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Breviario

Políticas en el New Yorker

Poco después de asumir la dirección del prestigioso semanario neoyorquino, David Remnick hizo un breve repaso de sus credenciales y criterios. Por considerarlos de interés, reproducimos una nota que se hizo sobre ellos en el Columbia Journalism Review, edición de septiembre-octubre de 1998, titulada "No queremos olvidar la hilaridad".

Según Ben Bradlee, David Remnick “no cayó en el patrón de creerse el mago de la escritura sobre política estalinista, como cualquier dueño de información privilegiada del Kremlin. Salió a la calle y habló con mucha gente”. Bradlee tiene por qué saberlo. Fue el jefe de Remnick desde 1982 hasta 1992. El exalumno de Princeton, que creció en Hillsdale, Nueva Jersey, vino al Washington Post como practicante, luego cubrió las secciones de deportes y de crónica roja local, y fue a graduarse en la sección de Estilo antes de convertirse en la segunda persona más importante en el bureau del Post en Moscú. Y llegó en el momento preciso. Mijail Gorbachov caía ante sus ojos, y la vida de Remnick se alteró, como él lo recuerda, “en ese paisaje absurdo y romántico, cargado de política”. En 1992 se convirtió en escritor de planta del New Yorker; dos años después ganó el premio Pulitzer con su libro acerca de la tragedia rusa, Lenin’s Tomb [La tumba de Lenin]. Siendo quizás el escritor más versátil de la revista, ha contribuido con escritos sobre Howard Stern y Mike Tyson, acerca de la política israelí y sobre las penalidades de los amish en Pennsylvania. Con 39 años encima, el quinto director en los 73 años de historia del New Yorker sigue siendo un trabajador de esos que se arremanga la camisa. Llevaba unos pantalones caqui y una camiseta de rayas blancas y rojas cuando Stefan Kanker lo entrevistó. El tercer número de la revista dirigido por él iba a medio camino.

De la escritura y la edición: me encantaría seguir escribiendo, pero sería injusto con el trabajo que tengo que hacer. Mi carrera, tal como se ha dado, siempre involucró salidas al campo, reportería y entrevistas sin parar un minuto; a menudo perforaba pozos que resultaban secos, antes de obtener algo útil, y eso toma tiempo y esfuerzo extraordinarios. No sería bueno para la revista si continuara haciendo eso. Dios sabe que el New Yorker puede sobrevivir con facilidad sin mis artículos. Un director necesita estar al mando, editando y leyendo, o en la calle hablando con escritores, y en eso me verán de ahora en adelante.

De la contratación: esta revista no es un periódico con varios niveles de competencia. La mayoría de nuestros autores habrán alcanzado un nivel de calidad antes de ser publicados acá. Al mismo tiempo, queremos tener entre nosotros gente joven y tal...

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Camilo Hoyos

Traductor.

Febrero de 2002
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Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

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Por Alexandru Ecovoiu

3

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Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

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