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Fotografía

Las Protografías de Óscar Muñoz

Pese a la creatividad y el ingenio presentes en la obra de Óscar Muñoz, esta carece de componente conmovedor

Óscar Muñoz hace parte de una pequeña minoría en el mundo del arte contemporáneo: la de los meticulosos, los refinados, los laboriosos. Uno siente que las obras –expuestas hasta marzo en Bogotá en el Museo del Banco de la República y que ahora viajarán a Medellín y a Buenos Aires– tuvieron una considerable elaboración, a diferencia de las grandes boutades de otros famosillos del momento que son apenas escandalosas y que, al margen del escándalo, pierden toda efervescencia y se desvanecen como el gas de una Coca-Cola abierta la semana pasada.

Algo me dice que Óscar descubrió a tiempo una realidad palpable en los cuadros contenidos en la exposición: que era un buen pintor, pero no un gran pintor, y que por ende le iba de perlas la idea de descomponer la pintura en procesos dinámicos. Si la atención ha de fijarse en la operación de un sifón, nadie va a detenerse demasiado a analizar si el dibujo flotante que este se traga es bueno o menos bueno. Lo mismo pasó con su fotografía: cuando el tema es el quita y pon de unas fotos proyectadas sobre una mesa, la calidad de las fotos es secundaria. Aclaro, sí, que sus mesas de montaje fotográfico, por darles un nombre, están llenas de guiños cultos, lo que se agradece.

En sus mejores momentos, Óscar logra ser ingenioso, a veces muy ingenioso. Otro cantar es que conmueva. El ingenio en poquísimos casos –pienso, por ejemplo, en la deslumbrante y muy ingeniosa poesía de Wislawa Szymborska o en Nicanor Parra– puede ser conmovedor, aunque me temo que lo de Óscar apenas alcanza para ingenioso. Eran otros tiempos, pero el gran arte solía ser conmovedor, solía sacudir al espectador y ponerle los sentimientos patas arriba. Piensa uno nada más en los autorretratos de Rembrandt o de Van Gogh y luego en los de Óscar Muñoz y saca una conclusión un pelín dolorosa: no es que los de Rembrandt o los de Van Gogh sean mejores –eso no tendría mucha gracia–, es que hacen parte de un universo distinto.

También hay clichés en la exposición. ¿Cuántas veces nos tendrán que mostrar la foto mortuoria de Jorge Eliécer Gaitán para que la gente entienda que estamos hasta la coronilla de verla? Igualmente las imágenes de Guadalupe Salcedo y sus guerrillas del Llano están agotadas. Colijo que en ambos casos Óscar está rindiendo culto a la corrección política, actitud que es de rigor para un artista que quiera na...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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