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El fuego lector

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Según un conocido juicio de Óscar Wilde, la labor de los expertos en literatura, antes que recomendar libros, debería consistir en señalar lo que no se debe leer. A este respecto, Wilde escribió con esa fácil ironía que, por paradoja, ha contribuido a ocultar y hasta a desvirtuar la profundidad de su pensamiento: “Quien escoja [...] los cien peores libros y publique la lista de ellos, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras”.

La actividad crítica, que los literatos practican en privado con tanta saña y profesionalismo, no suele aparecer en público por la sencilla razón de que muchos escritores temen desencadenar sobre su obra una actitud semejante por parte de sus colegas. La engañosa prudencia que parece regir el mundo literario, por tanto, no representa de ninguna manera una muestra de imparcialidad, de tolerancia y de cultura. Cuando un escritor habla de respeto a las ideas de los demás, piensa, por supuesto, y en primer lugar, en la suerte que correrían las suyas en caso de que no se practicara este precepto. De modo que la llamada ironía de Wilde no consiste más que en un inesperado acto de sinceridad, más visible aún entre la hipocresía general que lo rodea.

Desde El Quijote, el primero entre los libros, se sabe que las malas obras literarias deben servir como alimento para las llamas de una hoguera. Algunos exégetas, con la intención de amparar a Cervantes de la posible acusación de intolerancia, han querido ver en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote una parodia de los procedimientos del Santo Oficio. Una lectura imparcial permitiría comprobar, no obstante, que la mayoría de las obras reciben la reprobación por razones puramente estéticas, y en ningún caso por consideraciones religiosas o teológicas. El libro Don Olivante de Laura, de Antonio Torquemada, por ejemplo, merece el fuego por “disparatado y arrogante”, y Florismarte de Hircania, de Melchor Ortega, corre la misma suerte en razón de la “dureza y la sequedad de su estilo”.

Para confirmar sus principios estéticos y no dejar dudas sobre el tema, en el capítulo XLVII de la segunda parte, Cervantes afirma de los libros de caballería: “Son en el estilo duros, en las hazañas increíbles, en los amores lascivos, en las cortesías mal mirados, largos en las batallas, necios en las razones, disparatados en los viajes y, finalmente, ajenos a todo discreto artificio y por eso dignos de ser desterrados...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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