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Carta de Nueva York

En inglés los gentilicios se ponen en mayúsculas. Un Latino ya no es alguien que habla latín, ni siquiera es alguien que habla necesariamente español. Se trata de un estereotipo, sí, pero también del principal factor de una revolución sociológica actualmente en curso.

No hay peor insulto para un norteamericano que el de loser, perdedor. Los niños lo utilizan, You’re such a loser!, con el mismo ensañamiento con que cuando yo era chico un niño español llamaba a otro “maricón”. A un hispano lo ofende que se le cuestionen la hombría o el honor; para un americano no hay nada peor que el que no se lo considere un triunfador, un achiever. No triunfar lleva consigo, más allá del fracaso personal, toda la carga social de no ser parte del sistema, no contribuir al bienestar general, estar desaprovechando las oportunidades inconmensurables e ilimitadas que América da a todos y cada uno de sus habitantes. El perdedor no es, en definitiva, un buen americano.

Quien un fin de semana de verano camina por las calles de Manhattan es un loser: no tiene dónde o con quién ir a pasar esos días en las playas de los Hamptons. Pero también lo es quien se toma demasiados días de vacaciones. Los americanos no sólo no entienden que en Europa nos tomemos un mes, sino que en cierto modo nos desprecian por ello: si podemos estar un mes fuera del trabajo es que no somos imprescindibles. Así que sólo muy de vez en cuando se permiten una escapadita de unos días, probablemente a una isla del Caribe o en un crucero (les encantan los cruceros), a tener unos días de eso que llaman quality time, o sea, tiempo que se salga del esquema habitual de ganar dinero, ver alguno de sus cuatro deportes, beber cerveza y comer comida americana. Invitar a los amigos a cenar, sentarse en un café a tomar un capuccino, ir a un concierto o al ballet o, desde luego, hacer un viaje a Europa, es quality time.

Los americanos. En el país de lo políticamente correcto, el uso de America y de su correspondiente gentilicio son la última frontera de lo políticamente incorrecto. Para todo lo demás se utiliza un lenguaje cuidado y temeroso: cometer un desliz verbal puede acarrearle a uno un juicio moral, legal o ambos a la vez, la destitución del trabajo o manchas y oprobio en el curriculum vitae. Blanco, por ejemplo, no es ya un término que deba usarse para referirse a un color de piel, porque tiene resabios de supremacía anglosajona. Con lo que resulta que ahora los americanos de origen europeo, y los propios europeos, por supuesto, somos Caucasians, caucásicos. Y no sólo los del estado de Georgia, lo que uno hasta podría entender por cierta analogía, sino todos, españoles, finlandeses o granjeros de Idaho, aunque no hayamos nunca en la vida tenido nada que ver con armenios o azeríes ni sepamos muy bien qué aspecto tienen. Y como ésa, otras muchas palabras y expresiones se inventan constantemente para renombrar o eufemizar lo que les parece no está bien nombrado.

Pero America, supongo que para el desconcierto de argentinos, peruanos o mexicanos, sigue nombrando sólo lo que hay entre el río Grande y la frontera con Canadá; y Americans a quienes viven en ese territorio. Para el país hay, al menos, la alternativa de The United States, pero para el gentilicio no hay ninguna. En España seguimos llamándolos estadounidenses o norteamericanos y nos empeñamos en seguir haciendo bienintencionadas traducciones adaptadas cada vez que ellos se llaman a sí mismos Americans. Que es siempre, no nos engañemos: aquí todo es America y el American People y pretender a estas alturas que sea de otra manera es una batalla perdida.

Para el resto del continente utilizan The Western Hemisphere o como mucho un The Americas que abarca la América del Norte donde están ellos, America y los americanos, y una Canadá con la que no acaban de saber cómo relacionarse; y ese vasto territorio que es Latin America, parte de un imaginario remoto y exótico que no acaban de entender por qué tiene que ser también territorio americano. Randy Newman no estaba haciendo sólo un chiste cuando cantaba en los setenta aquella canción Political Science: “Asia’s crowded and Europe’s too old. / Africa is far too hot / and Canada’s too cold. / And South America stole our name”.

