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El Malpensante

Coda

Los huérfanos de la izquierda

Tienen alrededor de treinta años y en vez de catecismo leyeron El manifiesto comunista. Todavía nadie les ha dicho por qué sus cláusulas un buen día dejaron de aplicar.

Algunos tuvimos padres de izquierda. Cierto, éramos pocos, pero algunos tuvimos padres que se decían de izquierda. Intelectuales. Navegaron en las aguas del marxismo como nosotros navegamos hoy por internet. Todos ejercían su conciencia revolucionaria, sin importar la filiación partidista o el grupo estudiantil en el cual militaban. Eran maoístas, trotskistas, comunistas, y llegó a haber uno que otro anarquista. Todos creían en un horizonte socialista. Todos querían hacer la revolución. La mayoría parecía creer en ella.

Los huérfanos de la izquierda a estas alturas rondamos los treinta años y aún no entendemos mayor cosa del pasado político de nuestros padres, pero todavía quedan en nuestra memoria algunos de esos momentos del fervor político vivido, claro está, en sus postrimerías, con nuestros padres de izquierda. Recordamos las inmensas querellas doctrinarias de un viernes por la noche en las que se discutían confusas ideas (para nosotros) acerca del rol de la pequeña burguesía, del carácter continental de la revolución socialista o, en el caso de los que tuvimos padres trotskistas, sobre la inoperancia de los partidos comunistas. También recordamos los pequeños pero simbólicos actos de militantismo que iban desde pegar ridículos afiches en las esquinas, hasta pasar noches de frío solidarizándose con minúsculas huelgas de algún grupo de trabajadores bancarios. Se hablaba mucho de Wilhelm Reich, pero sus teorías de la liberación orgásmica eran las únicas que se practicaban. Se bebía mucho y había tantos camaradas como soledades.

Las bibliotecas de nuestros padres estuvieron (antes de las purgas bibliográficas de los noventa) plagadas de libros ininteligibles y terriblemente aburridos. En mi casa la revista Alternativa, mucho más interesante que los kilos de literatura marxista disponibles, circuló e, incluso descuadernada, rodó por años antes de que alguien se atreviera a botarla. Los afiches de la Revolución Sandinista configuraban la iconografía doméstica, pero en los noventa, tras la primera de las ahora tres derrotas electorales de Daniel Ortega, los carteles se tornaron amarillentos y lentamente desentonaron en las salas de nuestras casas.

Generación extraña la nuestra: parecería que no hemos sabido descifrar lo que heredamos. Tal vez porque esa generación de izquierdistas no supo hacer balances ni redactar un testamento coherente. Son muy pocos ...

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Nicolás Morales Thomas

Estudió en la Universidad de Los Andes. Actualmente trabaja como editor en el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, ICANH

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