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Roda

Un testimonio

Poseer un cuadro que todos los días habla lenguajes diferentes no es asunto fácil. Un cuadro de puros colores y de formas abstractas, sin historia, pero que evoca a raudales.

1. Para referirme al arte de Juan Antonio Roda, necesito cometer el impudor de hablar en primera persona, peor, hablar de mí mismo. Por lo demás, salvo desde puntos de vista históricos o técnicos, no conozco otra manera íntimamente válida de hablar de arte. El arte como fetichismo de los objetos hermosos, o sagrados, o inquietantes, no importa qué tan públicos sean: cada individuo convive con su pequeño museo doméstico, una estilográfica con punta de oro, unos guijarros de colores extraños, otros en forma de corazón, una esfera de obsidiana, un saurio verde mate metálico, y estos objetos, casi individuos, van formando una constelación de ondas invisibles y misteriosas que hacen parte de uno, lo completan.

Desde hace varios años cohabito con una tela de Roda. Mi lugar es pequeño y la tela es grande. Mide 125 por 150 centímetros. Es grande no sólo con relación a mi espacio, sino porque tiene el extraño don de ser mayor que sus dimensiones.

Mi Lógica del trópico (1997) está colgado detrás del sofá, en la pared más amplia de la casa. Con frecuencia, para hablar por teléfono, para preparar café, para simplemente no hacer nada más que mirarlo, ocupo una silla desde donde veo mi Roda, mi metamorfoseante Roda. Con la luz de la noche, sin una lámpara para su exclusivo servicio, tan sólo iluminado por la suma de luces del recinto, en la Lógica del trópico predominan los colores oscuros, en el fondo hay un tono, iba a decir “una masa”, me arrepentí en búsqueda de la precisión, y cierta intuición me obliga a dejar la duda de si no será más exacto “masa” que “tono” para referirse a este negro, a estos negros que la insistencia del ojo descubre distintos entre la iluminación indirecta, que hace evidentes los formidables trazos amarillos, los blancos que parecen más deliberados que todo el conjunto. La luz de la mañana, que lo favorece, destaca la variedad del fondo, ahora magma más que masa, magma de interminables maneras diferentes de conjugar los verbos de la oscuridad. Entonces, la visión nocturna aparece como falsa. Ya no hay negros. El abismo tiene verdes y grises, rojos profundos y azules hondos. Y luego, también las intimidades y los calores y hielos de la claridad. El blanco es más blanco, más amarillo el amarillo, hay un rosa sutil, todos a manera de signos, de rúbricas vistas o intuidas antes de ser registradas.

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Darío Jaramillo Agudelo

Poeta, novelista y ensayista. Se desempeñó como subgerente cultural del Banco de la República, dirigió el Boletín Cultural y Bibliográfico y es miembro de los consejos de redacción de la revista Golpe de Dados. Invitado Festival Malpensante en el 2009. Ganador del premio Nacional de poesía en 2017

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