No se les ocurre no sólo que el sur del continente, de México a Tierra del Fuego, sea también América, sino que incluso se llamaba así antes. Mucho antes. Ni por supuesto asocian el nombre con Américo Vespucio, como no asocian la llegada de los primeros europeos con Cristóbal Colón, que no saben muy bien quién fue, sino con el Mayflower de sus padres fundadores. El que en Nueva York y en algunas otras ciudades de la costa este el 12 de octubre, Columbus Day, sea un día de fiesta es sólo porque los italianos en algún momento decidieron que querían tener, como los irlandeses, un día en que celebrar su heritage. Y como a ellos no les cabe duda de que Colón (Columbus) era italiano, pues se adjudicaron el 12 de octubre. Por supuesto, el desfile que ese día paraliza la Quinta Avenida (cada vez más grupos étnicos paralizan la Quinta Avenida para conmemorar su heritage) es el de los italianos. Los demás, ni se dan por enterados.

Esto del heritage es una institución peculiar y muy norteamericana derivada de la del melting pot, a la que viene a complementar y matizar. La idea del melting pot consiste en la unificación en lo esencial (valores, idioma, cultura, forma de ver el mundo...) de todos los que llegan a Estados Unidos. Es decir, en su americanización, sobre todo porque para eso precisamente, para ser American, han llegado. La del heritage, que presupone que ya se hayan producido la integración y la asimilación, gira en cambio en torno a lo accesorio: el apellido, un interés algo difuso por los orígenes históricos de la familia y un cierto empeño, a menudo cursilón, por conservar las “raíces”. O más bien por recuperarlas: hasta hace poco el heritage era un fenómeno de segunda generación. Las primeras nacidas aquí no querían ni oír hablar de sus orígenes y lo único que les interesaba era integrarse más que nadie y que no se notara que sus padres eran pobres emigrantes venidos de Dios sabe dónde. Era el nieto del inmigrante, cuyo americanismo nunca había estado en duda, quien podía, por tanto, darse el lujo de considerarse Polish-American, Greek-American, Asian-American... Un norteamericano de nombre italiano se considerará Italian-American aunque fuera un tatarabuelo quien llegó de Nápoles, y no hable más de una docena de palabras italianas ni se plantee, por supuesto, volver a Italia más que, como mucho, por unos días de visita. Y un Irish-American es alguien que haría todo por Irlanda, quizá hasta morir por Irlanda; menos vivir en Irlanda.

Pocos se habían salido hasta ahora de este molde: los judíos ultraortodoxos, los chinos en algunas ciudades, algunos de esos cubanos de Miami siempre confiados en poder volver a Cuba. El primer gran desafío al esquema melting pot-asimilación-heritage está viniendo ahora de la comunidad hispana, que continúa creciendo de forma impresionante: ya son más de 30 millones (de ellos, ¡18 millones de mexicanos!).
 

Los norteamericanos (ya no se sabe cómo llamarlos) llevan años intentando encontrar una forma razonable para denominar a esta avalancha de gente. Al principio eran Spanish, como nosotros los españoles, quizá porque muchos no sabían siquiera que en un trozo de Europa se hablara también tal idioma. Luego se impuso Hispanic. Siempre ha habido además ese ofensivo Spic, procedente del Ai dont spic inglis tan habitual entre los recién llegados. Ahora Latino es el término que triunfa.

Uno como español ha considerado tradicionalmente que latinos somos los europeos del sur y como tales nos tienen, para lo bueno y para lo malo, alemanes, daneses y otras rubicundas gentes del norte. En América, y esta vez me refiero con propiedad a todo el continente, descubre sin embargo que latinos se consideran ellos, el conjunto de mexicanos, centro y sudamericanos y caribeños que hablan español y portugués a lo largo y ancho de casi todo el hemisferio. Latinoamericano y su forma abreviada, latino, son palabras integradoras, que agrupan y reúnen a gentes y pueblos muy diversos en torno a lo mucho que comparten: historia, lengua, costumbres y actitudes comunes.

En Estados Unidos Latino es otra cosa. Aquí no es un término integrador que reúna a un conjunto de gentes diversas, sino uno reductor que las agrupa y unifica en un mismo tipo que los gringos, a quienes encantan las clasificaciones, han ido componiendo en su imaginario colectivo a partir de una serie de lugares comunes y estereotipos facilongos: un aspecto físico y un color de piel, unos nombres y apellidos, un idioma que no entienden y cuyos múltiples y muy diversos acentos no alcanzan a distinguir, una serie de aficiones y gustos diferentes.

