanza Ruiz

Me encantó, pero hay dos hechos que carecieron de reflexión: Que estuvo 23 años sin renovar las prótesis, ya que se deben tener máximo 10 años, y que cuando se enteró de que estaban a punto de reventar, no actuó de ninguna forma.

e 1

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Su comentario

Silvia Córdoba

Estudió comunicación social en la Universidad Pontificia Bolivariana y trabaja como cordinadora del Festival de Cine de santa Fe de Antioquia.

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