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Reseñas

Té para el día después del final

Discos

Amnesiac, Radiohead, Emi Records Limited. 2001

Decidido a que mi verano del 2001 no terminara siendo recordado como el mes en que “Timothy McVeigh vio la luz al final del túnel”, opté por hacerme a una copia de la más reciente aventura sonora de Radiohead y, tras escucharlo una y otra vez, puedo decir positivamente dos cosas: el abismo de la desesperanza no tiene fin y —por fortuna— un grupo se atreve a cuestionar la dictadura de la música alegre y a desenmascarar todos esos artificios que nos han sido vendidos como la sonrisa perfecta. De acuerdo: asomarse a la sombría visión y audición de la vida que tiene la banda de Oxford, Inglaterra, acarrea sus consecuencias, pero asumo mi responsabilidad. Quizá sea mejor seguir celebrando hasta la náusea la explotación de la miseria tercermundista que hace Manu Chao (uno que sí tiene claro cuán rentable es “agarrar pueblo”), o rezar para que Jill Scott sea efectivamente la “reina del nuevo soul” o, incluso, esperar a que la resurrección de los Stone Temple Pilots traiga del “más allá” algo bueno para nuestros males de oído del “más acá” (el síndrome del Buena Vista Lázaro Club ataca de nuevo). Con todo y eso, sumergirse en el quinto trabajo oficial de Radiohead es continuar rodando por un precipicio de emociones y sensaciones insinuado desde su álbum debut Pablo Honey (1993) y confirmado por trabajos posteriores como The bends (1995), el soberbio OK Computer (1997) y —muy especialmente— Kid A (2000), del que el Amnesiac se supone es una suerte de extensión, lado b, prolongación, relleno, faceta todavía más oscura, continuación o sobra; algo así como la mano que sigue escribiendo aun cuando el resto del señor Joyce ya ha sido velado o la pata que se niega a bailar “Me gustas tú”.

Al principio, Amnesiac parece una colección de ruidos. Después de desmenuzarlo, sigue pareciendo una colección de ruidos y acaso ahí resida su particular encanto: una sola voz torturada que casi se arriesga a traspasar el límite permitido (adelante, Thom E. Yorke, conviértete en un nuevo santo; otros lo han intentado y no han regresado para contar la historia). El resultado —es prudente advertirlo, no vaya a ser que me culpen por entusiasmarlos con un cubo de hielo derretido— desconcierta, pues no hay nada, salvo once susurros inmersos en una especie de tapiz electrónico en donde se confunden lágrimas, puertas giratorias, promesas, amantes que se citan en un...

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Carlos Patiño Millán

Es profesor asociado de la Escuela de Comunicación Social en la Universidad del Valle.

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