No es tampoco, por tanto, una forma abreviada de latinoamericano, sino que representa una categoría nueva y difusa que nadie sabe muy bien a quién engloba exactamente. Deja fuera sin duda a los brasileños, y probablemente también a otros muchos iberoamericanos. ¿Es Latino un argentino blanco —perdón, Caucasian—, sobre todo si su apellido no es español? ¿Y un mexicano judío? ¿Y qué es un negro panameño: African-American, African-Panamanian, Latino?

E incluye a un batiburrillo de gentes tan distintas como Alberto Villar, el millonario cubano benefactor de la Ópera, y un bus-boy oaxaqueño; un exilado chileno llegado en los setenta y su empleada centroamericana; un boricua ciudadano del Estado Libre Asociado de Puerto Rico y un colombiano recién emigrado de Cali a Jackson Heights; Jennifer López, que apenas habla español, y Antonio Banderas. Acaben de llegar o lleven toda la vida, sean primera o tercera generación, en la medida en que se correspondan con el estereotipo, todos son Latino. Así, con mayúscula y en masculino singular, sea para hombres o para mujeres, para uno o para muchos: las mujeres latinas son aquí, ¡ay!, Latino women. Su origen, su heritage, Cuban-American, Colombian-American importa entre los demás hispanos, que sí distinguen quién es cubano, boricua o colombiano; para el resto todos son un Latino más.

Sin duda es el uso del español lo que más los unifica frente a los demás y los identifica a ellos mismos como hispanos. Aunque a menudo los hijos y nietos de los inmigrantes apenas lo chapurrean y se sienten más cómodos en inglés, nuestro idioma ha conseguido aguantar sus embates y alcanzar una implantación y una presencia abrumadoras. Es la única de las lenguas inmigrantes que está dando lugar a una cultura, unos medios de comunicación, una música, un mercado propiamente norteamericanos pero en un idioma distinto al inglés. La televisión en español, lejos de ser un fenómeno testimonial como las programaciones en otros idiomas con heritage, es todo un negocio en fulgurante expansión (la calidad es, desde luego, otra cosa); pronto empezará a haber también un cine norteamericano en español.

Con todo ello, el español pasará pronto a ser no sólo la segunda lengua en número de hablantes, sino el verdadero segundo idioma de Estados Unidos, como el francés en Canadá: la lengua materna en la que nacerán, crecerán y vivirán millones de norteamericanos de una generación tras otra.

No será de todas formas el castellano que hablamos españoles y latinoamericanos, sino una nueva lengua que se está conformando, eso a lo que llaman spanglish, un español ultrasimplificado, invadido por anglicismos a menudo innecesarios y, lo que es peor, permeado por las construcciones gramaticales del inglés. Un español, por ejemplo, sin subjuntivos.

Es todavía un enigma cómo este papiamento se integrará con el español, uno pero diverso, del resto del mundo hispanoparlante. La potencia cultural norteamericana es demasiado grande como para que en algunas décadas no nos quieran venir ellos a dar normas gramaticales o sintácticas de cómo usarlo.

La cultura Latino es por el momento híbrida y bilingüe. Gloria Estefan o Ricky Martin cantan al alimón en un idioma o en otro. Benicio del Toro y Penélope Cruz son actores Latino y no cubanos, como Jorge Perugorría, o española, como Victoria Abril, porque trabajan en Hollywood y en inglés. Shakira tendrá que cantar en inglés si quiere dejar de ser sólo una cantante colombiana y pasar a ser una Latino artist.

En literatura es diferente. Los escritores Latino, Sandra Cisneros, Junot Díaz, Francisco Goldman, Julia Álvarez, escriben en inglés, aunque quién sabe si ellos también terminarán por volver al español, o a ese Spanglish en el que una y otra lenguas terminarán por confluir. Pero su sitio en las grandes librerías, clasificados como Latino Writing —mientras que García Márquez, por ejemplo, está en la sección, muy pequeña por cierto, de autores latinoamericanos (en la letra M, también por cierto)—, es quizá el primer signo importante de la emancipación hacia la que se dirige el concepto de Latino. Cada vez se refiere más a lo norteamericano de origen hispano y menos a lo latinoamericano. Pronto los Latino serán un tipo de Americans de origen y apellido hispano, cuya lengua será un spanglish a medio camino entre el español y el inglés y su cultura una mestiza que no necesitará ya de referentes al sur del río Grande. Ese país Latino sin Estado será uno más, con sus propias características, en la comunidad latinoamericana.
 

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Ha colaborado con El Malpensante y otros medios de Colombia y España.

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