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Crónica

El benjamín

Por muy mal que esté la cosa, puede ponerse más fea. Entre bazuco, atracos, cárceles y balas, la autora de esta crónica recorre los años más turbulentos de la vida de su primo, buscando el punto en el que se jodió todo.

Ilustraciones de Andy Warhol © Corbis


A mi primo Carlos los juguetes que le regalaban en Navidad no le sobrevivían 24 horas. Su mamá cuenta que desde cuando estaba en su barriga se movía y pateaba con más fuerza que sus tres hermanos mayores, todos de carácter sereno.

Carlos nació en una familia bogotana de clase media el viernes 13 de mayo de 1966. Como el menor de los hijos, el benjamín, pudo haber sido el consentido de sus papás; pero en cambio se convirtió en la oveja negra de la casa: el autor de las más temerarias travesuras de niño y la personificación de la vergüenza familiar de adulto. A diferencia de sus hermanos, un físico, una matemática y una licenciada en idiomas, Carlos no se hizo profesional en nada excepto en el robo: desde la billetera de su papá hasta carros, almacenes y bancos, todo para financiar su enredada vida y el consumo de diversas drogas. Fumadas, inhaladas, tomadas.

–Nunca me inyecté, porque yo sabía que de ese viaje no me salvaba. Por eso y por mi hijo creo que hoy estoy vivo. Desbaratado, pero vivo.

Lo dice mirando su pierna izquierda, sin movimiento desde la cadera hasta los dedos de los pies; el vestigio más notorio de su supervivencia a décadas de drogas y alcohol, a dos puñaladas en el pecho, a un intento de suicidio en el que se arrojó del cuarto piso de un colegio, a huidas en medio de balaceras, a torturas con descargas eléctricas, a una tentativa de ahorcamiento –estas dos mientras estaba en la cárcel– y al golpe final, que le dejó inmóvil la pierna: un tiro que le entró en medio de las cejas y se alojó en su cerebro, disparado por la última de sus víctimas luego de que le rapara el teléfono celular una tarde en la Avenida Caracas con calle 64, en Bogotá.
–Era un señor calvo, panzón. Qué me iba a imaginar yo que andaba armado.
La bala expansiva le dejó incrustadas cuatro esquirlas en el hemisferio derecho. Los médicos del hospital Simón Bolívar, adonde lo llevó una ambulancia que casualmente pasaba por la Caracas, se las extirparon todas menos una que se le enterró profundamente. Se despertó a los cinco días. Después de la esquirlectomía, cubierta por el servicio médi...

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