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Pe

De Pe a Pa, conozca el largo y sinuoso camino de Penélope Cruz desde su debut en un clip de Mecano hasta su aparición en la portada de Vanity Fair.

Nos despertamos con Pe, nos duchamos con Pe, desayunamos con Pe, almorzamos con Pe, merendamos con Pe, cenamos con Pe y nos vamos a soñar con Pe. Pe en todas partes, como Alfa y Omega, y hasta el fin de los tiempos y de la película. Pe es, claro, Penélope Cruz y flota por encima, como una reina celestial, de toda esa chatarra y resaca de la prensa del espectáculo y del corazón española —una especie de pesadilla a deux soñada en stereo por Marcel Proust y John Waters— que incluye a famosos freaks, sementales cubanos que se arriman a setentonas de renombre, nobles decadentes, mujeres de toreros (el equivalente local de las mujeres de astronautas), cantaoras jurásicas de pechos generosos, videntes rococó à la Ed Wood, nietas del Generalísimo, futbolistas multimillonarios de importación, cantantes que hacen ¡pop!, exconcursantes de Gran Hermano afrontando crisis existencialistas o síndromes de abstinencia unplugged, díscolas hijas e hijos de famosos, y Raphael —una categoría en sí mismo—, quien días atrás sorprendió a todos con la revelación de que el origen de la ph de su nombre artístico era un homenaje a la Phillips, sello discográfico que le firmó su primer contrato y olé.

Lo de Penélope es menos rebuscado y más romántico: Pe se llama como se llama por cortesía de una canción de Joan Manuel Serrat que le gustaba mucho a su papá mecánico de autos y a su mamá peluquera a la hora en que se pusieron a fabricar bebés y ahora, veintisiete años más tarde, las madres y los padres españoles bautizan a sus hijas con el nombre de una actriz famosa que, en lugar de quedarse esperando en el andén hasta que llegue el próximo tren, se fue a buscar a su Ulises al otro lado del océano. Y lo encontró. Quién sabe.


El sueño español

Cuando llegué a España —hace algo más de dos años—, todo el país quería a Penélope Cruz. Consenso absoluto. Ahí estaba esa niña de hogar clase media que había saltado a la fama gracias a la ayuda de otra canción de título ominoso hecha clip (“La fuerza del destino”, de Mecano), se había metido con el chico guapo del grupo en cuestión (quien no demoró en introducirla a la India, el budismo, el yoga y el vegetarianismo, como corresponde) para luego presentarla en todos los sitios donde vale la ...

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Buenos Aires, 1963), escritor argentino radicado en Barcelona.

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