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Lectura de cabecera

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El libro de cabecera debe ser blando como una almohada, pero no tanto que no proporcione un apoyo firme. La excesiva blandura puede llegar a afectar los músculos del cuello, además de inducir al sopor y al adormecimiento. Así que el punto exacto de la lectura se sitúa entre la severidad y la delicadeza. Lo rígido desentona en un lugar tan cercano al placer y al descanso, mientras la flacidez podría degenerar con prontitud en el fastidio. En el lecho no conviene confundir, como ocurre con tanta frecuencia en otros campos, la suavidad con la falta de solidez.

Un buen libro de cabecera debe ser exigente, pero sólo hasta cierto punto. Se trata de un discreto soporte que no deja suelta la cabeza y que tampoco produce una elevación de la temperatura. De ahí que queden descartadas, por definición, las lecturas que operan como un simple relleno de espuma, o aquellas otras aparentadoras, aunque compuestas en realidad de plumas falsas. El contenido de un libro de cabecera, para decirlo de una vez, ni siquiera se debe notar; su función, por tanto, consiste en complacer sin llamar la atención. Este carácter discreto determina que se excluyan de la cabecera de la cama las obras presuntuosas o notorias, las actuales o de moda. El lugar indiscutible de los éxitos de ventas está en las vitrinas de las librerías. Para llegar a la cabecera de la cama, un espécimen de éstos debe purgar primero una larga condena en el silencio y en la soledad, y superar así mismo una sucesión de pruebas sobre su carácter. Un libro de moda, para empezar, debe perder su actualidad. Hasta el lecho de un verdadero lector se llega sin urgencias, sin recomendaciones abrumadoras y sin frases altisonantes de presentación. Aunque esta elección resulta más bien indefinible y no obedece a patrones conocidos, posee en todo caso unos modales que repelen la prepotencia de los adjetivos consignados en la contracubierta.

El encuentro en el lecho, entonces, debe ser tan sereno como infalible. Un aspecto esencial falla cuando se hace necesario reacomodar a menudo la almohada. Igual ocurre con una obra erizada de sobresaltos o de sacudidas bruscas. El buen libro de cabecera no pretende prolongar o acortar la hora inmutable del sueño. En caso de que el lector despachara esta lectura en una sola noche, el libro perdería su nombre y su condición, y sería conducido al día siguiente, sin remedio, a la biblioteca. A este carácter apacible y progresivo —como los amores duraderos— se suma también un aspecto previsible o esperado. ¿Qué tal palp...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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