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La traición de sí mismo

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El principal inconveniente de las reuniones de escritores no reside tanto, como creen algunos, en los peligros físicos que puedan derivarse de tales encuentros. No. Las estadísticas muestran, en relación con la gente de letras, un temor a la acción, encubierto bajo el calificativo eufemístico de tolerancia y de respeto a la diferencia. Pese al paso del tiempo, entonces, la ironía de Voltaire no deja de causar estragos. Con escasa originalidad y de modo previsible, los literatos recurren a su principal herramienta, el lenguaje, para superar las rivalidades que en el mundo de la ficción merecerían una solución más emocionante, mucho más atrevida. El conocido duelo a pistola, a veinticinco pasos de distancia, ha sido desechado para siempre de las citas de intelectuales, mientras la espada no pasa de ser en esta época un símbolo provecto. Hasta donde se sabe, tampoco ningún escritor mantiene hoy un revólver en la pretina del pantalón con el sano propósito de “orientar la crítica”. Por desgracia, muchos escritores comparten ahora, con gremios incultos y de baja condición, la difamación y la maledicencia como sus armas predilectas. Así que la consabida exigencia de que la literatura retornara al pueblo se ha cumplido al fin, aunque de otro modo y por razones diferentes de una estética política.

En las reuniones de escritores, un problema más sutil y, por tanto, menos soluble, se refiere al entendimiento entre los participantes, y a los compromisos que tal disponibilidad genera. La reciprocidad y el agradecimiento —virtudes cada vez más celebradas— llevan casi inadvertidamente a una actitud que sólo puede ejercitarse como una traición de sí mismo; el escritor deja de pertenecerse. Para referirse al poder destructivo de la adulación refinada, John Ruskin conceptuó que “la señal distintiva de la esclavitud consiste en tener un precio y venderse por él”. En vez del antagonismo, se practica una fingida colaboración, una complacencia ladina, que transforma estas reuniones en juegos de espejos. Como resultado de la frecuentación y de la convivencia, sobreviene sin remedio una literatura sobre la literatura, una multiplicación de citas y de anécdotas que tienen como propósito el beneficio común. Se habla del escritor —bueno o malo, poco importa— que, a su turno, corresponderá con creces el cumplido. Este despliegue promiscuo de buenos modales, practicado entre toda esa gente que lee libros, obliga al supuesto escritor al manejo de...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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