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Primeras lecturas

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Pocas páginas gozan de tanto poder para desencadenar el humor involuntario como aquellas que el escritor ingenuo dedica a relatar la experiencia de sus primeras lecturas. Persuadido de la importancia que el tema en sí mismo posee, este escritor intenta presentar su caso como el más aleccionador, y considera que cualquier dato íntimo constituye una revelación inefable que sus lectores recibirán entre ávidos y anonadados. Las incidencias que debieron sortear el lector y el libro para encontrarse, ese instante en que por fin se acoplaron, se transforma en una epifanía única, redactada, por lo general, con una solemnidad que no puede dejar a ningún lector indiferente. “La risa que sacude, al leerlo” – para decirlo con una frase memorable de Foucault –, proviene aquí del contraste entre el propósito y los resultados. Se promete una revelación, es cierto, pero ¿no resulta el hecho más natural del mundo que a un escritor le agraden los libros y que en alguna oportunidad haya leído uno por primera vez? ¿En qué consiste la novedad entonces? En una narración donde todos los datos se conocen, o se infieren con facilidad, ¿dónde reside la sorpresa? ¿Pretenderá el escritor, como anhelaba Flaubert, una página que se sostenga exclusivamente en el estilo? No. Hasta el menos avisado de los lectores sabe que ningún escritor llegaría a afirmar que nunca ha leído, o que considera la lectura como una pérdida de tiempo. A pesar de que el propósito consiste en recrear un misterio, ocurre que todos los datos confluyen en la obviedad.

Traicionado por su vanidad – disfrazada de altruismo –, quien escribe supone en el lector la obsecuencia y la candidez. Una fácil coartada lo induce a expresarse con la suficiencia de un renombrado maestro: se busca, en apariencia, argumentar en favor de los libros y de la lectura, pero sólo se habla en realidad en favor de sí mismo. Y ningún otro asunto, como se sabe, agrada tanto a un literato como este de hablar en primera persona. Se trata de una destreza que, innegablemente, domina mejor que nadie.

El segundo engaño encubierto en estas páginas se refiere a que, en principio, se abordaría la experiencia de la lectura, pero ésta desemboca pronto y sin remedio en la escritura, actividad con la que se abrumará al lector. Más que leer, el objetivo consiste en relatar – ¡oh día! – el nacimiento del artista, del genio. Las lecturas representan, de este modo, un mero soporte para apuntala...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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