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Se lo debo a El Cairo

Algunos quieren ser John Malkovich. Pero ¿qué quiere ser el famoso actor norteamericano? ¿Mecenas? ¿Crítico de cine? Él mismo nos cuenta la historia.

En el verano de 1998 me pidieron que presidiera el jurado del Festival Internacional de Cine de El Cairo. El festival no comenzaba sino a finales de noviembre, y el trabajo para el que yo había sido contratado en lo que quedaba del año exigía muy poco de mi tiempo: completar como autor una película que había comenzado algunos meses atrás, supervisar la escritura de un libreto o dos y buscar quién se encargara de encontrar locaciones en Europa oriental para una película que esperaba dirigir en 1999.

Cuando llegó el otoño, resolví comenzar mi viaje hacia El Cairo con una rápida visita a Londres para conocer algunas actrices que decían estar interesadas en interpretar la heroína de la película que estaba listo para dirigir. Basada en un libreto llamado El libertino [The Libertine], la historia trataba de los excesos del salvajemente dotado e irresponsable lord Rochester, dramaturgo, poeta lírico, ensayista, alcohólico, sodomita y hombre de ciudad en el período de la Restauración inglesa.

Mi viaje a Londres se vino abajo, sin embargo, así como la película, en medio de una orgía de agentes deshonestos, de sus menos que honestos clientes y por la tendencia general del mundo del cine a criar, como si fueran gemelos, la estupidez y la avaricia. Esto me viene a la cabeza no porque se me presente la oportunidad de desahogar mi rencor (fue desahogado hace algún tiempo, en forma clara y directa), sino para señalar la inmensa dificultad que se presenta cuando se quiere hacer cualquier cosa sin que la idea como tal —en este caso la propia película— se pierda en la larga y triste mezcla de papeleo y recriminaciones.

Un episodio permanece con claridad en mi memoria. Habiendo enviado el libreto a un actor varias semanas antes y dándole plazo para escoger hasta las 7 p. m. de algún día de enero, su agente me llamó alrededor de las 6:58 p. m. y me dijo que a su cliente “le encanta lo que leyó”, está “fascinado con usted” y que “le gustaría conocerlo”. Señalé que yo era tan sólo un humilde americano del oeste quizás no completamente calificado para comprender del todo el significado de la primera de estas frases, que la agente me había citado en un tono elegante.

“Le encanta lo que leyó” me parecía que abría todo un mundo de posibilidades hacia la carnicería del sentido. “¿Le encanta lo que leyó?”, me preguntaba. “Quiere...

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Camilo Hoyos

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